¿Qué hacer con la representación? Halcones y progresistas bajo el asedio popular (AFP)

La democracia no puede estar ensimismada invariablemente en el formato liberal. Si bien, reconocemos en la promesa democrática un gesto de inclusión, a veces se abre un “territorio vacante” que solo el populismo puede copar. La intervención populista consiste en invocar una dimensión redentora que surge gracias al desencuentro entre las dos caras de la democracia. La AFP condensa tal desencuentro.

Una vez que se desplomó la teoría de la gobernabilidad y el Laguismo perdió su aura de realismo se precipitó el problema de la representación. Viejo problema que asedia a los Estados nacionales y pulula a lo largo y ancho de toda la teoría política. Y es que bajo la modernidad diversas tradiciones y autores han desafiado la vigencia, hibridez o catástrofe de la democracia liberal-representativa. Pero ello se debe esencialmente a la incomprensión de esta categoría en distintos “contextos discursivos”. Es lo que veremos a continuación. Más allá de Rosseau y la indivisible “voluntad general” que conecta la cuestión del poder político con las libertades, la modernidad dialogó a los golpes con este término cada vez más desgatado. Isaiah Berlin fue un precursor de este reclamo.

Pero vamos al grano. Al comienzo, y en lo que respecta al “representante”, si éste reclama ser representado ello se debe a que su identidad está constituida en una determinada topografía (espacio A) y las decisiones que afectan su identidad se tomarán en otro espacio de relaciones prístinas, (espacio B) preservando íntegramente la comunidad de sentidos. Dicho gráficamente, este fue el tipo ideal que acompaño el programa fundacional de la modernidad inaugurado por las emancipaciones burguesas.

En cambio, y he aquí el quid, si tal identidad es incompleta y la relación de representación no es analógica, lejos de ser una operación secuencial entre identidades plenas, debe operar necesariamente un «suplemento» -una brecha- inigualable para la constitución de las identidades políticas. Es crucial aclarar si este «suplemento» puede ser deducido simplemente del “espacio A” en que se constituyó la «identidad plena» del representado,  o bien, si es necesario  adicionar aspectos nuevos en un proceso de contaminación de sentidos, donde la identidad del representado quedaría sometida a “juegos de lenguaje” y textualidades ampliadas dentro del mismo contexto discursivo de la representación.

A simple vista, todo nos indica que ocurre esto último. Quizá conviene poner esto último en una perspectiva práctica: en nuestra parroquia tuvimos el caso de varios Senadores, Lagos Weber, Harboe y Ximena Rincón, que en pleno debate sobre el 10% de la AFP, gracias a la demanda popular, votaron en contra del monopolio privado de las Pensiones (¿Iván Moreiras y el Pinochetismo humanitario?) ¡Chapeau¡ Sin embargo antes, durante o después, honrando el honor republicano, fueron fieles escoltas de un grupo de accionistas o dueños de los fondos privados de Pensiones. La tarea  cortesana en este caso consistió en preservar -bajo otras circunstancias- las condiciones jurídicas de capitalización para los paquetes accionarios perpetuando un aberrante «conflicto de intereses». Y es que en Chile no existen mociones internas donde el Estado establezca una drástica sanción penal en contra de la capitalización individual y las afiliaciones privadas de una autoridad popular, o bien, algún monopolio estatal que evite tamaña “privatización de la ética”.

En un escenario como este, más allá del merecido reproche moral que implica el abuso, el papel del representante sobrepasa con creces la mera vocería de un “«médium» (la «traductibilidad de Hermes» en la mitología griega) que sólo transmitía ordenes o instrucciones que llegaban desde el “populus”, o bien, propuestas que se negociaban desde un interés pre-constituido que el representado sólo debía aplicar como regla y que nos llevaría a la aporía de que no se puede negociar porque cabe defender rígida e imparcialmente un programa específico e inamovible. Pues bien, el ámbito en que debe estar representado ese interés corresponde a la política institucional, ámbito supuestamente reglado en el que suceden diversas situaciones y donde aparentemente algo tan sencillo como la protección de la “capitalización individual” comprende negociaciones, lobby y estrategias de presión que trascienden con creces lo esperable desde el espacio A (representados que confían en la pureza de su representantes como tesis fundacional).

En síntesis, en nuestro caso los traviesos representantes Lagos Weber o Felipe Harboe, dando por descontado los “gerentes salvajes” de la derecha, operaban dentro de un mapa de intereses complejos y juegos de lenguaje que requieren sagacidad, cierta construcción populista y una figura prudencial. Algo radicalmente distinto de la formulación prístina que se acordó al comienzo de un proceso eleccionario desplegado en prosa. Pero el eventual equilibrio se comienza a “desestabilizar” y el prurito de la  imparcialidad o neutralidad valorativa entre representante y representado resulta profundamente alterado (e impolítico), si no se entiende un ámbito de ineludible discrecionalidad del campo político. 

No se trata de derogar sin más el concepto de representación, sino de indicar la impoliticidad del programa estricto de la “voluntad general”, eso sí, advirtiendo una distancia con una estrecha perspectiva científica o politológica. La brecha inicial en la identidad del representado tuvo que ser llenada “supletivamente” (remedialmente) por un aspecto que fue aportado en medio del proceso discursivo de la representación que bien puede ser parte de las habilidades golosas (populistas) de un Senador, Diputado o Alcalde. Existe entonces una opacidad irreductible, si se quiere una mancha originaria, que difícilmente se puede erradicar. De otro modo, estamos ante una impureza de base que es al mismo tiempo la condición sine qua non de la propia representación exitosa. Y bien lo sabemos junto a Derrida, la différance (1968) es el “origen” no‐pleno, no‐simple, el origen estructurado y diferente de las diferencias, donde el diferir del sentido, su incompletitud, nos recuerda la “falla ortográfica” que acompaña a cada afirmación es la crisis de literalidad del sentido. Por ello, este principio es la condición de un exceso de significación que afecta a la totalidad del signo, es decir, a la vez a la cara del significado y a la cara del significante.

La idea fundacional de una representación transparente comprende una dificultad conceptual y política. Pero ello no implica –insistimos- desechar sin más la representación por ser siempre una iniciativa fallida en la pureza de la significación. Como ya lo dijimos, en los últimos años la representación ha sido  cuestionada severamente por diversos autores y  movimientos ciudadanos -ya sea en el Estado o en un parlamento viciado- por los problemas de probidad que plantea la rendición de partidas presupuestarias, tráfico de influencias o glosas administrativas.

En Chile las licitaciones asociadas a la industria forestal, pesquera o energética, ya sea bajo el velo soplado del “Gute”, el “Guido” o algún Halcón UDI, no anulan los fueros discrecionales del poder, ni menos la razón de Estado que se considera esencial en una sociedad libre. Sin embargo, la mayoría de las variantes de esta crítica son insuficientes. Agotar el problema denunciando al representante que ignora o traiciona la voluntad de su electorado es una concepción reduccionista, pero dejar las cosas en cero luego del 18 Octubre resulta una herejía. Sin perjuicio de que exista un sinnúmero de situaciones donde la voluntad es ignorada –la figura de un déspota clientelar- y muchos otros casos donde se deforma sistemáticamente la “voluntad popular” (espacio A), tal cuestionamiento soslaya el papel del mismo representante en la constitución de dicha voluntad.

Como antes mencionamos existe en la identidad del representado una brecha -un hiato- que requiere del proceso de representación para ser colmado.  No es necesariamente cierto que la reducción de los ámbitos sociales en que operan los mecanismos representativos conducirá necesariamente a sociedades más democráticas, menos aún cuando ‘lo social’ responde a desplazamientos de sentido y significación. De allí la necesidad que la noción de representación este distribuida en distintos «focos de autoridad» entre organizaciones mayores y menores (Tocqueville).

De un lado, los agentes sociales se tornan cada vez más complejos en su constitución, la identidad está sujeta a intereses cruzados y, de otro lado, proliferan los lugares sociales donde se adoptan decisiones que afectarán los procesos de significación política. En consecuencia, la necesidad de “completar la brecha” ya no es un “suplemento” –«teoría del portavoz»- añadido a un ámbito básico de constitución de la identidad del agente, sino que se convierte en un terreno determinante –«constitutivo»- en la producción de agendas políticas y reivindicaciones sociales. El plano de la política local puede funcionar como un registro en el que los discursos de los representantes proponen formas de articulación y de unidad entre identidades por lo demás fragmentadas.

Recapitulando: desde el punto de vista de las identidades políticas, el discurso del representante debe completar una brecha en la identidad del representado mediante operaciones populistas que pueden migrar en distintas direcciones. Sus acciones y discursos tendrán un doble registro: será un elemento particular «supletivo» que debe lidiar con una trama de intereses, pero constitutivo en la producción de contenidos políticos. Por fin, fue el propio espacio de negociación política, la obliteración del sentido aquello que permitió la rearticulación populista de Lagos Weber, Harboe o Rincón. De este modo el espacio de lo político permitió un nuevo modo de articulación que detuvo los antagonismos sobre el 10% de AFP y así fue posible la restauración del principio de propiedad social. A riesgo de oportunismos, prácticas clientelares y una colosal separación entre ética y política -que debe ser repensadas radicalmente- donde lo anterior nos debería llevar a reubicar las relaciones entre democracia y populismo.

Si partimos de la base que la democracia no puede estar restringida a cuestiones de procedimiento, administración, institucionalización y ciudadanía electoral, debemos admitir el ámbito de la participación popular que se debe articular a distintas expresiones innovadoras de la “voluntad popular”. En suma, la democracia no puede estar ensimismada invariablemente en el formato liberal. Si bien, reconocemos en la promesa democrática un gesto de inclusión, a veces se abre un “territorio vacante” que solo el populismo puede copar. La intervención populista consiste en invocar una dimensión redentora que surge gracias al desencuentro entre las dos caras de la democracia. La AFP condensa tal desencuentro.

El punto es saber si este agrietamiento es siempre un suplemento respecto del desencuentro de una propia democracia (fallida) o, bien, un rasgo estructural de la política moderna. Todo indica que la última opción es parte constitutiva de la relación entre democracia y populismo.

Ciertamente es necesario abrir un nuevo horizonte de sentido que haga viable la representación mediante una articulación ciudadana que supere con creces el juego partidario, coalicional o los intereses elitarios, restituyendo una dimensión territorial y microfísica de la política, que supere los vicios de su dimensión  institucional (policial diría Ranciére). Pero ello no puede absorber lisa y llanamente el campo de la ética desde los desplazamientos de sentido que aquí hemos consignado.  Y bien lo sabemos: no ha sido casual el rechazo abrumador  que los partidos de derechas y la “socialdemocracia” (Concertación) despertaron en el campo de una ciudadanía hastiada por el abuso oligárquico.  

Total
46
Shares
Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

Related Posts
Read More

Espacio Riesco, el nuevo Supertanker

¿No es el arriendo del Espacio Riesco algo similar? ¿Acaso no se quiso hacer un golpe de efecto que, como hemos visto, no terminó en nada, con los pasillos del salón de eventos vacíos? Se dice que se usará una vez que colapsen los hospitales públicos, pero no se sabe si tiene la capacidad real para cumplir esa función.