Prevenir para no lamentar

El actual proceso constituyente es una oportunidad para erradicar la violencia de género, el derecho a vivir una vida sin violencia; y establecer deberes específicos del Estado, más que deberes genéricos u obligaciones programáticas en este ámbito. E incluso para prohibir derechamente la violencia de género en la Constitución, tal como ocurre con aquellas figuras que atentan contra la dignidad y los derechos humanos.


En el mes contra la violencia contra las mujeres, recordamos los graves crímenes cometidos en contra de niñas, adolescentes y mujeres, sucedidos durante lo que va del año. En nuestro país, las mujeres no tienen derecho a vivir una vida libre sin violencia.

A pesar de que Chile ha ratificado los principales tratados que reconocen derechos a las mujeres, no ha resuelto constitucionalmente el rango que dichos pactos ocupan en el derecho interno, generando inconsistencias en su interpretación y aplicación. Por otro lado, si bien en 2018 el gobierno inició una reforma constitucional para establecer el deber del Estado de promover la igualdad de derechos y dignidad entre mujeres y hombres, evitando toda forma de violencia, abuso o discriminación arbitraria, tal proyecto solo contempló un deber genérico estatal, sin alusión a derechos concretos y casi no avanzó en su tramitación.

El actual proceso constituyente es una oportunidad para erradicar la violencia de género, el derecho a vivir una vida sin violencia; y establecer deberes específicos del Estado, más que deberes genéricos u obligaciones programáticas en este ámbito. E incluso para prohibir derechamente la violencia de género en la Constitución, tal como ocurre con aquellas figuras que atentan contra la dignidad y los derechos humanos. Es posible que esta proscripción no elimine por sí misma el lastre social de la violencia, pero sí tornará en inconstitucionales esas conductas.

En este sentido, las políticas de prevención son claves para erradicar todas las formas de violencia que pueden ejercerse en contra de las mujeres, con programas de educación. Para prevenir la violencia de género desde la educación, conviene recordar que el sexismo que la origina está estrechamente relacionado con la ancestral división del mundo en dos espacios: el público, reservado exclusivamente para los hombres; y el privado, el único en el que podía transcurrir la vida de las mujeres.

Para favorecer dicha división, se enseñaba a cada individuo a identificarse con la mitad de los valores: los masculinos o los femeninos, como si fuera imposible aspirar a todos. Además de exigir la renuncia a la mitad de los valores, se le obligaba a identificarse con la mitad de los problemas. A los hombres con la violencia, la falta de empatía, la tendencia al dominio y al control absoluto de otras personas; y a las mujeres, con la dependencia, la debilidad, la sumisión y la pasividad. Para favorecer esta dualidad, se separaba a los niños y a las niñas en contextos educativos diferentes.

Las causas de la violencia contra las mujeres se encuentran en la discriminación de género, las normas sociales y los estereotipos que la perpetúan. En vista de los casos dramáticos y las secuelas negativas que la violencia tiene en las mujeres, los esfuerzos se han concentrado en ofrecer información a ellas en general, y servicios a las víctimas en particular. Sin embargo, la mejor manera de contrarrestar la violencia de género es prevenirla tratando sus orígenes y causas mediante la educación en igualdad a niños y a niñas.

La prevención debe comenzar en las primeras etapas de la vida, mediante la educación de los niños y las niñas que promueva las relaciones de respeto y la igualdad de género. El trabajo con jóvenes es la mejor opción para lograr un progreso en materia de prevención y erradicación de la violencia de género.

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