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Presidente Electo

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Presidente

Gabriel Boric es el Presidente electo. Una histórica victoria que los pueblos de Chile y la humanidad progresista celebran con alborozo. Como un hito importante en la saga revolucionaria e impecablemente democrática por la cual nuestro país es universalmente conocido, querido y respetado, personificado en la figura de Salvador Allende


El Presidente electo Gabriel Boric ganó lejos. Con la mayor votación de la historia. Ganó porque él y su comando, y todos los partidos democráticos encabezados por sus principales dirigentes, y todas las organizaciones sociales importantes, y todo el pueblo activo convocado por sus figuras más queridas y respetadas, hicieron una gran campaña en segunda vuelta, que sin sectarismo ni mezquindad alguna sumó a medio mundo.

Pero, especialmente, el Presidente electo Gabriel Boric ganó lejos porque cuenta con una base popular mayor. La que acabó con la dictadura y hoy, unida, acrecentada y activa, exige y seguirá exigiendo realizar las reformas necesarias. Ganó porque en esta vuelta esa mayoría se levantó a votar por él. También a parar los carros a la ultraderecha, como reconoció un analista de ese sector. Ganó lejos porque ese día se levantó a votar la juventud del pueblo, en su mayoría mujeres, que antes dieron un triunfo arrollador al Apruebo y la Convención.

El Servicio Electoral, SERVEL, que de paso ha sido un gran protagonista en un año de innumerables elecciones, revisó la participación en varias de éstas por cédula de identidad, conocida como RUT. Descubrió que lo que cambia de una elección a otra, a veces sorprendentemente, no son tanto las preferencias individuales sino las personas que concurren a votar. 

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El registro de electores del SERVEL coincide con el de afiliados a las AFP, son los mismos RUT, y ambos cubren casi toda la población mayor de 18 años. Sabemos así que el grueso de los electores es en realidad la inmensa masa de trabajadores que entra y sale constantemente de las precarias pero numerosas ocupaciones asalariadas que mueven la economía del país, cuyos salarios conforman la parte principal de sus ingresos. Y que trabaja por su cuenta en el intertanto.

Es decir, el pueblo trabajador experimenta algo parecido en su participación en los empleos asalariados y en las elecciones. Casi todos ocupan una plaza asalariada a la vuelta de pocos años, pero aunque el número de ocupaciones disponibles es muy considerable, sólo pocas personas logran mantener una sin interrupciones. De igual modo, la mayoría de los electores vota, pero sólo una minoría lo hace en todas las elecciones. Los trabajadores que ocupan las numerosas plazas asalariadas disponibles en un mes determinado no son los mismos que las ocupan al mes siguiente o en el precedente. De la misma manera, los electores que votan en una elección no son los mismos que votan en la siguiente, o en la precedente. 

Sabemos que se trata de una fuerza de trabajo muy joven, que la mitad son mujeres, y es bastante calificada. Sabemos asimismo que cuando accede a un trabajo asalariado gana en promedio poco menos de un millón de pesos, aunque la mitad gana menos de la mitad de esa cifra. Es decir, sabemos que la masa del pueblo y del electorado está conformada por personas trabajadoras asalariadas pero también que, así como las ocupadas cambian de un mes a otro, las votantes no son las mismas de una elección a otra. 

De este modo, como escribió un influyente periodista, las elecciones las gana ¨no quien pueda convertir a más fieles del otro bando, sino quien dé a los suyos razones más poderosas para levantarse a votar (Matamala 2021)“. Cómo en esta vuelta el pueblo trabajador votó en masa, como nunca antes, develó a las claras cuáles son sus reales preferencias políticas. El resultado fue la gran victoria del Presidente electo Gabriel Boric. 

Obviamente, todas las elecciones las define el pueblo trabajador que en cada oportunidad decide concurrir a las urnas. Las élites fulguran omnipresentes, se aplauden solas y creen que el mundo gira en torno a sus devenires y devaneos. Pero en las votaciones no pesan mucho porque son muy pocos. 

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Todas las elecciones las define el pueblo trabajador que en cada oportunidad decide concurrir a las urnasManuel Riesco – Columna: El Presidente

El cogollito de la élite pinochetista, restaurada el 11 de septiembre de 1973 con criminal fuerza bruta por traidora mano ajena, luego adueñada de la política con su dinero, se concentra, atrincherada, presa del temor, en tres comunas segregadas del resto del país. Allí exhibe parte de la riqueza de todos que se ha apropiado y consume una buena tajada del tercio del producto interno bruto (PIB) que se embolsa cada año. Pero las susodichas tres comunas no albergan ni el dos por ciento de los electores totales. 

A sabiendas de ello, y tras sus derrotas en el Apruebo y la Convención, en las recientes elecciones presidenciales la derecha concentró todos sus considerables recursos y poderío, en una contraofensiva relámpago que logró movilizar a votar al pueblo conservador. Éste es numeroso y respetable, gente trabajadora, seria, honrada y normalmente tranquila, pero de convicciones y costumbres más bien tradicionales y con frecuencia se inclina a votar por la derecha. 

La experiencia de Europa y la propia de Chile en el siglo XX, nos enseña que, de tarde en tarde, en tiempos difíciles, cuando ve frustradas sus esperanzas, cuando quienes podrían y deberían resolver sus problemas no están a la altura o abandonan esa tarea, una parte de este sector del pueblo puede ser azuzado por canallas. Hasta convertirse en una turba atemorizada que reacciona de modo cobarde, revolviéndose de modo agresivo y criminal contra parte del propio pueblo, a quiénes identifica como chivos expiatorios de sus acuciantes problemas no resueltos.

Igual que el resto de sus hermanos, el pueblo conservador está compuesto hoy en su abrumadora mayoría por personas trabajadoras que entran y salen constantemente de precarias ocupaciones formales y obtienen la mayor parte de sus ingresos del salario. Y trabajan por su cuenta en el intertanto. 

Es probable que la pequeña fracción del pueblo que trabaja la mayor parte del tiempo o casi siempre por su propia cuenta, como pequeños comerciantes, campesinos, transportistas o artesanos, entre otros, constituya quizás una proporción algo mayor en el pueblo conservador. Cualquiera puede comprobarlo al conversar con quienes ejercen esos oficios. 

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Quienes promueven causas progresistas y justas, usualmente tienen en cuenta y tratan con respeto al pueblo trabajador de ideas conservadoras. Uno de los grandes aciertos de la candidatura de la izquierda durante la segunda vuelta presidencial, fue precisamente morigerar aquellos aspectos de su programa y símbolos de su campaña que no son bien comprendidos y a veces irritan al pueblo conservador. 

Una hermosa y emotiva anécdota de la reciente elección dice mucho al respecto. Le sucedió a una familiar de víctimas de la dictadura que en ese momento decidió ir a conversar por primera vez de política con su atento casero, en la verdulería donde usualmente hace sus compras. Al preguntarle por quién iba a votar en segunda vuelta, éste le respondió que lo haría por el candidato de ultraderecha, por miedo al comunismo dijo.

Ella con toda calma le contó que su padre, profesor universitario y comunista, había sido asesinado a palos por esbirros de Pinochet y que jamás habían encontrado de él nada más que un diente. El verdulero quedó pasmado, no tenía idea que su casera era quien es. Al poco rato ella volvió trayendo de regalo el informe Rettig y al visitarlos en su casa poco después los observó, al verdulero y su mujer, hojeando las atrocidades de la dictadura allí documentadas, entre sollozos. Votaron por Boric.

Hay casos así, pero la base del triunfo del Presidente electo Gabriel Boric, es que en la segunda vuelta se levantó a votar por él aquella parte del pueblo trabajador, especialmente jóvenes mujeres, que desde el 18-O viene desplegando nuevamente una impresionante actividad política que dió victorias al Apruebo y Convención. Ello no había sucedido en la primera vuelta presidencial y por eso la derecha logró alcanzar allí el primer lugar, aunque por nariz. 

Ahora ellos dieron la victoria a la izquierda, porque saben que se necesita en el gobierno una fuerza política dispuesta a realizar las reformas necesarias. Para acabar con los abusos y corregir las distorsiones que se iniciaron y vienen arrastrando desde el 11 de septiembre de 1973. 

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El pueblo trabajador no siempre se levanta a votar por la izquierda. Su participación en política no es permanente, ni mucho menos, ello sería algo agotador. No está conformado por aguerridos militantes, a los que sin embargo respeta, sino por gente de su trabajo y su casa. Generalmente agobiada por jornadas extenuantes y dedicada a lo suyo sin mucho tiempo para disquisiciones ni trifulcas políticas. 

Por este motivo y como descubrió la ciencia política clásica, la participación popular en política sigue largos ciclos que incluyen prolongados períodos de calma chicha, donde el pueblo se queda en la casa y no sale a manifestarse masivamente ni a votar. En esos tiempos la política se desenvuelve principalmente en los pasillos del poder, en la medida de los acuerdos posibles de lograr en el parlamento. 

Sin embargo, de tanto en tanto el pueblo trabajador irrumpe masivamente en la política. En Chile lo ha hecho cada década en promedio a lo largo de un siglo. Para hacerse respetar y empujar desde abajo a que los de arriba realicen las reformas necesarias para acabar con los abusos de los poderosos y permitir que la sociedad en su conjunto siga progresando. 

Esto lo olvidan fácilmente los políticos, asesores, teóricos y comentaristas, quienes con facilidad caen en lo que la ciencia política clásica calificó de “cretinismo parlamentario”. Es decir, el olvido que en períodos de actividad política popular desplegada, ésta se hace principalmente en las calles. Porque sólo allí reside la fuerza popular capaz de enfrentar a los poderosos y forzar la realización de las reformas necesarias, a las cuales aquellos se oponen siempre de modo feroz y tenaz.

Ahora, por ejemplo, muchos analistas de los principales medios pretenden convencernos que la victoria del Presidente electo no se debería a un fenómeno popular, sino generacional y de sexos, que ciertamente también lo es, o a la supuesta disposición del candidato a abdicar la realización de las reformas necesarias. En suma, estos pretenden convencer que el Presidente electo Gabriel Boric habría ganado porque se habría manifestado dispuesto a dejar que todo siga más o menos igual, sólo que con rostros diferentes y más lozanos. 

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Muy por el contrario, la victoria del Presidente electo Gabriel Boric es un recordatorio contundente de la continuada participación del pueblo en la política. Es la cuarta irrupción popular masiva reciente, tras el 18-O, el Apruebo y la Convención. Ello ha sido reconocido de modo bastante general por las principales figuras políticas, empezando por el propio Presidente electo y sus asesores políticos. Casi todos ellos han dicho que el pueblo chileno expresó de modo irrefutable su voluntad de realizar los cambios necesarios. 

En su notable discurso la noche de la victoria, el Presidente electo Gabriel Boric empieza diciendo: “El mismo compromiso y entusiasmo será necesario durante los años de nuestro gobierno para que, entre todas y todos, podamos sostener el proceso de cambios que ya hemos empezado a recorrer, paso a paso. El pueblo debe seguir movilizado”. Poco antes había dicho que no sólo escucha a sus asesores sino también la voz del pueblo.

El Presidente electo finaliza su discurso de victoria citando nada menos que al Presidente Salvador Allende. Precisamente el ejemplo universal de un político impecablemente democrático que supo conducir a su pueblo alzado y apoyarse en su fuerza desplegada para realizar las reformas necesarias con la determinación requerida. 

Una vez logrados estos objetivos, como corresponde, el Presidente Allende estuvo consciente además de la necesidad de ampliar su base política y consolidar lo logrado. No logró imponer esa línea a tiempo para evitar la espantosa derrota del 11 de septiembre de 1973. Sin embargo, puesto en ese trance histórico, Salvador Allende no renunció. Por el contrario, no vaciló en ofrendar su vida para responder debidamente a la lealtad de su pueblo.

El pueblo no siempre se levanta a votar por la izquierda. Pero lo hace cuando estima indispensable enfrentar a los poderosos con decisión, para acabar los abusos y realizar las reformas necesarias. En esas ocasiones, el pueblo espera que la izquierda cumpla su tarea con la determinación de Salvador Allende.

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Opinión

Santos Discépolo. Gritos de actualidad

Discépolo sentencia el fin del progreso y su olimpo. Si bien, bajo el peronismo se baila tango en los salones y en los Estadios, de aquí en adelante -más allá del fetiche cultural- el género será difícilmente tolerado como una expresión genuina de compadritos, de malevos….al estilo del guapo Cruz Medina –valiente y servicial-. Lamentable llego la hora de estetizar los desgarbos arrabaleros del 20’. Presenciamos el fin del periodo “aurático”, fundacional y orillero.

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a la ralea neoliberal

al horrible desasosiego.

Una prosa de Sergio Pujol, “Discépolo: una biografía argentina” (1997), abre una penetrante intuición cuando nos recuerda la “crisis de creatividad” en la obra del dramaturgo argentino bajo los “años dorados” del Peronismo (1946-1955). Si bien ya intuíamos tal hito desde los textos pioneros de Emilio de Ipola, nos referimos a la condición peronofila del hijo de Santos, la idea aún no nos terminaba de seducir. Según ambos autores, el “filosofo del tango”, habría padecido una “crisis experimental” que se puede atribuir al monumentalismo estético del primer peronismo –al cual suscribió sin miramiento de pasiones. No debemos olvidar que Discépolo comprometió una activa participación con Juan Domingo Perón bajo la sátira radial “mordisquito”.

Su entusiasta intervención radial contra el conservadurismo argentino fue desenfadada y le trajo un alto costo dentro de la comunidad tanguera. En plena “década infame” (1930-1943) la “oligarquía carnera” había convenido un envilecido acuerdo con Inglaterra, el famoso pacto Roca-Runciman que data del año 1933 fue el telón de fondo de letras tan existenciales como melodramáticas. Muchas de ellas cargadas de una prosa tremendista y otras desde un catolicismo desesperanzado ante las modernizaciones y los cismas teológicos. Tras esta debacle social (años 30’) la Argentina se asumía como un enclave de la “piratería inglesa” y ello pavimentó el camino a una crisis moral donde el poeta presagió –y supo nombrar- la condición fatídica de los tiempos.

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Por analogía con lo que es un yacimiento cuprífero, y socialmente por la ausencia de mujeres en los años 20 en la Argentina, Discépolo se refiere a este trágico episodio desde una metáfora masculinizante, propia del baile de compadritos, “se nos fue la mina”. A su manera, cual moralista decepcionado, el autor de Cambalache se inscribía como un pensador que presagiaba la decadencia moral de occidente, a la manera en que Oswald Spengler lo había retratado años antes. Como conclusión de lo anterior, la razón moderna se había suicidado.

Una vez que tuvo lugar el “aluvión” de la institución tanguera, que se prolonga desde 1940 hasta 1955, donde las orquestas típicas y las industrias sellaron un pacto nacional-popular con el gobierno de Perón, la “maquinaria” peronista materializa un programa de difusión radial del género. El tango como fenómeno de masas se hace parte de la industria cultural bajo un celebrado cancionero popular. Ello se traduce, entre otras cosas, en la rica filmografía argentina, donde prolifera una amalgama de actores y personajes del tango como Hugo del Carril, Ángel Vargas, Aníbal Troilo, Tita Merello, Raúl Berón y la propia compañera de Discépolo: Tania, motivo soterrado del tango Martirio. Sin lugar a dudas, esta suerte de pacto nacional-popular viene a representar un tiempo glorificante, pero sin advertir que se avecinaba un tránsito que dejaba atrás el origen desarraigado, homo-gay, y contestatario del género.

La consolidación de la industria cultural (¡Gardel for export¡) lesionaba irremediablemente la condición “marginal” del género a comienzos del siglo XX. Me refiero a un contexto que destaca por la inmigración de “tanos” refugiados en prostíbulos; tanos y compadritos que lloran por el drama de la inmigración. El tango como una lengua del desarraigo y una clave crítica de los contratos modernizantes. Bajo la “década infame” (y el naufragio de la Argentina en los años 30’ que Discépolo lo describía como la perdida de “la mina” en alusión al yacimiento) destaca la queja contra la patronal heredada del canto-protesta de Agustín Magaldi y sus reclamos. De ahí en más, la industria del tango está vinculada a la masificación de orquestas típicas.

En virtud de este proceso de “canonización”, Discépolo escribe en los “años dorados del peronismo” una de sus últimas obras póstumas, Cafetín de Buenos Aires (1948). Aquí el poeta del tango explota fundamentalmente el expediente de la nostalgia. Quizás Cafetín representa una inflexión respecto de los más notables registros existenciales de Santos Discépolo. No debemos olvidar que fue el mismo poeta que mediante frases memorables al estilo del tango ¿Qué vachache? (1925), sentenció la irreversible debacle moral de occidente. Crisis de fe, mito y teología.

En su célebre Cambalache (1934) recusaba los vicios inexcusables del programa moderno; “El mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el 510 y en el 2000 también…”. En el tango Tormenta sentencia, “yo siento que mi fe se tambalea que la gente mala vive ¡Dios¡ mejor que yo, si la vida es el infierno y el ‘honrao’ vive entre lágrimas ¿cuál es el bien? (1939)”. Aquí Discépolo plasma el más exuberante dramatismo religioso. Un grito desgarrador al igual que Job en el Antiguo Testamento. 

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El autor se siente estafado por ser “uomo bono” y por seguir las enseñanzas de la fe; mirando cómo a su alrededor los “malos” viven mejor que él. Este tango, como todos los de Discépolo, posee una infinita actualidad. Volvamos a otro verso del mismo: “…Si la vida es el infierno/ ¿Cuál es el bien…del que lucha en nombre tuyo, / Limpio, puro?… ¿para qué?. Si hoy la infamia da el sendero / Y el amor mata en tu nombre, ¡Dios!, lo que has besao… / El seguirte es dar ventaja y el amarte sucumbir al mal”. ¡Qué duda cabe¡  lo más prolijo de la poética Discepoleana está concentrada en aquella Argentina de la “década infame” (Gobiernos dictatoriales de Uriburu y Justo). De un lado, tenemos el tango burlón (Chorra, Victoria, Justo el 31), y de otro, el “sublime” drama existencial frente a la modernidad, “…de llorar la biblia frente a un calefón”.

Toda esta expresión está reflejada en letras de bronce como Desencuentro, Yira-Yira, Martirio, Confesión, Canción Desesperada y Desencanto. Todo indica que la producción tanguera más fecunda del autor se ubicaría en el periodo 1925-1939. En este periodo el autor de Cambalache se nos presenta como un moralista decepcionado que declara desahuciado el proyecto moderno -merced a los vicios de los años 30’- el progreso no es posible.  En la suite de tangófilos la década del 30’ marca el fin del periodo más prolijo de aquello que Osvaldo Pugliese definió como un folklor de la plata.

De ser “cierta” la tesis inicial, la crisis de creatividad debería explicarse por el proceso de institucionalización que experimenta el tango en el primer peronismo. Idea abierta por De Ipola y ratificada bajo otro expediente por Pujol. Por ello cabría ir más allá de una apropiación “kish” de un conocido refrán tanguero, cual es “el tango es un pensamiento triste que se baila”.

Cabe agregar que se trata de “una metafísica que se baila” en el lenguaje de Ernesto Sabato. Dicho sea de paso, se baila entre hombres: el “guapo Rivera” del célebre tiempos viejos, era un malevo y también un reconocido bisexual camuflado en el argot de la crónica tanguera. El Tango después del tiempo establece una virilización heterosexual. En cualquier aproximación antropológica habría que escudriñar en la condición sexual del tango. Sin perjuicio de lo último, deberíamos reinterpretar esta máxima y enfrentarnos a otra interrogante fundamental, ¿cómo es posible que un pensamiento triste se baile en medio de una institucionalización carnavalesca? ¡Bailar los dolores de la inmigración¡ ¡bailar en esta tierra negra¡ Esa es, quizás, la intuición discepoleana más primordial; la fatídica relación entre masificación estival (tecnificación) y una pesadumbre que atraviesa a los tiempos modernos. Ese es el recoveco más genuino que debemos subrayar, la desdicha existencial, la desesperanza que se cierne sobre el porvenir. La acritud que recae tras la modernización de las palabras y las cosas.

Discépolo sentencia el fin del progreso y su olimpo. Si bien, bajo el peronismo se baila tango en los salones y en los Estadios, de aquí en adelante -más allá del fetiche cultural- el género será difícilmente tolerado como una expresión genuina de compadritos, de malevos….al estilo del guapo Cruz Medina –valiente y servicial-. Lamentable llego la hora de estetizar los desgarbos arrabaleros del 20’. Presenciamos el fin del periodo “aurático”, fundacional y orillero. No cabe duda que la progresión dramática de Santos Discépolo está relacionada con la década infame (1930-1943). Hay múltiples indicios que nos indican que la escenificación de la orquesta típica es el comienzo del fin y el inicio de vanguardias y ciclos de experimentación de incierta contribución.

Por último, cuando evocamos el sentido universal de su célebre “Cambalache” (1934) y recordamos su densidad pesimista, existe aquí un diagnóstico desolador que anticipa los traumas del pequeño siglo XX. Para Discepolin no fue necesario esperar Auwchitz y su “racional irracionalidad”, la guerra civil española, el conflicto chino-japonés, la burocracia estalinista, “los bolches y los juicios de Moscú del año 1936”. El nefasto corolario de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, los campos de concentración desde Guantánamo a Villa Grimaldi.

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El desbande de la razón, el mismo que desde otra perspectiva había denunciado la escuela de Frankurt, se deja ver en una serie de creaciones donde el dramaturgo en la segunda década del siglo XX subraya la vigencia de la sociedad de las águilas (totalitarismo de izquierda y de derechas). El existencialismo de sus letras nos permite presagiar la debacle del proyecto moderno en los años jóvenes del siglo XX. Por estos días, donde la enfurecida acumulación de capital envilece al lenguaje, donde se resquebrajan los últimos sustantivos, no está demás recordar el Cambalache que gobierna nuestro infinito presentismo.

Trizano. Temuco.

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Opinión

Que el derecho a la vivienda sea norma constitucional

El proceso Constituyente abre una posibilidad única para abordar el problema habitacional y de planificación urbana dentro de un marco normativo que otorgue especial relevancia a los derechos fundamentales, en este caso, al derecho a la vivienda y la ciudad.

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Para un alto porcentaje de la población residente en Chile la vivienda es un derecho inalcanzable; especialmente para las mujeres populares que tienen empleos precarios, sin contrato laboral o trabajan dentro del hogar con escasas posibilidades de ahorro.

En la actualidad, Chile está en una crisis profunda de vivienda. Según la Cámara Chilena de la Construcción, el déficit habitacional alcanza las 739.603 viviendas. A estas cifras, es importante sumar el alza en el número de campamentos, que es parte de las consecuencias de la crisis sanitaria y económica producto de la pandemia de Covid-19. El catastro nacional de campamentos 2020-2021 elaborado por Techo-Chile y la Fundación Vivienda, indica la existencia de 969 campamentos en el país, en los que habitan más de 80 mil familias. Esto corresponde a un 73,5% de aumento en el número de familias que habitan los asentamientos informales, en comparación con el catastro del MINVU del 2019.

Existen diversos aspectos que hacen aún más compleja la solución a un problema que se debe resolver con una mirada que va más allá de la mera construcción de unidades habitacionales. La calidad y localización de las viviendas, las características de segregación de los barrios, y el acceso a bienes y servicios de calidad, son algunas de las discusiones que se dan hoy en diversos espacios que problematizan el quehacer sobre la vivienda, ciudad y territorio. La política pública de orientación neoliberal implementada durante los últimos 40 años en el país, debe reformularse ante el nuevo escenario político nacional e incluso global, con un cambio climático que afecta la convivencia y sus relaciones.

Sucesivos gobiernos han intentado dar solución al tema que guía estas líneas, lamentablemente sin éxito hasta la fecha. Al contrario, la pandemia y las consecuentes restricciones sanitarias de aislamiento y confinamiento expusieron y aumentaron las brechas sociales, una de ellas, la desigualdad provocada por una escasa planificación urbana. Durante años, la solución ha estado centrada en la reducción del déficit habitacional a través de la entrega de viviendas, con escasez de disponibilidad de terrenos fiscales que permita el adecuado desarrollo de proyectos de vida para los sectores populares.

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La insuficiente calidad de las viviendas, su localización periférica o en barrios segregados, la falta de áreas verdes y su preocupante aislamiento de servicios básicos como educación, salud y transporte de calidad, son síntomas de la ausencia de planificación urbana y de un efectivo derecho a la ciudad.

En ese sentido, el proceso Constituyente abre una posibilidad única para abordar el problema habitacional y de planificación urbana dentro de un marco normativo que otorgue especial relevancia a los derechos fundamentales, en este caso, al derecho a la vivienda y la ciudad. Esto permitirá avanzar sustantivamente en los desafíos de desarrollo que tenemos como país y otorgar mayores facultades a la nueva administración que asume en marzo 2022.

Por estas razones, adquiere vital importancia la presentación de la iniciativa popular de norma constitucional 41.126 “Pobladoras y pobladores por el derecho a la vivienda digna”. Esta iniciativa es producto de la articulación y trabajo colectivo de un grupo de convencionales, en conjunto con los movimientos sociales y profesionales especialistas del área, que reivindican el derecho a la vivienda y ciudad.

Las ideas fuerza que guían esta propuesta sobre el Derecho a la Vivienda plantean nudos críticos a discutir en la convención. En primer lugar, la propuesta aborda el rol fundamental del Estado en la planificación y construcción de la ciudad, y en el aseguramiento progresivo del acceso universal de la población a vivienda y hábitat de calidad. Además, la iniciativa aborda la función social y ecológica de la propiedad del suelo, abriendo la discusión sobre un tema profundo y vital para el desarrollo de una adecuada política pública, que permita construir viviendas y ciudades priorizando los fines públicos y sociales en el uso, ocupación y transformación del suelo urbano.

Con el fin de abordar el problema de la aparente escasez de suelo bien localizado para la construcción de viviendas sociales, la iniciativa propone la creación de un banco de suelos públicos, una tarea pendiente que hoy se ha instalado con fuerza en la discusión académica y en la agenda pública. Por último, la propuesta destaca, como eje central, la producción social del hábitat, que permita reconocer el rol de las comunidades en la producción de la ciudad y garantizar la participación popular en los procesos de planificación y construcción democrática, y con perspectiva de género, de un hábitat digno para todas y todos.

Hoy existe amplio y transversal consenso respecto de la deuda que tenemos como país respecto de estas problemáticas. Por lo anterior, las organizaciones sociales y quienes trabajamos en temáticas de vivienda y ciudad valoramos el aporte al debate que instala esta iniciativa popular de norma. Esta propuesta, ingresada a la convención desde diversas organizaciones y posicionamientos políticos, debiera abrir el camino que nos guie a generar puentes, espacios de dialogo y que nos oriente a un nuevo pacto urbano que reconozca el protagonismo popular (el mismo que por estos días canaliza apoyos desde mesas instaladas en diversos lugares de las ciudades de nuestro país) como motor de estas transformaciones para nuestra nación, para nuestro país.

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Las brutalidades de Checho Hirane y el oportunismo de La Red

Gutiérrez y su gente construyeron una contraprogramación, luego del estallido social, que si bien ha estado marcada con lo que podríamos llamar ideas progresistas, más que nada insistió en alojar todo tipo de reclamo, grito estridente, incluso de esa derecha que se sentía al margen de la “oficial” (aunque ambas, en el fondo, comparten básicamente la misma premisa ideológica), representada por Hirane y todo personaje que desde un comienzo apostó por la figura de José Antonio Kast para presidente de la República.

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Debido a unas declaraciones en las que Checho Hirane, humorista y comunicador, en su programa de Radio Agricultura llamó al empresariado a obstruir las acciones del futuro gobierno que él considera “malas para el país”, es que el otro medio en el que trabajaba hasta la semana pasada, La Red, decidió terminar su contrato antes de tiempo.

Como siempre sucede con hechos como estos, hubo quienes felicitaron al canal por tomar una decisión política en contra de lo que algunos vieron como un llamado a la sedición, y también personas que acusaron censura de parte del canal privado, llevando, obviamente,  más allá el argumento al extremo de vaticinar, con esto, un futuro oscuro para la libertad de expresión en los próximos años de la administración de Gabriel Boric. Estos últimos sujetos, lógicamente, pertenecen a ese grupo que se autodenomina patriota.

Si uno se detiene en las palabras de Hirane, claramente son antidemocráticas por llamar a un poder de facto, de empresarios que se eligen entre ellos, a poner trabas a un gobierno electo bajo todas las instancias legítimas que un estado de derecho establece. Según este personaje de la ultraderecha, un gremio, sin más validez que la de tener integrantes dueños de grandes empresas, puede establecer qué es bueno o no para Chile, pensando primero en lo que cree que es bueno para una elite económica; idea que determinó el raciocinio político chileno por años, pero que no por eso resulta más aceptable. Menos en días como los que vivimos.

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Sin embargo, parece un poco cínico extrañarse de esto cuando contrataste a una persona casi por las mismas razones. Es raro, o al menos un poco oportunista, por decirlo de alguna manera, jugar al héroe cuando sabes que hay un terreno propicio para hacerlo sin obtener más que halagos.

Es cierto, es televisión, y en momentos como estos debes jugar para ser aceptado por el clima  tajante y líquido que mueve la opinión de las redes sociales, lo que Víctor Gutiérrez, con la nueva programación del canal que dirige, ha hecho a la perfección. Pero a veces hay que detener los sueños épicos cuando estos tienen el peligro de transformarse en pesadillas.

Gutiérrez y su gente construyeron una contraprogramación, luego del estallido social, que si bien ha estado marcada con lo que podríamos llamar ideas progresistas, más que nada insistió en alojar todo tipo de reclamo, grito estridente, incluso de esa derecha que se sentía al margen de la “oficial” (aunque ambas, en el fondo, comparten básicamente la misma premisa ideológica), representada por Hirane y todo personaje que desde un comienzo apostó por la figura de José Antonio Kast para presidente de la República. Y una de las particularidades de esa derecha es precisamente decir todo tipo de brutalidades como si fueran el sentido común.

Por lo que, antes de levantar todo tipo de héroes o luchadores por la democracia, a veces hay que aterrizar un poco los argumentos y ver que muchas acciones están más cerca del simple aprovechamiento de la ocasión, que de algún interés superior. Porque eso a veces no es más que una excusa para quedar en el lado correcto de la historia

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