Prensa y el mercado: Para una palabra pública más allá del capital

¿Cuándo podríamos escuchar a Matamala u a otros defensores de la libertad de prensa criticar al “poder político y económico” de los grandes medios de comunicación? Al contrario, la presuposición de Matamala acerca que el mercado provee “libertad” y que, por tanto, la libertad económica es la única garante de la libertad en general (por tanto, de la “democracia”), constituye la presuposición neoliberal por antonomasia.


                         

No deja de ser interesante el conjunto de reacciones aparecidas frente a la propuesta del candidato presidencial Daniel Jadue acerca de los medios. Una propuesta que también debería haberse leído como una pregunta que puede formularse así: ¿qué hacemos con una prensa que opera de manera oligopólica? Las reacciones proliferaron por los medios hegemónicos e imaginaron un infierno “madurista”, “castrista” o “soviético” donde el Estado controlaría completamente la agenda informativa, donde sus criterios de “objetividad” impongan cortapisas a cualquier irrupción de la palabra pública.

Todas esas imágenes –que no aparecen en ningún lugar del programa del candidato aludido- son parte de la fantasía oligárquica que proyecta en Jadue el inverso del totalitarismo que hace 50 años vivimos bajo la razón neoliberal: no es el Estado sino el mercado el que controla todo. Incluso, amparado en una Constitución Política que se hizo a imagen y semejanza del capital.

La educación, la salud, las pensiones, la política y por supuesto, la prensa, yacen bajo el gobierno del mercado y deben regirse bajo los cánones de su racionalidad: el mercado no funciona en nuestra sociedad como una “esfera” dentro de otras, sino como una totalidad sin límites que subsume todos los aspectos de la vida bajo la égida del capital. No es necesario el triunfo del “comunismo internacional” para llegar al totalitarismo. Vivimos en él. Por supuesto, no un totalitarismo estatal-nacional de viejo cuño, sino uno de tipo económico-gestional de muy nuevo cuño que se apuntala desde la razón neoliberal orientada a capitalizar todas las esferas de la vida social.

La transición política delegó al mercado la cuestión de la “libertad de expresión”. Con ello, no solo confiscó la palabra pública, sino que además, la normalizó bajo los cánones de la economía: todo medio debía ser rentable, sino perecía. Así ocurrió con el diario La Época, Fortín Mapocho, Revista Rocinante, el diario La Nación, entre tantos otros; mientras las grandes corporaciones mediáticas se fortalecían y se plegaban triunfantes al discurso de la transición: no ir más allá del marco institucional ofrecido por una Constitución que cristaliza a la misma razón neoliberal. Los medios alternativos sucumben, requieren de un capital que no tienen y de una masa de lectores (esa clase media ilustrada tan propia del desarrollismo) que ha dejado de existir.

En este contexto, en una reciente columna Daniel Matamala escribe: “Es deber de la prensa incomodar al poder, tanto político como económico”. La afirmación juega a nivel de un “ideal” (es “deber”), pero por esa misma razón, no puede atender el lugar concreto desde donde él mismo habla, su lugar de enunciación: como si, para Matamala, en el contexto chileno de monopolización mediática de los grandes grupos económicos, la prensa no fuera un poder político y económico. Matamala ve a la prensa solo bajo la óptica ideal del “deber”, obliterando así su posición de poder. Parafraseando a Jean Baudrillard que, en algún momento escribió “La guerra del golfo nunca tuvo lugar”, podríamos decir que para Matamala la idea de que la prensa devino un poder económico y político es una realidad que parece que “nunca tuvo lugar”. Su razonamiento liberal obvia el conjunto de críticas que se le han hecho a los aparatos mediáticos desde el célebre escrito de Guy Debord “La sociedad del espectáculo” publicado en 1967.

Su razonamiento deviene así el mejor aliado del orden existente pues no pone en cuestión el lugar de poder político y económico que representa la prensa actual en Chile (el lugar en el que él mismo trabaja) y, más bien, parece terminar escribiendo una verdadera defensa corporativa de una “libertad de prensa” que solo podría concebirse como tal exclusivamente gracias al “mercado”.

¿Cuándo podríamos escuchar a Matamala u a otros defensores de la libertad de prensa criticar al “poder político y económico” de los grandes medios de comunicación? Al contrario, la presuposición de Matamala acerca que el mercado provee “libertad” y que, por tanto, la libertad económica es la única garante de la libertad en general (por tanto, de la “democracia”), constituye la presuposición neoliberal por antonomasia. ¿Sería el mercado un lugar exento de poder, tal como han imaginado los teóricos neoliberales? Chile es la refutación práctica de dicha pregunta.

Pensar la libertad más allá de ese registro y, por tanto, disponer la palabra y las imágenes más allá del movimiento del capital y su optimización constituye la tarea política fundamental. Interrumpir la maquinaria espectacular de la prensa oligopólica chilena constituye la tarea política más inmediata; una tarea orientada a restituir el uso común de la palabra, su carácter intempestivo. 

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