Prácticas cotidianas de resistencia: ¿Qué hay después del ataque a Fabiola Campillai?

Las prácticas cotidianas de miles de mujeres en Chile, siempre han sido de resistencia ante las diversas formas que adopta la discriminación, la misoginia y la injusticia social. Sin embargo, los trayectos que debe resistir Fabiola Campillai han sido multiplicados de una manera inconmensurable. Desde aprender a movilizarse por el espacio que ya no puede ver, hasta reencontrarse con la valentía que la mantiene erguida exigiendo justicia. 


La cotidianidad está referida a todas aquellas prácticas diarias, a todo lo que transcurre, repitiéndose en la vida de las personas. No es sólo un concepto, sino que representa el hilo conductor para conocer a una sociedad (Lefebvre, 1972). 

Por otra parte, la noción de resistencia es entendida como todo acto de rebeldía ante la injusticia, pudiendo expresarse de múltiples formas, desde concentraciones públicas en un evento determinado, hasta manifestaciones discursivas planteadas en el ámbito privado. 

James Scott en su libro Los dominados y el arte de la resistencia (1990) ilustra, con toda claridad, sobre las diversas maneras en que las resistencias han sido desarrolladas por grupos y personas oprimidas y del cómo la cotidianidad cumple un rol fundamental en la toma de conciencia de estos procesos de interpelación al opresor.   

La reiteración de acontecimientos expresada en la vida cotidiana, es vista bajo la lupa de los discursos hegemónicos, como actividades irrelevantes, carentes de filosofía, sin gran significado. Sin embargo, tal como lo señalan importantes pensadores latinoamericanos como Humberto Giannini (1987), Nelson Vergara (2010), Rossana Cassigoli (2010), la cotidianidad y el habitar están plagados de sentidos que les otorgan a los seres humanos una complejidad invisible a los ojos del paradigma de la Modernidad. 

La vida cotidiana, en su amplio espectro, ha sido trastocada por la pandemia. Confinamientos, toques de queda, permisos de movilidad han modificado las prácticas cotidianas (Cassigoli, 2016) de millones de personas alrededor del planeta. En Chile, esta situación se vive con un componente adicional, las tensiones, exigencias y preguntas que dejó instalada la revuelta popular de octubre de 2019, son reflejo de una suma de incidentes políticos que continúan latiendo desde diversos ámbitos del tejido social. 

La convergencia de ambos aspectos -pandemia y crisis política-, hacen de la vida cotidiana de cientos de persona una constante incertidumbre. Sin embargo, dicha inestabilidad en el trascurrir cotidiano, ha sido doblemente impactada en la vida de quienes fueron mutilados y agredidos por agentes del Estado. 

Es preciso reconocer que la historia de represión en Chile, ligada a actos deleznables como la tortura, violación y desaparición de personas, están marcadas en la memoria colectiva de los Pueblos Originarios, como también de los opositores a la dictadura cívico-militar encabezada por Augusto Pinochet. 

El informe de la Comisión Valech (2004), así como el informe de la Comisión de Verdad histórica y Nuevo Trato (2003) dan cuenta de prácticas de degradación de la vida humana por parte de policías y militares, con el fin de lograr un control político sobre la sociedad civil; ya sea en un caso, para establecer el orden capitalista expresado en el modelo neoliberal llevado a cabo por la dictadura, o bien para ejercer soberanía sobre los territorios originarios y así unificar la idea de una única nación representada en el Estado chileno.

Bajo estos argumentos, se ha torturado, violado y asesinado a miles de personas. Una historia dolorosa que está plasmada en distintas trayectorias personales y colectivas, presentes en las comunidades mapuche del sur de Chile, en el Museo de la Memoria, en la música de Víctor Jara, en las letras de Violeta Parra, en los supervivientes de Londres 38, Venda Sexy, Tres Álamos, en las heridas abiertas de los familiares de detenidos desaparecidos. 

En todos ellos/as se encarnaba un relato común, la esperanza de que nunca más en Chile se volvieran a violar los derechos humanos. Sin embargo, este anhelo de no repetición no fue garantizado por ningún gobierno democrático. 

Actualmente, el gobierno de Sebastián Piñera ostenta la cifra de 460 personas mutiladas con daño ocular, 2 de ellas cegadas de por vida, sumado a 2920 querellas presentadas por violaciones a los derechos humanos (INDH, 2021). Las mujeres en este contexto de represión policial llevan todas las de perder, pues son foco de abusos y violaciones por parte de las fuerzas armadas (Hiner, 2015). 

El caso de Fabiola Campillai es un lamentable ícono de las violaciones a los derechos humanos perpetrados en democracia y del trato desigual al momento de administrar justicia. Fabiola es una de las personas, junto a Gustavo Gatica, que fueron completamente cegados por Carabineros en el marco del estallido social. En su caso, producto del ataque con una bomba lacrimógena lanzada directamente al rostro, donde ella no sólo perdió la vista, sino también el gusto y el olfato, además de todas las secuelas psicológicas y del trauma familiar que conlleva un acto de violencia de esta naturaleza. 

Han pasado casi 2 años desde el ataque a Fabiola Campillai, no obstante, el juicio en contra de quien se identifica como su agresor, aún no se realiza, habiendo sido aplazado en varias oportunidades. Como resultado de esta justicia clasista, el excapitán Patricio Maturana se encuentra con arresto domiciliario, recibiendo en la comodidad de su hogar, su sueldo como carabinero (24 horas, 2021)

La vida cotidiana de Fabiola hoy transcurre de una manera muy distinta que hace dos años atrás, pues su cotidianidad fue trastocada brutalmente. Antes del estallido social, Fabiola ya resistía diariamente ante un sistema civilizatorio que hace de la desigualdad social una forma de existencia para personas pobres, mujeres, indígenas, disidencias sexuales y ante toda alteridad que se aleje de los parámetros modernos/coloniales. Sin embargo, hoy luego del ataque sufrido por parte de Carabineros, Fabiola debe resistir además ante un Estado violador de sus derechos humanos.

Las prácticas cotidianas de miles de mujeres en Chile, siempre han sido de resistencia ante las diversas formas que adopta la discriminación, la misoginia y la injusticia social. Sin embargo, los trayectos que debe resistir Fabiola Campillai han sido multiplicados de una manera inconmensurable. Desde aprender a movilizarse por el espacio que ya no puede ver, hasta reencontrarse con la valentía que la mantiene erguida exigiendo justicia. 

Las prácticas de resistencia son entendidas, en contextos de represión policial y de desigualdad social, como una manifestación épica que se conecta con emociones y sentidos colectivos, como son la valentía, la fuerza, el orgullo. No obstante, siendo todo ello una realidad digna de apoyar y de ser reproducida, igualmente es imprescindible reconocer que los Estados nacionales tienen la obligación de garantizar una vida íntegra a todas las personas, no exponiéndolas a una subsistencia basada en resistir a las múltiples formas de opresión y exclusión. 

Por ello, cuando se vuelvan a instalar las expresiones y discursos irrelevantes, cuando la pandemia pase, cuando la convención constitucional cumpla su objetivo y celebremos una Constitución decente y democrática, no olvidemos que hay personas como Gustavo Gatica y Fabiola Campillai que fueron forzadas a vivir cotidianamente resistiendo. 

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