Pensamientos de muerte en la vida viral

Pensamientos de muerte en la vida viral

Una semana antes del auge mediático y terrible del COVID-19, las noticias en Chile versaban sobre grupos de fanáticos de extrema derecha que marchaban golpeando por las calles de Providencia, amenazando con erradicar a diestra y siniestra a quienes no compartieran dichos planes. Bajo la amenaza delirante (en tanto verdad apodíctica e incuestionable) de una invasión marxista, de la pérdida de unos supuestos valores patrios, o sencillamente el subidón emocional y reaseguramiento identitario que genera el odio circulando por las venas, dichos compatriotas ejemplificaban de manera más dramática un hálito de crueldad y desazón que ha ido permeando en la sociedad.

Pues la otrora viveza del chileno, celebrada en espectáculos internacionales como el mundial de Brasil bajo el cántico tribal del “igual la hicimos”, pareciera ser una fantasía cada vez más distante del sentir cotidiano, embadurnado de las presiones de nuevos tiempos. De esa viveza poco y nada queda, ya que la mera vida fue reducida a la sobrevivencia psíquica y física de una gran multitud de asalariados que repletó las calles del semestre pasado, bajo la consigna de un despertar que terminó siendo un sobresalto entre sueños blancos. Esa viveza pasó lentamente a ser dominada por la mortificante identificación con los agresores, con el mismo bastón fálico con el que Carabineros hacía gala de su virilidad frente a estudiantes de liceos, en la intimidad tóxica de los cuarteles y centros de detención, en la guerra desatada de un alcalde como Alessandri -que hasta payas inventaba para que todos supiéramos su predilección libidinal por las capuchas-, y la necesidad casi apasionada de querer arrasar con quien no fuese uno mismo.

Esas marchas, cuya condena transversal y sin matices sonó tan silenciosa como las calles de esta pandemia y su confinamiento obligatorio, quedó como una fotografía congelada en el tiempo, como un recuerdo traumático indigerido, una escena sin ligazón posterior que permita su significación.

En estos días, al hacer un vistazo por redes sociales, me encuentro con escritos por aquí y por allá haciendo llamados urgentes a la unidad, al dejar las diferencias de lado -siempre cuidando de no politizar- y enfrentarnos frente al combate -ahora sí- de un enemigo poderoso e invisible, microscópico pero temible. Casi percibo los ligeros temblores del susto y estupor en alguno de los comentarios que piden proposiciones y no divergencias; y recuerdo en el ejercicio clínico el espanto que en algunos hombres despierta la mera idea de un abandono o separación de su mujer-pareja. Más que una separación se lo viven como una destrucción de lo íntimo tan ligado a esa figura ajena que debe dejar de serlo en la dinámica psíquica para poder sostener así cierta identidad: “los dos somos uno”. Tan insoportable resulta que sin esa suplencia fanática el femicidio aparece como una opción realizable en la mente del asesino.

Y luego, con un salto cordillerano, pienso en el llamado a ser Uno como país.
Uno, dejando las diferencias -inclusive internas- de lado, dejando que los últimos meses pasen a un olvido imaginario, haciendo uso de unos intentos maniacos de reparación fantasiosa, cual hombre que llega con un ramo de rosas rojas para congraciarse con la que tan solo ayer abofeteó, apelando al perdón burdo y apresurado por lo mucho que le cuesta sostener la diferencia y la ajenidad en su fragmentado mundo interno.

Ahora con las rosas de la condescendencia y los eslóganes tan virulentamente expresados por nuestros dirigentes, los mismos que en sus sedes santiaguinas realizaron el acopio de escudos y lumas para las marchas venideras, ahora interrumpidas en su accionar por las contingencias de la naturaleza. Los de los eslóganes de #LosNiñosPrimero, los que iniciaron periodos presidenciales en residencias de SENAME, y al mismo tiempo en los que sostienen con redes de protección al mercado de la protección de instituciones privadas ligadas a la ex concertación y al socialismo de Chivas Regal.

Seamos Uno.

Con el sonsonete del “viva la muerte” de los que en otros momentos se consideran pro-vida, y al mismo tiempo vomitan ira frente a las disidencias del amor.

Y como un espejo de la intolerancia, se dice: “en comunidad la vida es más linda”. Tal como nos recuerda de manera idealizada y fugaz los estertores de una iglesia abusiva en sus raíces -bajo la proyección de una única solidaridad-, reforzando la idea que en estas líneas presento: es mucho trabajo ser ambivalente y soportar la diferencia, inclusive la propia; y porque me parece que existen momentos en que no hay nada más irrefrenable y a ratos desorganizado que la vida misma pujando por existir. En la comunidad del Uno, quizás.

Hace poco tiempo leí que el psicoanalista inglés Donald Winnicott hablaba que no existía del todo tal división entre la vida y la muerte, sino más bien entre la vida y la muerte en vida, el mero éxito parcial de la sobrevivencia al propio accidente del nacimiento. Con esa idea a la base, pienso en esos llamados asustadizos en redes sociales para resguardar la vida de todos, los llamados a la responsabilidad de la vida, dirigidos quizás sin saber al mismo público que sólo vive una muerte constante, o un mínimo -pero poderoso- cúmulo de quienes no soportan la vida (del amor, de la diversidad, de la esperanza, de la juventud, de los escolares, de las mujeres, de cualquier etcétera). Entre esos oyentes están los que en los excesos de cualquier septiembre se emborrachan desde la mañana para vomitar como una risa triste las penurias del día a día, embriagados de una sobredosis de chilenidad que tiene siempre un conteo de muertos al finalizar nuestro criollo intento de carnaval. También están los que bajo ese mismo influjo narcótico se suben a sus autos después de ingerir altas dosis de alcohol, volviendo a sumar al cómputo de fallecidos o asesinados en las noches cotidianas. O los que sin alcohol -necesariamente- realizan piques de autos en furtivas corridas, portando la urgencia de una ordalía adolescente que roza con la muerte para poder garantizarse la existencia de esta vida que parece insípida y vacía. Oirán también, aunque de manera discreta, los que celebraron a los pistoleros solitarios de estos últimos meses, quienes apuntaron y dispararon a simples manifestantes como si hubiese llegado la hora de la purificación y la posibilidad de dar o quitar la vida estuviera en sus manos.

Ahora, tienen la posibilidad de matar y morir realmente -literalmente- en sus manos y rostros, en los pliegues donde el virus se esfuerza por sobrevivir a su modo a costa ajena. La fantasía sádica del erradicar al diferente encuentra una zona de traslape con la crueldad del contagio, a sabiendas que los costos históricamente los han pagado los más pobres, del mismo modo que muchas veces los costos de la autodestrucción lo pagan otros, generalmente los más queridos.
Por último, al pensar este escrito recordé una escena que una vez conocí, era sobre un padre que vio cómo su esposa -y madre de su hija-, en modo de venganza y para generar daño en el corazón de ambos, decidió tomar ácido clorhídrico directamente de una botella, y procedió a ingerirlo mientras me decía el horror que le produjo ver la mirada triunfal y el rostro sonriente de ella, quien con las manos en la cintura y con postura de ganadora comenzaba lentamente a desfigurarse, contorsionarse con ardor y luego desmayarse, para fallecer hospitalizada días después. Quizás viene al caso para procesar lo irreductible de la violencia, el fanatismo de la destrucción de la generación que nos sucede, y como recordatorio que con tal de hacer daño -nuevamente, en ocasiones por no soportar una vida vivible- hay quienes pueden destruirse en el proceso.

¿Cómo se sostienen las ganas de vivir y la tentación en la extinción de uno mismo? Habrá que trabajarlo en las próximas semanas. Se tendrá que encontrar el modo: hay toda una generación posterior a la nuestra que nos está mirando para encontrar una respuesta

Sobre el Autor

Ignacio Fuentes Lara

Psicólogo Clínico, USACH. Magister en Psicología, Mención Teoría y Clínica Psicoanalítica, UDP.

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