Paula Narváez y la misión de transformar al bacheletismo en algo más que un club de fans

Al bacheletismo, ese que hasta ahora no es más que un grupo de personas que rinden culto a la expresidenta. Una especie de club de fans que siempre vio en Bachelet una víctima más que un actor político; una buena madre conciliadora y no una mujer con estatura de estadista. Hoy es la oportunidad de sacarle todos los vestigios de secta y transformarlo realmente en un movimiento político que pueda administrar el eterno conflicto entre el mercado y los derechos sociales, de una manera moderna e inteligente.


La noticia del lanzamiento de la candidatura de Paula Narváez resulta interesante para el debate político al interior de todo el espectro progresista. Como es sabido, su figura no tiene la hinchada de estadio de Daniel Jadue, tampoco esa especie de adoración casi divina que algunos profesaron  a Michelle Bachelet, ni mucho menos esa fascinación transitoria que despierta cada cierto tiempo Pamela Jiles y su política de no hacer nada mientras cree estar haciéndolo todo. Pero eso no quita que su alternativa sea interesante para la construcción de algo que prometa más allá de las caras y los discursos altisonantes.

A diferencia de lo que se quiere hacer creer para darle ciertos toques de pureza, Narváez es una política con todo lo que eso conlleva; aunque su rostro no suene tanto como otros, eso no la hace cargar con menos trayectoria ni la hace ser portadora de una ingenuidad “buenista” que algunos parecen buscar en el próximo abanderado del sector. No. Ella ha caminado por los pasillos del poder, estuvo en La Moneda antes de que las cámaras la enfocaran, y sabe perfectamente cuál es el trabajo y cómo debe hacerse. No es pura ni virginal en el ejercicio del servicio público, y eso la convierte en un buen nombre para articular algo que está ahí y necesita ser ensamblado. Trae una frescura experimentada, dejando a los mastodontes de su partido y el PPD como una mala broma de una renovación que no es tal, como esos tíos viejos que quieren hablar el lenguaje de los “lolos” en un asado familiar.

¿A qué me refiero con eso que debe ser ensamblado? Al bacheletismo, ese que hasta ahora no es más que un grupo de personas que rinden culto a la expresidenta. Una especie de club de fans que siempre vio en Bachelet una víctima más que un actor político; una buena madre conciliadora y no una mujer con estatura de estadista. Hoy es la oportunidad de sacarle todos los vestigios de secta y transformarlo realmente en un movimiento político que pueda administrar el eterno conflicto entre el mercado y los derechos sociales, de una manera moderna e inteligente. Algo que, salvo errores de articulación política y definición ideológica-sumado a las presiones de los eternos fácticos de este país y a una Democracia Cristiana comandada por su sector más conservador e integrista-, el gobierno de la Nueva Mayoría intentó hacer de manera relativamente consistente.

¿Cómo se hace eso? Primero, y sobre todo, construyendo un relato que entienda al sujeto político  de los últimos treinta años, visibilizando el revés de los beneficios del mercado hacia el consumidor, que es básicamente la desprotección del ciudadano y sus nulas certezas públicas, caminando hacia una democracia que vea al individuo como un hombre y mujer libre y soberano de su futuro y su pasado. Esto es imposible hacerlo sobre la base de postulados igualitaristas, y menos sobre la idea de la eterna competencia entre quienes conforman una sociedad. Los derechos sociales deben ser los garantes de ese sujeto libre y que pueda consumir de acuerdo a lo que quiera y pueda, sin que esto signifique, como hoy, una necesidad vital para sobrevivir.

Esto, claro está, tendrá como telón de fondo un proceso constituyente en el que ambos factores, derechos sociales y mercado, sean discutidos y puestos sobre la mesa como lo que deben ser en una sociedad democrática. Cada uno en su lugar, cumpliendo el rol que deben para establecer un sano equilibrio. La misión de Narváez, con acuerdos de por medio, debería ser poder construir el camino de esa nueva conversación sin aires proféticos ni moralistas; sin grandes alardes de ser la dueña de la razón o del bien, sino haciendo política.

Algunos se preguntarán por los acuerdos, ese concepto que ha estado tan vilipendiado por estos días. Bueno, al acordar, este texto no se refiere a esa imposición vestida de consenso en la que nadó por largos años la democracia chilena. No se refiere tampoco a ese aire despolitizado que la Concertación administró bajo la excusa de que, luego de la dictadura, se necesitaba descansar de las ideas y las confrontaciones ideológicas. Así no funcionan las sociedades inteligentes. Acordar realmente consiste en poner en disputa postulados que tengan la misma fuerza y representación política, cuestión que acá no sucedió.

¿Podrá Narváez timonear ese barco? ¿Podrá darle a la centroizquierda, más allá de los sueños vistosos y emocionantes que mucho electorado busca lejos de ella, una relegitimación basada en el realismo que merecen los tiempos que vivimos? ¿Podrá comandar el eje articulador de algo más grande y que tenga cierta permanencia en el tiempo, en días en que nada es permanente?

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  1. La candidatura de Narváez refleja en toda su hondura al bacheletismo como expresión del espíritu oligárquico ,de la democracia partidaria abortada, de la representación falseada y en definitiva de un partido socialista corrompido hasta la médula

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