Parada de Cambio

En el caso de Javiera Parada lo que se inaugura no es un mero cambio de asignación política, se trata de un desprecio, una desvalorización de esa identidad en la que se incluyó. No digamos le tocó, porque no es que antes hayamos visto en su devenir público incomodidad de ese sentido histórico, de esa cultura, e identidad en la que se le identifica, si no que más bien ha hecho usufructo de aquellos contenidos.


Desde hace unos días, ha sido tema de discusión, el que una mujer conocida por su pertenencia política, se haya cambiado de sector político. Frente a ello han asistido comentarios del más bajo nivel -los que ya parecen inundar todas las redes sociales-, y acciones de defensa, como una carta pública firmada por personajes relevantes de la vieja política de consensos y cocinas.

Se defendió el cambio de tienda como un gesto de “mayor nivel democrático”, casi como ejemplo de una vida cívica superior, y se señaló a los críticos como lo que no se debía hacer en política, llegando a catalogar aquello como “totalitarismo político”.

La carta es una defensa personal a alguien muy bien conectada en un mundo más bien cerrado, el que además ha insistido en ver las críticas como mera expresión de voces irracionales, o lo que sería un poco lo mismo, de personas extrañas y distintas de ellos, que no entienden de las buenas formas políticas que representaría la mujer en cuestión y que ahora aparece como víctima de estos atroces juicios populares.

Sin embargo, lo que aquella mujer haga o no en la esfera pública, no es lo que es debido a decisiones particulares que pueden ser resorte de sus preferencias íntimas, de sus simpatías personales, o de sus decisiones razonadas. Eso no es relevante, y solo sería camino a argumentos ad hominen.

Ella es lo que es en tanto su figuración pública, porque ha capitalizado un imaginario de la izquierda, lo ha simbolizado, ha admitido en ella una forma de significar y guiar su historia como perteneciente al patrimonio histórico de una parte de la población que asume que comparte con ella, no solo el sufrir hechos específicos, de la más baja moral de nuestra época, sino significados que dan sentido a la historia y a la identidad de un grupo social. Aquello puede ser resumido en ser víctima de la violencia política del régimen del fallecido dictador.

Así lo que se inaugura no es un mero cambio de asignación política, se trata de un desprecio, una desvalorización de esa identidad en la que se incluyó. No digamos le tocó, porque no es que antes hayamos visto en su devenir público incomodidad de ese sentido histórico, de esa cultura, e identidad en la que se le identifica, si no que más bien ha hecho usufructo de aquellos contenidos.

Aquel aspecto reviste por tanto la principal crítica política. Aquel patrimonio, no ha sido renegado por ella, ni criticado, ni cuestionado, al menos en la medida de querer establecer cierta distancia, de lo que la sostiene como figura pública, o ¿acaso lo noticioso es que una mujer de mediana edad, con una carrera discreta, se haya cambiado de color insigne?, no, se trata de que en su gesto ella establece un tránsito en que aquel mismo patrimonio, puede no ser distinguible de la derecha neoliberal, transformándolo en un contenido que puede ser vendido al mejor postor de turno, en beneficio personal, un contenido que se intenta hacer creer como singular, como si fuera un bien de propiedad privada.

En el gesto del cambio y que tanto celebra un famoso columnista del domingo en el diario de Agustín, se busca hacer que aquel patrimonio, se vacíe de sentido, se desdibuje, se mimetice, hasta el punto de convivir sin problemas con el que hasta hoy es el sector del victimario, en el mero hacer de una mujer de modo personal. Es eso lo que se transforma, más allá de ella, en hecho político y que es celebrado por los que ven en su voltereta una evidente ganancia a la derecha, y otros, una inmensa falta de respeto y una agresión a aquello que ha sido parte de una identidad de un sector que aún no ve reparación, y que un hecho de este tamaño, lo vuelve a poner en el lugar de aquello que se debe despreciar, aquello que se abandona sin miramientos, o que puede ser violentado sin más, y que junto con ello, se intenta volver objeto, transformar en una mercancía disponible en un mercado sin ética.

Por ello no extraña que este cambio sea celebrado por la derecha, ya que en general, es un modo de enaltecer los principios personales, por sobre los colectivos, los deseos singulares, por sobre las necesidades sociales, es decir, una forma de hacer política en la que lo que importa es más bien las condiciones contingentes y específicas de cada individuo, por sobre las relaciones sociales en las que ellas se dan, se permiten y se perpetúan.

Y como si esto fuera poco, el cambio protagonizado, además, se lo quiere hacer pasar como meramente del orden personal, como propio del cambio de ideas de las que creía tal o cual persona, como un arrepentimiento, una expiación de pecados, una disculpa por los errores, un gesto en fin de “salvación”. Eso es lo que busca la derecha y cree que lo consigue cuando recibe en sus brazos a tal o cual converso, poner nuevamente mantos de duda o de menosprecio, a lo que ha sido la historia detrás del personaje, una historia de resistencia, una historia de pertenencia a la búsqueda de un mundo mejor, uno que no viviera en la impunidad, en el que se disfrute de verdad y justicia, que no viviera en el dolor del secreto, que no fuera otra vez doblegado por la fuerza inhumana, y que no perpetuase a las víctimas en un duelo todavía hoy para muchos inconcluso. Sin embargo, a pesar de ello, la derecha se las arregla para nuevamente ocupar el mismo lugar que intenta esconder, ya que la vuelve a poner de víctima, aunque ahora le hace creer, que es por sí misma.

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