Pamela Jiles y El señor de las moscas: La miseria como método de control

Quizás lo que no ha sabido asumir la parlamentaria -y que aún no es tarde para que lo haga-es que no se puede conformar con ser un símbolo de poder alimentado por la podredumbre política. Jiles, el señor de las moscas, como representación de una cabeza empalada dentro del escenario público, la cual toda la clase política y los medios hegemónicos reniegan o le temen.


Varias son las obras literarias que tienen semejanzas con los últimos acontecimientos políticos y sociales vividos en Chile.

“Un mundo feliz” del autor Aldous Huxley, donde todo está permitido, excepto tener libertad. “Rebelión en la granja” de George Orwell, donde los habitantes de una granja se aburren de obedecer a la tiranía del dueño del lugar. O bien la obra seleccionada para el título de esta columna “El señor de las moscas” de William Golding, donde a partir de un naufragio, varios niños quedan varados en una isla, viéndose obligados a organizar el trabajo y establecer cierta forma de hacer las cosas. Es aquí donde la figura de una cabeza de cerdo rodeada de moscas, se transforma en un símbolo de poder dentro de una isla donde el orden establecido resulta macabro.

El símil con la obra literaria surge a través de la figura de Pamela Jiles y de un gobierno indolente que se mantiene en el poder a costa de violar los derechos humanos de cientos de personas.

Pamela Jiles a estas alturas de la crisis social ha pasado por varios momentos. En octubre de 2019 -y durante varios meses-, fue un pilar importante en la construcción de un discurso contra-hegemónico, opuesto al de la élite política que se veía desbordada por las manifestaciones sociales, articulando acciones de apoyo a la sociedad civil y posibilitando las denuncias por las reiteradas violaciones a los derechos humanos ocurridas en el marco del estallido social.

Posteriormente, Jiles ha sido una de las principales parlamentarias en impulsar los tres retiros de los ahorros previsionales, como la política pública más universal para afrontar la pandemia, frente a un gobierno que se niega a generar un respaldo digno para todas las personas.

Sin embargo, este contexto ha ido evolucionando, quienes viven las dificultades también han ido cambiando, porque van tomando conciencia de las diversas aristas de la desigualdad que experimentan cotidianamente. De esta manera, lo que se espera de quienes son potenciales candidatos/as presidenciales es distinto a lo esperado al principio de esta crisis social y sanitaria.

Es así como actualmente la diputada Jiles ha tensado el elástico entre el humor y la falta de seriedad, sobreactuando la performance contestataria a tal punto que ha logrado llevarla a un nivel de descalificación y pobreza realmente lamentable.

Jiles hoy se configura como una creación colectiva surgida desde la miseria de la clase política que ha gobernado por más de 30 años. Una especie de Frankenstein producido por la rabia acumulada a causa de acontecimientos políticos y delictuales tales como: la corrupción de Penta y SQM, la malversación de fondos públicos de altos mandos castrenses, el encubrimiento de crímenes de lesa humanidad por parte del ejército, la impunidad de sacerdotes violadores de menores.

Todos estos elementos conforman el cuerpo simbólico y los injertos detrás de la representación de Jiles. Un personaje que desmantela y descoloca a cualquiera que pretenda obtener una respuesta convencional a sus preguntas.

Así lo experimentó el periodista Amaro Gómez Pablo cuando le consultó al vocero de la diputada (Pablo Maltés) sobre el cuestionado apoyo que brinda Pamela Jiles a su candidatura como gobernador. La respuesta sobre la ausencia de relaciones sexuales entre la pareja en realidad no pretende responder sobre el nepotismo. Es una abierta burla para esquivar lo que efectivamente ellos son conscientes de estar realizando.

La respuesta implícita al nepotismo entre Jiles y Maltés es: “sí, estoy utilizando todo el aparataje político que poseo para apoyar electoralmente a un familiar ¿y qué? Así lo han venido haciendo por décadas los Zaldívar, los Piñera, los Chadwick, los Coloma, los Lagos y una larga lista de etc. Al menos yo -diría Jiles-, lo hago públicamente y para ayudar al pueblo”.

El factor Jiles dentro de la política chilena es un proceso ocasionado por el hartazgo de la ciudadanía, donde se ha aglutinado una estética, un lenguaje y un accionar que se ha puesto al servicio de los carentes de poder. Sin embargo, a pesar de la indudable relevancia que ha adquirido ante el debate público, la diputada está exacerbando la auto-representación a niveles demagógicos (Ciper, 2021).

Quizás lo que no ha sabido asumir la parlamentaria -y que aún no es tarde para que lo haga-es que no se puede conformar con ser un símbolo de poder alimentado por la podredumbre política. Jiles, el señor de las moscas, como representación de una cabeza empalada dentro del escenario público, la cual toda la clase política y los medios hegemónicos reniegan o le temen.

Pues, ni la lógica de los mínimos comunes, ni la configuración de una política que responde a lo peor del sistema que nos gobierna, son dignos del proceso transformador que estamos viviendo. ¡Tiene que haber más que eso!

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