Palestina, una “Nación Cosmopolita”

El propio Edward Said nos ofreció el término “mundano” para atender al cosmopolitismo que está en juego en esta extraña nación llamada Palestina. Múltiples lenguas se entremezclaron, diferentes culturas co-existieron, distintas comunidades y religiones se encontraron, Palestina no puede ser comprendida bajo la fórmula europea y decimonónica de “nación” sino bajo la multiplicidad en que la mezcla, el intercambio y la co-existencia entre lenguas, culturas y religiones constituyen la regla.

En una entrevista realizada por el poeta Abbas Beydun, el poeta palestino Mahmud Darwish sostenía: “Esta tierra es mía, con sus culturas múltiples. Cananea, hebrea, griega, romana, persa, egipcia, árabe, otomana, inglesa, francesa. Quiero vivir todas sus culturas.” A ojos del poeta, Palestina no es una “tierra” como la sueña el fascista. Si para este último “tierra” designa una identidad “pura” exenta de la contaminación de los otros, para el poeta justamente “tierra” deviene el lugar en el que nos dejamos atravesar por los otros: “quiero vivir todas sus culturas” –dice. “Vivir” implica devenir múltiples formas que resultan irreductibles a las maquinarias de poder que no dejan de activar sus tecnologías para producir sectarismo y separar a ese “vivir” del que habla Darwish, respecto de sus múltiples formas. “Tierra” para Darwish no designa un simple “territorio” delimitado por fronteras geopolíticas o identitarias, sino un habitar un mundo en el que el poeta hace la experiencia de la mezcla con otros.  

En su último libro Palestine. A Four Thousand Year History, el historiador palestino Nur Masalha sigue la estela de Darwish: recorre la historia de cómo el término “Palestina” ha sido una referencia constante para ese fragmento de tierra, a veces en manos romanas, otomanas o inglesas. La tesis de Masalha es que el término moderno de “nación” –sobre el cual se asienta el sionismo- experimenta una cierta excedencia en el momento en que comienza a referirse a la realidad palestina. “Excedencia” porque el moderno concepto de “nación” heredero de la Revolución Francesa constituye un dispositivo unificador que impide la existencia plural de “culturas múltiples”. Sin embargo, precisamente en virtud de la historia de 4000 años que cruza a esta tierra, los palestinos entienden el concepto de nación en virtud de una multiplicidad de culturas que han atravesado el territorio y, por tanto, que han convivido por largo tiempo entre sí. Palestina no constituye un crisol unívoco, sino más bien plural, en la medida que sus 4000 años de historia (es decir, años en que ha sido designada cartografías imperiales, en cartas y en crónicas de viajeros, así como en comerciantes) trazan a un concepto de nación que está lejos del utilizado por la modernidad europea desde la Revolución francesa. Palestina es, por cierto –dirá Masalha- una “nación”, pero una “nación” absolutamente plural donde los romanos, otomanos, judíos, árabes se mezclan entre sí de manera radical.

La tesis Darwish constelada por la historiografía de Masalha, permite pensar algunas cuestiones importantes de plantear: en primer lugar que, a diferencia de lo que sostiene el discurso sionista, según el cual, Palestina no existió jamás, la denominación “Palestina” existe hace 4000 años designando diversos tiempos históricos y culturas en co-existencia; en segundo lugar, que la “nación” palestina no puede ser pensada de manera unívoca como impone su concepto moderno, sino en virtud de una pluralidad de culturas que le atraviesan históricamente; en tercer lugar que, Palestina fue siempre un lugar de mezcla y pluralidad que comenzó su hundimiento con le penetración colonial del sionismo: desde 1948 con la fundación del Estado de Israel y la definición “europea” de dicha entidad bajo el término étnico-confesional de “judío”, el sionismo ha intentado romper con la pluralidad prevalente en Palestina por 4000 años, imponiendo un identitarismo estrecho frente a múltiples formas de vida.

En cuarto lugar, que Palestina puede perfectamente ser pensada bajo una designación paradójica, pero no menos verdadera; la de una nación cosmopolita. Se trata de una “nación”, pero exenta de la forma estrecha impuesta por el nacionalismo moderno y su univocidad. Más bien, se trata de un lugar que acoge múltiples formas de vida y que ha acogido históricamente a múltiples formas de vida y donde la diferencia entre occidente y oriente, tan seductora para los señores de la guerra se desactiva desde el momento en que Roma y Judea, Londres y el Cairo devienen una misma intensidad histórica y cultural. El propio Edward Said nos ofreció el término “mundano” para atender al cosmopolitismo que está en juego en esta extraña nación llamada Palestina. Múltiples lenguas se entremezclaron, diferentes culturas co-existieron, distintas comunidades y religiones se encontraron, Palestina no puede ser comprendida bajo la fórmula europea y decimonónica de “nación” sino bajo la multiplicidad en que la mezcla, el intercambio y la co-existencia entre lenguas, culturas y religiones constituyen la regla.

En este sentido, Palestina deviene una nación cosmopolita, habitante del mundo y lejana a cualquier identitarismo estrecho. La restitución del cosmopolitismo inmanente a Palestina ha de ser la única “solución” frente al conflicto impuesto por el colonialismo sionista. Solo una “nación” de tipo “cosmopolita” puede rehabilitar a los pueblos a hacer la experiencia de lo común y crear un mundo frente a la imposición del identitarismo que tendrá siempre el resentimiento y provincianismo que nutren al sionismo contemporáneo. El cosmopolitismo palestino disloca dicho identitarismo, le provee un tropiezo donde éste pretende desplegar su vocación imperial, abraza su pasado y excede el estrecho concepto de “nación” legado por la modernidad.

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