Miércoles, Febrero 28, 2024

Roberto Ampuero, el religioso que disfraza su fe de raciocinio

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En un encuentro con amigos de la adolescencia, uno de ellos, muy querido, nos contó a quienes compartíamos la mesa que uno de los motivos por los que había dejado de vivir en Santiago centro y abrazar ciertas ideas progresistas (cuestiones que curiosamente veía relacionadas) era porque en medio de las manifestaciones que comenzaron el 18 de octubre de 2019, la iglesia a la que él iba, en el centro, había quedado destrozada.

Cuando escuché esto, primero me llamó la atención que fuera a misa regularmente, aunque proviene de un mundo sumamente católico, y luego la idea de la iglesia, no sólo como objeto físico, sino como como símbolo, comenzó a rondar en mi cabeza.

En política contingente también hay muchos que se aferran a parroquias, sobre todo simbólicas, que les dan más seguridad, y se alejan de aquellas que alguna vez les dieron algo de certezas que se esfumaron. Un ejemplo claro son quienes orgullosamente se hacen llamar “conversos”, debido a que en el pasado fueron muy de izquierda y hoy son muy de derecha.

¿Son las parroquias y las posturas políticas cuestiones que puedan ir entrelazadas? Ha sucedido en la historia de la civilización como en la nacional; partidos como el Conservador y luego la Democracia Cristiana, estaban unidos con el catolicismo y la cristiandad. Pero hay algo que va más allá de una religión específica, que es una conducta religiosa, que abarca todo aquello a lo que uno se aferra en momentos de la vida sin que medie razón alguna.

A lo mejor, mi querido amigo veía en sus parroquias simbólicas y físicas lugares seguros, zonas de confort a las que abrazarse; una chocó con la otra y prefirió aferrarse a la más palpable, a la que le daba más seguridad.

En política contingente también hay muchos que se aferran a parroquias, sobre todo simbólicas, que les dan más seguridad, y se alejan de aquellas que alguna vez les dieron algo de certezas que se esfumaron. Un ejemplo claro son quienes orgullosamente se hacen llamar “conversos”, debido a que en el pasado fueron muy de izquierda y hoy son muy de derecha.

Aunque intenten mostrar algo parecido al sarcasmo al autodefinirse como conversos, el hecho de que piensen la política según estos términos, habla mucho de ellos, de su relación con la realidad y los procesos sociales. Uno de los más conocidos feligreses de la religión como concepto que permea toda acción vital, es Roberto Ampuero, escritor, otrora revolucionario y ahora exministro de Sebastián Piñera. A eso al menos se dedica en las redes sociales.

Su religión no lo hace ver los errores y horrores en su propia iglesia, como no los vio cuando militaba en la de la vereda contraria mientras le profesaba fidelidad eterna.

Ampuero es un disciplinado feligrés; una vez que se cambia de fe es capaz de hacer todo por ella, ver talento donde no lo hay, estadistas donde hay comerciantes y patriotismo donde hay chabacanería. Sin ir más lejos, su paso por la Cancillería durante el segundo gobierno de Piñera fue eso; como si nada, secundaba cada una de las tonteras que hacía el expresidente; claro, era su trabajo, pero parecía como si disfrutara cada una de las estupideces de su jefe, como si estuviera siendo parte de algo grande, cuando lo único significativo de su gestión como encargado de relaciones internacionales fue gestionar ridiculeces y vergüenzas como el famoso viaje a Cúcuta donde exlíder de Chile Vamos quería lucirse como luchador de los Derechos Humanos en Venezuela y sólo logró agravar la crisis migratoria de la región, o cuando sacó una bandera norteamericana que tenía al medio, chica, una chilena, durante una reunión con Donald Trump.

¿Nada de eso lo advirtió? Al parecer, no. Su religión no lo hace ver los errores y horrores en su propia iglesia, como no los vio cuando militaba en la de la vereda contraria mientras le profesaba fidelidad eterna.

Por lo mismo, hoy el excanciller es uno de los más acérrimos opositores al gobierno de Gabriel Boric en Twitter. No lo hace, como siempre, desde la razón, desde la complejidad, sino desde la lealtad hacia ese lugar que le da seguridad hoy. Defiende a los suyos, a su mundo de pertenencia como si defendiera a la vida misma; y no está mal que lo haga; si no fuera esa lealtad, jamás habría pisado algún cargo de importancia.

La religiosidad y la política conforman una mezcla peligrosa, lejana de toda mínima convivencia con los claroscuros humanos. Pero esa religiosidad se vuelve más peligrosa aun cuando se disfraza de raciocinio, de escepticismo, porque no hay real uso de la razón cuando uno se aleja de un lugar y corre a otro como si estuviera renegando de lo que fue.

El ser humano siempre, en todo ejercicio intelectual, debe convivir con lo que es y con su pasado. No existe tal cosa como pensar algo nuevo sin dejar vestigios de lo que se pensó. Eso no es pensar. Es actuar de acuerdo a los traumas. Es vestir lo traumado que estás de intelectualidad.

Francisco Méndez
Francisco Méndez
Analista Político.

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