¿Por qué no leen?

Los voceros del ‘Rechazo’ -que en rigor pertenecen al fáctico pero invisible partido portaliano, y en cuyas voces habla el célebre triministro-, no solo reproducen el desprecio del prócer a la Constitución sino, sobre todo, a esos pueblos que se han alzado para instalar otros juegos del orden, otros ritmos en los que se ponga en discusión la profunda crisis de legitimidad que carcome a la República portaliana.
Foto: Agencia Uno

No deja de ser curioso constatar que reputados voceros del Rechazo -vestidos bajo las rúbricas de “centro-izquierda”- aparezcan en los medios de comunicación criticando a la nueva Constitución, reconociendo no haberla leído. Critican un texto que no han leído. ¿Por qué no leen? No leen cuando critican porque, para ellos, no se trata de poner en cuestión el nivel del “enunciado” (lo que dicen los diferentes artículos), sino el nivel de la “enunciación” (desde dónde, quién produce los enunciados).

Se trata de instalar una campaña orientada no a cuestionar solo el contenido del texto constitucional, sino el lugar desde el cual ha sido elaborado: los pueblos y su Convención, esto es, un lugar inédito que se abrió intempestivamente e interrumpió el continuum de la República portaliana. Una Convención que surgió a propósito de la revuelta que abrió un lugar singular donde no había lugar alguno, y que obligó a establecer un mínimo consenso oligárquico entre partidos políticos, pero que durante el camino fue experimentando niveles de porosidad importantes, aunque, por cierto, insuficientes desde el punto de vista democrático y popular.

A esta luz, la campaña del Rechazo no apunta al establecimiento de una discusión racional sobre los artículos de la nueva Constitución (“enunciados”), sino más bien a desprestigiar el lugar de enunciación, las nuevas capas medias profesionales que se apropiaron del espacio de la Convención vía el plebiscito del 15 de mayo del año 2021.

No fue la oligarquía quien pudo entrar a elaborar el nuevo texto constitucional, sino una parte del pueblo -esas capas medias profesionales pero precarizadas- al que esa misma oligarquía, premunida del discurso portaliano, desprecia infinitamente y considera incapaz de legislar. Si para el 18 de octubre la revuelta implicó una alianza tácita entre dichas capas y el mundo popular, con la instauración del Acuerdo por la Paz dicha alianza se cortó o, al menos, se debilitó.

La nueva Constitución no será la respuesta social y política al campo popular, pero favorecerá sin duda que sus potencias profundicen su intensidad. En otros términos, la revuelta de octubre interpeló a todo un orden, ofreciendo nada más que un pensamiento capaz de interrogarnos a nosotros mismos: ¿cómo hemos llegado a ser lo que somos? ¿por qué actuamos y hablamos como lo hacemos? Las calles devinieron en lugar de pensamiento mostrando que, como el propio Sócrates sabía, las calles no son más que huellas en las que habita el pensamiento.

De manera esencial y precisa: el “portalianismo” es la idea de que los pueblos no tienen capacidad alguna de gobernarse, de plantear sus leyes porque, según esta mirada, carecerían de cualquier virtud cívica. Los pueblos jamás podrían elaborar constituciones y leyes porque están llenos de “vicios” y desconocen totalmente lo que desean y lo que se requiere. Por eso siempre, la elaboración del orden político ha de estar a cargo de quienes gozan de virtud: la oligarquía, los más poderosos, quienes saben ejercer ese fino arte de gobierno “fuerte y centralizador” en medio de las Repúblicas latinoamericanas que, a diferencia de otras, están completamente llenas de vicios y faltas de virtud. Por eso es necesario –dice Portales- un “gobierno fuerte y centralizador”. Todo lo demás, según las epístolas del triministro, no hace más que producir “anarquía” (un significante utilizado por la oligarquía hacendal tan antiguo como la propia República).

Los voceros del Rechazo -que en rigor pertenecen al fáctico pero invisible partido portaliano, y en cuyas voces habla el célebre triministro-, no solo reproducen el desprecio del prócer a la Constitución sino, sobre todo, a esos pueblos que se han alzado para instalar otros juegos del orden, otros ritmos en los que se ponga en discusión la profunda crisis de legitimidad que carcome a la República portaliana.

¿Por qué no leen?… Pregunta que han formulado por décadas “expertos” en educación que investigan nuestra “estamental” educación y sus precariedades que hoy debe aplicarse a los voceros del Rechazo. Sin embargo, dichos voceros han recibido una supuesta “buena educación”. Leen, escriben, se creen “poetas” e incluso han pontificado como expertos en educación a lo largo de las últimas décadas, o han sido voceros de la campaña AC, y terminaron votando por un liberal de derechas.

En cualquier caso, los voceros del Rechazo saben leer. Leen de hecho. Por más malogrados columnistas que sean, escriben y leen. ¿Comprenden? Algo. Al menos, alguno de sus intelectuales ha reconocido que están experimentando una “crisis de comprensión”. Pero, en cualquier caso, leen, escriben y saben leer. De hecho, han leído las circunstancias durante 200 años. Y les ha dado un resultado notable en sangre y control ganado, en violencia aplicada y hegemonía instaurada.

Por tanto, ¿por qué hoy no leen? No leen porque leen otras cosas y porque no importa lo que está escrito. Solo importa quién lo escribió. Para la mirada portaliana ese pueblo que se interpuso en su camino no tiene legitimidad para osar escribir una nueva Constitución. Ese pueblo siempre será vicioso, portador del mal, de un pecado irredimible y solo administrable vía el “gobierno fuerte y centralizador” que ejerce el poder estatal. En otros términos, el Rechazo intenta instalar la ilegitimidad de quienes redactaron la nueva Constitución para, a su vez, despreciar totalmente su texto. En el fondo, la fórmula de la campaña del Rechazo es esta: si el lugar de enunciación no es legítimo, tampoco puede serlo el enunciado; si el pueblo es ilegítimo, también lo es el texto constitucional que brota de él.

Pero hay un último detalle que no podemos dejar de analizar: no solo no leen lo que critican, sino que lo dicen sin pudor. ¿Por qué no experimentan la vergüenza, esa experiencia excesiva que atraviesa a lo humano? En su famosa carta a Arnold Rouge, Karl Marx sostenía que tenía vergüenza de Alemania. Pero, de manera más singular, en nuestra precaria escena nacional es un cierto ethos popular el que califica de “sinvergüenzas” a esta gente que roba millones para recibir “clases de ética” en una universidad de élite. ¿Por qué no hay vergüenza cuando dicen no haber leído el texto mientras lo critican? Porque el discurso portaliano que cristaliza la oligarquía de ayer y de hoy no está para leer, sino para dominar; no le importa cultivarse como apropiarse de lo que supuestamente ha perdido.

En otros términos, no hay vergüenza porque se sitúa en una posición de “excepción”, en un lugar “aristocrático”, supuestamente sobre el mundo, en un “estamento” que jerárquicamente ofrece la ilusión de estar más cerca de Dios. Ellos no sienten vergüenza, porque su posición les sitúa fuera de ese mundo humano en el que efectivamente funciona la Ley. Para ellos, la Ley y la moral comunes y cotidianas no operan sobre ellos. Solo la facticidad de un poder excepcional que orienta su arte a separar cada vez a los cuerpos de sus potencias, y a instaurar lo que el propio Portales caracterizó con una fórmula tan ominosa como certera: el peso de la noche. Hacer de la masa popular una masa inerte, convertir a los pueblos en pedigüeños, en simples desechos sin agencia, cuerpos vacíos y exentos de toda potencia e imaginación; he aquí el efecto biopolítico del peso de la noche.

Por eso, el riesgo, a propósito de que el Pleno de la Convención acordó que recién en cuatro años más se elegirán las nuevas autoridades parlamentarias, es que la nueva Constitución se neutralice ferozmente en el (viejo) Congreso vía modificaciones legales que, como sabemos, contará con la presencia masiva del partido portaliano (derecha-Concertación). Y entonces, ¿podrá darse una situación análoga a la que ocurrió en el plebiscito de 1988: formalmente ganó el NO, pero fácticamente ganó el SI (el pinochetismo permaneció); el Apruebo ganará formalmente, pero ¿el Rechazo lo hará fácticamente gracias al Congreso? Justamente, si toda derrota puede capitalizarse en triunfo gracias a la vía fáctica o excepcional propia del portalianismo, entonces ¿para qué leer?

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