Martes, Febrero 27, 2024

Pelao Vade, un eslabón en la gran cadena de la mentira chilena

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Los mismos que promovieron y ocultaron engaños del tamaño de la Operación Huracán, del Plan Antorcha, del Caso Penta, hoy se suben al caballo de la moral pública. Y claro, es claro que no les duele (como a nosotros) la mentira. Nunca les ha dolido. En este caso, les alegra, y se dan un festín, un obsceno banquete de alta ética servido en bandeja de plata.


Entonces la plaza se llenó de personajes. Sonaba extraño, pero por otra parte, a este país lo habían alimentado con mentiras durante décadas y décadas, así que una poca de fantasía nos venía a caer bien. Gente vestida de novia, de Guasón, de gata. Personas con disfraces comprados recién por AliExpress. Pikachu, dinosaurios, Spiderman, Capitán América. También disfraces autogestionados: la mujer gato, el parlante revolucionario, personas con traje de novia, con bikini, con overoles rojos, maneras de ser parte de eso que explotó. Hasta gente desnuda se aparecía por ahí, lista para hacer su representación.

Era el sagrado derecho a ser un personaje. Un derecho que cada quien ejerce día a día, en la Plaza de la Dignidad o fuera de ella. (Y sí: admito que estoy divagando; son solo balbuceos de una reflexión. Hay que darse un tiempo. Por hoy, lo que siento es una pena extraña en mi corazón. Pueblo, querido pueblo… ¿para dónde va todo esto? ¿Pelao Vade, Pelao, qué pasó?).

Pero otra cosa es la mentira. Y lo tenemos claro. Tan claro como esta tristeza, esta desilusión que nos embarga. (Y me repito las palabras, sigo en la confusión: Este país ha sido construido a punta de mentiras, década tras década). Tratemos de entender entonces: el Pelao Vade tal vez hizo lo que pudo con su enfermedad y con su vida. Una supuesta enfermedad con nombre le sirve para ocultar la enfermedad verdadera, y de momento misteriosa. Podemos aceptar incluso las colectas y las rifas; la vida está tan cara, la vida es tan difícil.

Además, está la enfermedad (la misteriosa, la no revelada) que suponemos también ocasionaba gastos enormes. Podemos comprender incluso la campaña electoral para ser constituyente. La grandeza de la causa levantada como soporte de esa candidatura (el pésimo sistema de salud en Chile) aguanta a lo mejor el tonelaje de este invento. Podemos, podemos, siempre podemos soportar una mentira tras otra. (Y me vuelvo a repetir: este país ha elegido mentirosos en elecciones populares década tras década. Y sigo divagando). Podemos.

Pero tal vez ya no podemos más. Primero, porque en alguna parte de esta cadena de imposturas, hay que cortar el eslabón de la credulidad. Tal vez esto de hoy es el eslabón que se debe cortar. La misma grandeza del movimiento que levantó todo esto, ni siquiera la elección del Pelao Vade, sino que todo el proceso constituyente entero, depende hoy de ese eslabón. Y para que se mantenga, para que la esperanza sea realidad sin necesidad de más mentiras, es necesario que ese eslabón se corte. Ese y no otro, y en este momento. 

Porque viene y pasa lo obvio, pasa que los padres de la mentira están escandalizados. Trepan por las murallas, desde sus medios de comunicación condenan el hecho y ven que tiembla todo. Los mismos que promovieron y ocultaron engaños del tamaño de la Operación Huracán, del Plan Antorcha, del Caso Penta, hoy se suben al caballo de la moral pública. Y claro, es claro que no les duele (como a nosotros) la mentira. Nunca les ha dolido. En este caso, les alegra, y se dan un festín, un obsceno banquete de alta ética servido en bandeja de plata. El punto es que eso lo aprovechan para dar un golpe. Y no digo un golpe periodístico, sino que un golpe bajo al enemigo del momento, que no es el Pelao Vade, sino que es la Convención Constitucional. Eso es parte del dolor que a uno lo embarga, la pena que nos acosa.

(Y pienso y pienso y trato de entender. Se trata del Pelao Vade, pero se trata también de todo lo que la Revuelta trajo a este país dormido. Esperamos gestos, ya no pequeños gestos: un gesto a la altura de la desilusión, un gesto a la altura de la pena. Pueblo, querido pueblo… ¿para dónde va todo esto? ¿Pelao Vade, Pelao, es hora de que renuncies? ¿Es hora de que intentes darle a lo mejor la única lección posible a los padres de la gran mentira chilena? Sigo tratando de entender).

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