Lunes, Junio 17, 2024

Palestina y la guerra de los nombres

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El discurso acerca de la cuestión palestina promovido por las grandes corporaciones mediáticas está muy bien armado. Quizás, habría que decir que “armado” lo usamos aquí en sentido literal. Aunque se vista de “información” los medios producen un “conflicto palestino” muy singular, en la medida que sus discursos se inscriben al interior de determinados “marcos de guerra”.

Como constató hace décadas el intelectual palestino Edward Said, la cuestión palestina ha sido vista bajo el lente del orientalismo sionista, en el entendido que el sionismo es, más que un movimiento, es una “idea” (como dijo Nikki Haley –ex gobernadora de Carolina del Sur, alguna vez) o, si se quiere, es en sí mismo un lente. En las últimas semanas, cuando se han consumado los ataques al campo de refugiados de Jenin por parte del Ejército Israelí, la producción mediática ha hecho circular tres términos específicos: “redada”, “legítima defensa” y “religión”.

El primero, impone el marco, según el cual, la operación efectuada por el dispositivo sionista tendría el carácter de ser una operación policial cuyo objetivo inmediato sería el apresar determinados sospechosos. Al utilizar el término “redada” se producen dos efectos: en primer lugar, se criminaliza la resistencia popular palestina de los campos de refugiados de Jenin y se invisibiliza su carácter político reduciéndola, exclusivamente, a una dimensión delincuencial propia del “terrorismo”; en segundo lugar, se presupone que, las autoridades israelíes están actuando al interior de su propio territorio por lo que tendrían el derecho a actuar policialmente para apresar a quienes consideran delincuentes.

Justamente, la acción israelí sobre los campos de refugiados en Jenin, se da al interior de los llamados Territorios Ocupados que, según las resoluciones 242 y 338 emitidas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Israel, considerado por esas mismas resoluciones como “potencia ocupante”, está obligado a devolver dichos territorios al pueblo palestino. Israel no está en su territorio y, sin embargo, actúa como si dichos territorios fueran suyos. La apuesta por hacerlos suyos, es decir, por “anexarlos” como se dice en la jerga colonial que hoy se viste de simple jerga inmobiliaria, muestra que la “redada”, en realidad, constituye una intensificación del despliegue colonial iniciado hace 75 años y hoy consumado bajo el silencio de las potencias occidentales, de los países árabes y del dispositivo de persecución y censura, articulado bajo el constante chantaje que acusa de “antisemitismo”, por parte del Estado sionista y sus “lobbys”.

Es aquí donde se pone en juego el segundo de los términos: “legítima defensa”. Como en la producción incesante de las películas de Hollywood, en las cadenas de noticias, los israelíes son exhibidos como si estuvieran siendo las víctimas de los perpetradores palestinos. Gente inocente que simplemente estaba asentada en un determinado territorio que, de un momento a otro, se ve atacada sin razón por parte de unos perpetradores árabes frente a los cuales la única alternativa sería la “legítima defensa”. Los israelíes son representados como víctimas que, simplemente se defienden y, en una inversión impactante de los términos, los palestinos son vistos como victimarios.

La capacidad para invertir el orden de los términos e instalar al poderoso como si fuera el más débil no solo da cuenta de una capacidad mediática sino de una narrativa en la que Israel, entendido este último como un marco hermenéutico que se impone para leer el mundo, se presenta como si fuera la verdadera versión de los hechos. No existe aquí ni el cuestionamiento sobre el territorio sobre el que se está gestando la operación colonial israelí, ni mucho menos, acerca de porqué los palestinos de Jenin justamente se sublevan. En suma, los grandes medios reproducen globalmente el borramiento de la voz palestina, ejecutado por el colonialismo británico primero y, durante los 75 años siguientes, por el colonialismo sionista.

Así, todo aparece muy obvio y natural: la supuesta “civilización” representada por Israel es atacada por la supuesta “barbarie” palestina. Y la civilización –tal como hoy reivindican las ultraderechas que ven en Israel su modelo consumado- no tiene más que “defenderse”. En cuanto civilización, Israel jamás puede atacar porque todo ataque no puede sino ser perpetrado siempre por la barbarie palestina. Lo que define a la civilización es su contención. A la barbarie, en cambio, su exceso y descontrol. Si hay ataques es porque los palestinos son excesivos y no se controlan. Si hay defensa es justamente porque hay contención y domesticación.

Por último, en la construcción mediática del conflicto, suele aparecer la mención al elemento “religioso” cuyo efecto significante hace que el problema colonial en el que se inscribe la “cuestión palestina” aparezca como un conflicto de naturaleza “milenaria” en la que árabes y judíos parecieran haber estado desde siempre enfrentados por un asunto de fe y creencias. Es este un discurso que proviene del orientalismo del siglo XVIII y XIX y que, sin embargo, sigue operando en las narrativas acerca del conflicto, puesto que, al igual que los otros dos términos en juego que acabamos de exponer, invisibiliza el carácter político y colonial de la cuestión palestina.

Así, todo queda como un asunto policial, en el que pueblan “terroristas” cuya única opción que dejan al sionismo sea la de “defenderse”. No hay política para los palestinos. El discurso dominante les priva de ella. ¿Por qué? Porque solo aquellos que son considerados “sujetos” pueden ejercer la política. Los palestinos –ya desde la otrora Declaración Balfour emitida en 1917 en la que se omite la existencia del “pueblo palestino”- no han existido políticamente desde el punto de vista del discurso colonial y dominante. Si han aparecido en dicho discurso es solo como un asunto demográfico o humanitario. Tanto es así que en las cadenas se refieren a palestinos o bien como terroristas o bien como poblaciones requeridas de ayuda humanitaria.

En el propio Israel no se habla de “palestinos” sino de “árabes”. El nombre “palestino” simplemente no existe en el vocabulario sionista. El término “palestino” deviene así un término prohibido, que ha de ser silenciado, conjurado sino se quiere ser acusado de ser “antisemita”. En este contexto, solo los poderes coloniales y dominantes se presentan como sujetos. Solo ellos pueden interlocutar. Los palestinos, al no ser considerados sujetos políticos, no pueden ser parte de la interlocución en la que se juega su propio destino: ¿no es eso lo que pasó con la Declaración Balfour en 1917 y no es eso lo que ocurrió con la promulgación de los Acuerdos Abrahámicos durante la administración Trump? En ambos casos se decidió sobre el destino de los palestinos, pero sin los palestinos. Por eso, todo se trama como si fuera un asunto “religioso”: al igual que la narrativa antisemita de la historiografía decimonónica que consideraba a los “semitas” como pueblos puramente “religiosos” y no “políticos” (Renan), así también hoy, los palestinos aparecen frente a las pantallas como simples fanáticos religiosos.


Ahora bien, lejos del marco de guerra sobre el cual se erige la narrativa sionista tan masificada por las grandes corporaciones mediáticas, la cuestión palestina no constituye un enfrentamiento entre dos fuerzas equivalentes sino un escenario de confrontación colonial entre un colono (Israel) y un colonizado (Palestina). Es bajo este otro marco que tiene sentido lo que está ocurriendo en Jenin hoy día: se trata de una reedición de la “limpieza étnica” ejecutada en 1948 bajo la cual se erigió el Estado sionista, en función de “anexar” definitivamente los Territorios Ocupados, es decir, territorios que Naciones Unidas –su Consejo de Seguridad- considera que pertenecen al pueblo palestino.

Se trata, por tanto, de una fase de intensificación de la gobernanza colonial sionista para dominar todo el territorio de la Palestina histórica. Un asunto tan sencillo y tan brutal a la vez. Más de 3000 mil refugiados de Jenin han sido expulsados -¿qué significa expulsar a los ya expulsados? ¿qué significa que los refugiados de un campamento sean doblemente refugiados?- porque sus habitantes, al verse asediados permanentemente por las incursiones israelíes, tanto civiles como militares, tanto de parte de sus colonos como de su ejército que les privan de sus propiedades y de su convivencia, no han tenido más alternativa que resistir y organizarse. Sobre todo, si las cortes israelíes, frente al robo flagrante de propiedades palestinas, les dan la razón a los colonos institucionalizando así, tal como ha señalado Human Rights Watch, una situación de apartheid totalmente “legal”. Y ha sido precisamente por enfrentar la devastación perpetrada por el colono sionista que la población palestina ha sido bombardeada por aire y masacrada por tierra. El proyecto sionista contempla así crear múltiples bantustanes palestinos sin conexión entre sí y completamente excluidos de toda forma de integración a la pujante metrópolis que solo la ultraderecha puede vestir de gloria.

En todo esto, la guerra de nombres es crucial. Problematizar el modo en que nominamos algo puede ser posible si nos detenemos a escuchar lo que no resulta obvio, lo que no parece natural, lo que se mueve bajo otros ritmos. Sólo así podremos experimentar la profundidad de la voz palestina. Porque si el sionismo ha capturado nuestra visión en la medida que tiene a su haber a los grandes monopolios mediáticos, sea la voz palestina la que sólo pueda escucharse si agudizamos la audición. Un asunto de sentidos. Un asunto material. Eso precisamente lo que siempre está en la esfera de los oprimidos

Rodrigo Karmy
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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