domingo, julio 21, 2024

Los camaradas españoles

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Entre el Partido Popular español y la Democracia Cristiana chilena hay poco lugar para la colaboración, especialmente cuando el peninsular actúa de manera inamistosa con el indiano.


En Europa los populares son la derecha, la centroderecha y la ultraderecha, pero visitan América como democratacristianos, donde los democratacristianos no pueden ser sino de centroizquierda. Por eso, y por un viejo resabio imperial/colonialista, no conciben que aquí la Democracia Cristiana respalde a Gabriel Boric, el candidato de la izquierda. Y, por eso, intervienen en la política interna con aquel aire de hacienda señorial ya perdido en el tiempo, como impúdicamente interviene en las elecciones el gobierno de derechas que los invita.

Entre el Partido Popular español y la Democracia Cristiana chilena hay poco lugar para la colaboración, especialmente cuando el peninsular actúa de manera inamistosa con el indiano. Existía mayor empatía y afinidad con el Partido Nacionalista Vasco, expulsado hace veinte años de la internacional democratacristiana como condición para la incorporación de los partidos del centro reformista. Y, por cierto, había más proximidad con la desaparecida Unión Democrática de Cataluña de Josep Duran i Lleida, actual presidente de honor de la Cámara de Comercio de Chile en Barcelona.

La brecha que separa al PDC chileno del PP español podría ser tan ancha y profunda como el océano Atlántico que se interpone entre ambos continentes. España, de hecho, está más cerca de África, que de América, y que de Europa durante el franquismo, cuando era más fácil franquear el estrecho de Gibraltar que Los Pirineos. Ello confirma que no basta decirse democratacristiano para reconocerse en una identidad política común.

Decirse democratacristiano hoy es tan universal como adscribirse a la cultura greco-latina. También en América la Democracia Cristiana ha sido receptora y misionera del legado católico y protestante, y ha traducido su concepción de la persona y de la sociedad en el derecho, la arquitectura y el urbanismo, las lenguas y las artes. Desde su nacimiento ha promovido en estas tierras el buen gobierno, el personalismo, la subsidiariedad, la responsabilidad y la solidaridad.

Durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva fue pionera en propugnar la jerarquía constitucional de los derechos económicos y sociales, y la primera en convertirlos en políticas públicas garantizadas. Fue, asimismo, quien llevó al articulado de la Constitución chilena de 1925, mediante la Ley 17.398, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en particular los derechos civiles y políticos.

Precisamente por afirmar la dignidad inalienable de cada persona humana, los rasgos constitutivos de su naturaleza, la libertad de conciencia y el respeto de sus derechos fundamentales, es que combatió a la dictadura civil-militar de Pinochet, concurriendo en su lucha sostenida a la formación de decenas de organizaciones de defensa de aquellos valores, tales como la Comisión de Derechos Humanos, la Coordinadora Nacional Sindical, el Grupo de Estudios Constitucionales y las agrupaciones populares creadas al amparo de las iglesias. Frei y otros democratacristianos fueron víctimas del terror represivo desplegado contra la colectividad y que nunca ha cesado de lacerar las conciencias ni de conmover los espíritus. Es su hija Carmen, memoria viva de este dolor, quien conduce con sabiduría y dignidad los destinos del partido. Ni los gobiernos de la Concertación y la Nueva Mayoría ―los treinta años que con desdén se le enrostran―, ni las alianzas con los comunistas, se pueden entender sin aquel secular peso de la noche que ha ensombrecido el alma de Chile y donde el mensaje humanista ha sido una luz de esperanza.

El PP y el PDC parecen iguales en valores y principios, pero sus prácticas son diametralmente opuestas. En España, el PP justifica el golpe de Estado de Francisco Franco contra la II República en una fuga hacia la extrema derecha que estigmatiza a los comunistas y blanquea el fascismo. En Chile, los democratacristianos que acreditaban el golpe de Estado de 1973 contra Salvador Allende, han abandonado el partido y varios de ellos hoy apoyan explícitamente al ultraderechista José Antonio Kast.

Siguen el mismo camino de Pablo Casado, líder del PP, quien, procurando revertir la irrelevancia de su grupo, ha resuelto disputarle los votos a la extrema derecha apropiándose de su discurso. Ha sido Casado quien ha planteado que «la Guerra Civil fue un enfrentamiento entre quienes querían la democracia sin ley y quienes querían la ley sin democracia», una postura equidistante fiadora de la dictadura franquista que le sucedió, y que el presidente del gobierno impugnó recordando que «la única ley legítima es la democrática». Y, el 20 de noviembre, asistió a una misa en honor al dictador donde se extendió una bandera preconstitucional.

La de Casado es semejante a la postura que políticos e historiadores conservadores han intentado introducir en el debate político nacional al sostener que el país está polarizado entre la extrema izquierda de Boric y la ultraderecha coludida de Kast, una banal equiparación que presta legitimidad a la violencia parafascista y a su tolerancia como expresión natural de una democracia pluralista. Por eso, el calificativo despreciador que en España Casado ha asignado a los familiares de las víctimas de la dictadura, bien podría regurgitar en Chile frente a quienes reclaman justicia por los crímenes de Paine: «carcas que están todo el día con la guerra del abuelo, con las fosas de no sé quién…»

Casado encarna la estrepitosa caída electoral del PP desde los 186 escaños conseguidos hace diez años, a los actuales 88 de los 350 parlamentarios que conforman el Congreso. En abril de 2019 apenas eligió 66, lo que auguró un ajuste cosmético, como el cambio de sede, de nombre y de logo que lo alejara de la Trama Gürtel. Son de su misma especie quienes ahora llaman a votar en blanco, anular el voto, abstenerse y, obviamente, a votar por Kast. Ellos son los causantes del descenso persistente de la DC chilena desde los 19 diputados que tenía hace una década a los 8 legisladores que cuenta hoy en una Cámara de 155 miembros.

Aunque la DC chilena profesa los valores de la familia, el trabajo, la responsabilidad y la identidad cultural, como lo hace Katalin Novák, ministra de Familia húngara, no tiene nada que ver con la política ultraderechista de Fidesz-Unión Cívica Húngara, su partido, ni con el régimen autoritario de Viktor Orbán. Y no tiene ninguna correspondencia con la política de bloqueo y expulsión de migrantes de la Liga del Norte italiana, de Matteo Salvini, ni con la homofóbica política de Lorenzo Fontana, su exministro de Familia y Asuntos Europeos, quien ante toda duda ha enfatizado que «las familias gay no existen ante la ley». De Ignacio Garriga, otro democratacristiano perteneciente a Vox, ni hablar. Es como escuchar hablar a Kast sobre el ataque de los enemigos de la libertad, de los intolerantes, de la dictadura ideológica, contra los valores fundacionales de nuestros pueblos.

La Democracia Cristiana no está constreñida a gobernar con Apruebo Dignidad, como lo estuvo el socialista Pedro Sánchez con Podemos en el sistema parlamentario español. Pero, coincidiendo con Sánchez, contribuirá desde la oposición a la gobernabilidad de la futura administración ―según lo ha ratificado el pleno de su Junta Nacional― y, si circunstancias desestabilizadoras lo exigieran, probablemente ingrese al gobierno de Boric para impedir que la extrema derecha autoritaria, neoliberal y segregacionista llegue al poder. Y esta es una diferencia insalvable con los camaradas españoles.

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