lunes, junio 24, 2024

Llamas al costado del camino

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Llamas al costado del camino. No hay manera de describir esa imagen a metros de uno. “Así se debe ver la guerra”, me dije calladamente. No compartí estos pensamientos con mi tía, que también guardó una especie de silencio a mi lado. Sólo le habló en voz baja a su gata. Le habló de la muerte, que brillaba allí, junto a la carretera.


El incendió produjo un taco interminable. Viajeros distraídos como nosotros, en autos o en buses; gente de trabajo. Personas atrapadas en un viaje sin señales, directo hacia el incendio. “¿Qué hacer, entonces, qué se puede hacer?”

Sólo esperar. La radio entregaba señales confusas. Con el micrófono abierto a las llamadas de otra gente atrapada, cada quien ofrecía inciertas rutas. “La Pólvora; Lo Orozco; Camino Viejo a Santiago”. Pura imaginación, si al final el atasco no daba opciones. Por lo menos yo, que conducía, conozco algo la zona, y los nombres de los caminos me decían algo.A mi tía esos lugares no le sonaban para nada, pero yo intentaba transmitirle algo de seguridad y una esperanza de salir de la zona en alerta roja.


Pensaba en los lugares incendiados. Extensos bosques de monocultivo, una señal de los tiempos donde la tierra es ganancia rápida o tragedia de llamas. Allá cerca, la toma Felipe Camiroaga, quién sabe si amenazada por el desastre de fuego. Al otro lado, Rodelillo, varias veces incendiado hace años, una y otra vez. Barrios bajo amenaza permanente. Seguimos a la espera de que se abriera el paso.


En medio de la noche, cuando por fin habilitaron una dirección de fuga para cientos de vehículos, dejamos de escuchar la radio con su confusión. Volvimos al CD de Brahms, alguna sinfonía intensa que le daba banda sonora al desastre en curso. Y si: las llamas seguían al costado del camino. Una vez en movimiento, parecía que nuestra ruta de escape era un camino circular en torno del incendio. Eso, hasta que nuestra marcha se abrió en una salida conocida para mí: “San Roque”, decía el letrero, y supe que por ahí podíamos bajar hasta Avenida Argentina.


Por fin, lejos del humo anaranjado y los árboles amenazados, nuestro viaje se hizo oscuro. Oscuro como esos cerros porteños, tan lejos del turismo patrimonial. Barrios viejos con aspecto de pueblo perdido, como si Manuel Rojas los acabara de describir para que se hicieran reales. Calles a medio deshacer, un pavimento añoso, colonial. Personas que pedían monedas a los autos que pasaban. ¿Eras tú, Aniceto Hevia? ¿Eras tú, Chambeco, buscando un sustento para la noche inflamada?


Llamas a lo lejos. Poco a poco la ciudad se hizo reconocible, bajo un cielo rojo sangre. La avenida Argentina finalmente se abre ante nosotros. Mi tía ya no le habla de muerte a su gata. Volvimos a conversar entre nosotros, sentimos hambre, estamos aliviados. Es frágil la normalidad, y se agradece cuando vuelve, cuando uno vuelve a ella, por calles que se abren en la noche. Allá atrás, el incendio sigue y sigue. Vuelvo a decirme, ahora en voz alta, “así se debe ver la guerra: incendios en tu barrio”.


Llegamos a destino. Relatamos esta misma historia, con adornos por supuesto. Ahora, lejos del peligro, nos morimos, pero de la risa. En el cielo, la humareda sigue enrojeciendo la medianoche de Valparaíso. Eso durará más tiempo, creo. “Así se debe ver la guerra”.

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