Lunes, Junio 17, 2024

La Paz China: saudíes e iraníes en la misma foto

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China es un acontecimiento. Esta sería la fórmula que habría que comenzar a pensar, más allá de la fuerza económica que ha desplegado durante todos estos años, la secreta e inesperada firma de los acuerdos entre Arabia Saudita e Irán bajo la mediación China, muestra que es China y no EEUU el actor capaz de imponer la paz, es decir, la única fuerza que se avizora capaz de repartir el nómos de la tierra o, instaurar la “paz”-con todo el cinismo que ese término designa. La consecuencia inmediata de la operación china: EEUU ha quedado fuera de juego, pues, con la firma de los acuerdos, ha sido China la que se ha sentado en el trono vacío.

La guerra civil regional abierta después de las revueltas populares árabes, pero cuyos contornos venían desplegándose por décadas de rivalidad geopolítica saudí-iraní hasta romper relaciones diplomáticas en el año 2016, puede estar llegando a su fin.

Porque acuerdos como éstos, se proponen “legalizar” las territorializaciones conseguidas bajo las diferentes guerras en curso posibilitando un trabajo de cooperación conjunto a favor de la “seguridad común”. En el léxico de la realpolitik aquí sobrevenida, esto puede significar dos cosas: en primer lugar, fortalecimiento y cooperación de los respectivos servicios de inteligencia, militares o de policía frente a las formas de sublevación popular que han estallado en las últimas décadas (también en Irán y en Arabia Saudita); en segundo lugar, la repartición de espacios y zonas de control directa o indirecta por parte de alguno de los dos actores, en el marco de una tregua de mutua protección.

Me detengo en este segundo punto (que está totalmente imbricado con el primero):  al modo de los antiguos protectorados británicos y franceses instaurados con los otrora acuerdos secretos de Sykes-Picot (1915) en que Gran Bretaña y Francia se repartieron los territorios que dejaba la acelerada diseminación del Imperio Turco-Otomano, así también, Arabia Saudita e Irán pueden estar proyectando una negociación de potencias regionales para cursar una forma de “protectorados”, tal como el que Irán ha ejercido de facto sobre Siria (desde la guerra civil) o el que ha desarrollado en virtud del acuerdo con la otrora administración Obama sobre el territorio iraquí; en el caso saudí, es exactamente como el que dicho país ha ejercido de hecho tanto en Bahréin y Yemen apoyando a sus feroces gobiernos de corte “sunníes”.

Habría que recordar que la pugna Arabia Saudita e Irán nada tiene que ver con la diferencia “ideológica” entre los “sunníes” y los “shiíes” sino con el ruedo geopolítico que instrumentaliza el discurso religioso para articular relatos políticos.

Bajo este escenario, la restitución de relaciones diplomáticas no tiene que haber sido gratuita, sino expresión de un límite: ni para Irán ni Arabia Saudí (tampoco para China, uno de sus máximos compradores de hidrocarburos) resultaba rentable la stásis desplegada. La situación no solo parece haberse vuelto pírrica y sin horizonte político posible, sino completamente refractaria a las posibilidades económicas que pretenden ambos países frente al ofrecimiento del gigante asiático.

Al estar EEUU en retirada nomística, él representa inestabilidad, así China surge como un socio más estable que podría superar el impasse “pírrico” que los EEUU, en virtud de su compromiso irrestricto de la genocida política israelí, resulta incapaz de hacer. De hecho, ni para los saudíes ni para los iraníes ha sido fácil la relación con EEUU: en el contexto de la Guerra del Golfo, la monarquía saudita accedió a instalar una base militar estadounidense en su territorio, cuestión que generó una reacción contraria de sus clérigos que denunciaban al “occidente materialista” (justamente de este conflicto surge Osama Bin Laden) y demás está en recordar que, desde el triunfo de la Revolución iraní, el país persa ha estado sometido a presiones estadounidenses permanentes que va desde la guerra con Iraq en los años 80 hasta el actual bloqueo económico impuesto por los EEUU. Precisamente porque China se nutre de los hidrocarburos saudíes e iraníes, los tres actores llegaron a la conclusión que era más rentable un acuerdo por la seguridad antes que la mantención de la anomia.

Quizás, el actor más afectado ha sido Israel: la entidad sionista ha quedado fuera de juego, sobre todo, por su pretensión de incluir a los saudíes en los Acuerdos Abrahámicos (que tiene firmados con Emiratos Árabes Unidos) y que le permitió consolidar su posición para invisibilizar la cuestión palestina y debilitar a Siria e Irán. Ni EEUU ni Israel podían destrabar la situación porque ella implicaba la superación de Irán como enemigo. Al fracasar el acuerdo fomentado por EEUU durante la administración Obama, la Unión Europea y Rusia de inspeccionar el programa nuclear iraní a cambio de desbloquear su capital, ha sido China la que ha quedado en la mejor posición, porque era la única capaz de ofrecer algo a los dos rivales involucrados y no solo a una parte.

A esta luz, no solo Arabia Saudita se fortalece por seguir siendo aliada geopolítica de los EEUU, sino además porque demuestra a los mismos EEUU e Israel que puede ser independiente en sus políticas, sobre todo cuando existe una exigencia real de diversificación económica y política que ni Israel ni EEUU están dispuestos a satisfacer. También Irán que consigue un blindaje frente a Israel, de parte del coloso saudí y el respaldo chino cuestión que redunda en poner fin parcial al aislamiento político y económico al que los EEUU e Israel les ha querido someter.

Finalmente, todo favorece a China porque se presenta como un poder capaz de establecer un pacto de paz y seguridad que puede tener un impacto decisivo en varios países de la región pues gran parte de los conflictos que experimenta la región están vinculados directa o indirectamente con la rivalidad de Arabia Saudita e Irán. Desde el Líbano, Palestina pasando por Iraq y Yemen, todos los conflictos están atravesados, hoy, por el problema geopolítico entre los dos colosos regionales que se han puesto como punta de lanza de la guerra civil planetaria.

De esta forma, la foto que muestran varios periódicos árabes y occidentales es la de un ministro chino posando entre los ministros saudíes e iraníes; una foto de mediación que cristaliza su fuerza no solo económica, sino también diplomática. El mensaje es claro: no sólo quien domina Asia es China (EEUU ha perdido la batalla iniciada con Nixon), sino también, es China y no EEUU, la única fuerza que se muestra capaz de instaurar la “paz” en Medio Oriente.

Habrá que ver como se desbroza esto, si los acuerdos fructifican o devendrán letra muerta. Lo cierto, es que la cartografía geopolítica que figuró desde 2011 cuando estallaron las revueltas populares árabes y no árabes (Irán, Turquía) parece estar mutando muy profundamente y el paso dado por China no ha sido su causa, sino, a lo más, uno de sus tantos efectos del quiebre del nómos liberal del cual el capitalismo cada día parece necesitar menos.

Rodrigo Karmy
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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