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Opinión

La lesbiana “impresentable”

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Si una no es bonita o blanca o joven o delgada, pero similar a una modelo alternativa de país desarrollado, pasaría. O si una tuviera algún estatus o –al menos- un auto bien parecido, podría llegar a calzar. Pero si esa lesbiana visible se delata “empobrecida” y habitante de suburbios, ahí surgen los peros: Es “malagestada”, “un macho”, “parece hombre”… Y ya sabemos que “parecer hombre”, solo pueden los hombres.


Hay lesbianas presentables, por ejemplo, las de las publicidades de “Wom” o “Benetton”[1], pero las que no coinciden con la versión holding de la Diversidad, pueden ser asesinadas o criminalizadas.

El duopolio de la prensa chilena ya anunció el documental (Netflix) del caso Wanninkhof-Carabantes, y lo hace lamentándose de la “lesbofobia” porque parece que a los derechistas, ahora, les importamos. En realidad el documental, habla más de “femicidios seriales”, muy a la occidental, que de lesbianas. Ya Beatriz Gimeno, antes de Netflix, había escrito y publicado su libro “La construcción de la lesbiana perversa”[2], sobre el mismo caso, y con una reflexión harto más importante.

Se trata de la acusación, que, en la Europa Medieval, pudo haber sido “de bruja” pero que en la España actual fue criminalizar a una lesbiana antipática, vieja y visible (de Málaga).

D.V.[3], la lesbiana, tuvo una relación con una mujer, la relación terminó y cuatro años más tarde, la lesbiana fue interpretada como “despechada” y “culpable” del femicidio de Rocío Wanninkhof, joven de 19 años e hija de su ex. La lesbiana construida “perversa”, por la prensa, la sociedad y por su ex pareja, fue acusada y encarcelada por un crimen que no cometió. El femicidio fue en 1999, y solo en 2003, se develó que el feminicida era un violador de mujeres.

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Lesbo-odio en América Latina

El lesbo-odio tiene muchas aristas y siempre objetivos funcionales. Uno es el “victimato”, o sea la utilización que hace la Derecha política de los crímenes contra las mujeres, entre las que cuenta a las lesbianas, para justificar sus “agendas de seguridad”, colocando la violencia machista como un hecho de delincuencia habitual y metiendo ahí –de paso- las protestas sociales. Y dos, el fortalecimiento de la heterosexualidad obligatoria, dejándonos a las lesbianas de perversas.

En muchos países de Abya Yala somos “fenómenos”. Tal vez por eso, para algunas compañeras y compañeros migrantes, Chile suena como un país “en apertura”. Pero fíjese usted que igualmente, acá, muchas resultan “inadecuadas” ya que esta es una sociedad de gente “muy adecuada”, funcional, capaz, y tolerante. Aunque no tanto como para aceptarnos a las lesbianas (y a otros fenómenos), si no tenemos una apariencia hegemónica.

Es más, hay una molestia particular y hasta terror hacia la lesbiana visible que parece “empobrecida”. Esa es la que desagrada. En claves occidentales, ni es artista ni es “exótica”. Pero si la misma tuviese una piel más “luminosa”, si estuviese en un decorado territorial más similar a barrios altos, si tuviese detalles estéticos con pinta de sector acomodado, si hablara con una fonética de “gente educada”, sería “presentable”.

Incluso si una no es bonita o blanca o joven o delgada, pero similar a una modelo alternativa de país desarrollado, pasaría. O si una tuviera algún estatus o –al menos- un auto bienparecido, podría llegar a calzar. Pero si esa lesbiana visible se delata “empobrecida” y habitante de suburbios, ahí surgen los peros: Es “malagestada”, “un macho”, “parece hombre”… Y ya sabemos que “parecer hombre”, solo pueden los hombres. Ocupar sus performances no es permitido, si no se trata de algo “muy sofisticado”.

Así somos los pueblos blanqueados. La colonialidad criolla e incluso los intelectuales, pueden aceptar que las razas son fantasía, pero no liberar los territorios. Pueden sentirse “clase media”, pero no “subalterna”. Pueden aceptar “un tercer género”, pero, jamás, abolirlo. Cuando la apariencia no se justifica por algún discurso e ideología, o por algún curriculum académico, recibiremos desprecio y humillación, implícita o explícitamente. La generización y racialización llegan a la violencia extrema si nos resistimos

Indignación selectiva y lesbicidio

Es visible la discriminación contra los hombres homosexuales. Se han usado Estados, cámaras de gas, FF.AA., centros de tortura, ghettos, penalizaciones explícitas, pero a las lesbianas, ya solo verlas es una molestia confusa y disonante. Somos invisibles, nos tratan de “señoras”, a menos que “escandalicemos” con rapados populares.

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Todos saben que somos castigadas y/o burladas por hombres cercanos, en el matrimonio, en la población, en las calles, en la organización mixta. Pero no se dice.

El lesbicidio es un crimen político, no una cuestión privada. Se nos mata, burla y violenta porque ser lesbiana, en sí, podría interpretarse como rebeldía al régimen heterosexual obligatorio. Los homosexuales son hombres y se les juzga públicamente por traicionar la masculinidad viril, pero nosotras, en cambio, deberíamos dar muestras de “pertenencia” y “disponibilidad” a esa misma masculinidad viril. Si nos resistimos, “nos corrigen”.

Los lesbicidios no suelen desglosarse. No solamente en Chile, sino en toda América colonizada, cuando una denominación es sostenida solo por colectivas autónomas, no tiene reconocimiento, pero cuando es extraída por alguna academia, ahí queda “sacramentada” y “bautizada”. Comenzamos a existir: Antes éramos ficción.

Incluso la indignación con lo que llaman “violencia de género” o “las violencias”, es selectiva con los femicidios, porque para indignarse particularmente con el lesbicidio, tendrían que adentrarse en la materialidad del rol de los cuerpos en la reproducción y la producción, y no eso no va a pasar porque somos un continente educado en los símbolos como si fueran verdades.

Tanto es así que mujeres antisistémicas curiosean en lo lesbiano, por erotismo e ideología, pero sin desarmar la misoginia lésbica ni la competitividad entre mujeres.

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Nos siguen mostrando peligrosas como brujas de cuentos infantiles, y no porque no nos hayan cooptado ya: Lesbianas con partidos gobernantes, muchas haciendo familia burguesa y privilegiando a los hombres. ¿Pero qué pasaría si las mujeres dejaran de admirar a los hombres solo por hombres? ¿Y si finalmente nos convenciéramos de que NO somos mujeres, solo humanas? ¿Si dejáramos de reproducirles su estructura familiar? Entonces lesbiana podría ser -por fin- acción directa antipatriarcal.

Ya sé que no lo es, pero podría. Hablo de una utopía posible.

Finalmente, si le interesa el documental, recomiendo el libro. Ya sé que no son tiempos de lectura, pero leerlo en vez de mirar redes sociales, es otra utopía posible.


[1] Benetton arrebató territorio a comunidades mapuche de Argentina, pero hace publicidad “incluyente”

[2] Libro de Beatriz Gimeno, Ed. Gedusa, publicado también por Traficantes de Sueños

[3] No la nombro acá pues ya ha sido mucho el daño contra ella. Si ve el documental o lee libro lo conocerá.

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Opinión

 El estallido del 20%

Este estallido se despliega día a día, enciende pasiones, acumula cuerpos, planifica acciones que se diseminan, mediante un vértigo envolvente, a través de sus sedes: los medios de comunicación, manejados mediante el poder que les otorga la impactante concentración económica del “empresariado-revista Forbes”. Este “estallido neoliberal” muestra y demuestra cómo la política de los acuerdos establecidas por las elites, a partir de 1990, nunca ha cesado.

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Se ha desatado un “estallido” discursivo en la derecha. Una derecha asociada a una parte del progresismo neoliberal. Se trata de un estallido ruidoso, empeñado en denigrar el proceso democrático que eligió, mediante votación popular, a sus representantes para redactar una nueva Constitución.  La derecha, no alcanzó el poder al que aspiraban, pues ellos querían y quieren una Constitución que mantenga en su centro la dominación cultural y económica de las últimas décadas.

Este estallido se despliega día a día, enciende pasiones, acumula cuerpos, planifica acciones que se diseminan, mediante un vértigo envolvente, a través de sus sedes: los medios de comunicación, manejados mediante el poder que les otorga la impactante concentración económica del “empresariado-revista Forbes”. Este “estallido neoliberal” muestra y demuestra cómo la política de los acuerdos establecidas por las elites, a partir de 1990, nunca ha cesado. En los primeros años de la transición fue necesario acordar, pero luego estos acuerdos se volcaron de manera cada vez más favorables hacia las elites económicas hasta naturalizarse, transformarse en costumbre y después en verdad. Así una parte de la elite progresista neoliberalizada, hoy está completamente cautiva en esas prácticas que a lo largo de “30 años” permitieron una desigualdad social sin precedentes.

Resulta ineludible que el arco de la derecha ha experimentado transformaciones. Las derechas conformadas por UDI, RN, Evopoli, se han fusionado, lo hicieron cuando se plegaron en las recientes elecciones al candidato Kast, ultra reaccionario, autoritario y elitista y desde luego apegado a la figura de Augusto Pinochet.

La derecha carece de liderazgos. No existen en su interior figuras que sean capaces de aglutinar y es esa debilidad la que provoca que el actual estallido del 20% no tenga más horizonte que el rechazo, al que ya se ha plegado parte del progresismo neoliberal, mientras otra cepa de estas elites progresistas acuña una posición inestable, ambigua, bajo el lema: “aprobar para reformar”.

En esta atmósfera existen situaciones curiosas o abiertamente raras.

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Desde mi perspectiva, la comisión respectiva de la Convención, debió considerar la presencia de los ex Presidentes al acto de entrega del libro, como parte de su protocolo, pero aun en medio de esa descortesía, sucedió un hecho curioso cuando el ex Presidente Ricardo Lagos envió una carta excusándose de asistir horas ANTES de que los convencionales revirtieran la decisión de no invitarlo, es decir, mandó una (larga) carta de excusa cuando NO estaba invitado a la ceremonia.

Y como no referirse al senador Felipe Kast. Este senador tiene una cierta obsesión con las mujeres y sus cuerpos. El año 2017, justo el 8 de marzo, él cursó una (legítima) pulsión travesti y apareció como “mujer” en un video. Fue un gesto importante proveniente de un habitante de la derecha política que avalaba (como lo asegura el sicoanálisis) desde el despliegue de su deseo, disidencias y transformismos. Ese día, realizó a partir de su condición de “mujer”, un reclamo correspondiente al feminismo liberal. Ahora, cinco años después, ingresa de nuevo a las mujeres, ahora, en el territorio reproductivo. Lo hace desde otra vuelta de tuerca, más cercano esta vez a la locura, mediante un anuncio a la ciudadanía advirtiendo que el texto Constitucional señala que habrá abortos a los nueve meses de gestación. Pero lo insólito es que no existen abortos de nueve meses de gestación, lo que sí sucede a los nueve meses es el parto. En ese sentido, hay que señalar que el Senador carece de saberes acerca del tiempo reproductivo y su intervención más que un “fake” apunta a una zona conceptual que nunca me atrevería a calificar como tontera, para no ofender, pero sí de una ignorancia asombrosa. Así estamos. Por otra parte, un ex funcionario piñerista aseguró que votaba “rechazo” porque era una Constitución comunista.

Pero, más allá de las anécdotas de las elites y, a pesar de ciertas cupulas neoliberales que habitan el Partido Socialista, su pueblo, el pueblo socialista, hombres y mujeres, los jóvenes e independientes, votarán apruebo. La tarea urgente es despinochetizar el país. Romper el neoliberalismo salvaje impuesto bajo dictadura, hacerlo por los miles de muertos, por los detenidos desaparecidos, por las memorias, por la resistencia ante el desprecio y las condiciones de vida de los habitantes de las periferias.

Y gracias a los pueblos indígenas, la plurinacionalidad nos volverá plurales, seremos, sí, más inteligentes, mucho más interesantes porque vamos a ser portadores de la actualidad del pasado que precisa la construcción del futuro.

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Opinión

El mal discursito de película gringa de Cristián de la Fuente

Las condiciones materiales importan y el acceso a ellas también. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de la libertad y el esfuerzo de manera tan simplona, tan vulgar como lo hace De la Fuente, y sobre todo cuando se cree que todo quien no ha logrado lo que otros sí, se debe, exclusivamente, a querer vivir del otro.

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En un programa que se transmite en televisión y por Youtube que ya no vale la pena ni mencionar, el actor chileno Cristián de la Fuente- en un despliegue de oratoria propio de las películas norteamericanas de las que ha querido protagonizar y no ha podido-dio un discurso en el que hablaba de su vida, de su construcción personal como sujeto, contándonos problemáticas familiares.

De la Fuente puso énfasis en el hecho de haber sido el hijo de la amante de su papá, quien tenía otro matrimonio en el momento en que él nació. Nos contó también que, luego de años de sacrificios, terminó manteniendo a su madre.

Nadie bien intencionado podría discutir todos estos hechos, lo que tuvo que pasar durante los primeros años de su vida, ni mucho menos lo que hizo para conseguir lo que tiene. Sin embargo, sí podríamos-y deberíamos- hacernos una pregunta esencial respecto a las condiciones sociales y materiales desde las que surgió, lo que, aunque no se considere importante, en una sociedad de las características de la chilena no es algo menospreciable.

Si bien quienes se dicen defensores de las “ideas de la libertad” nos recuerdan el evidente desarrollo social que ha tenido Chile en los últimos 30 años, lo que no parecen entender, aunque claramente lo deben presenciar, son las certezas sociales que unos tienen por sobre otros, no por la calidad de los establecimientos en los que estudiaron- De la Fuente lo hizo en el Grange-, sino porque hay lugares en los que hay más redes, contactos y la cancha desde la que se parte es diferente.

¿Ha logrado el mercado atenuar esas diferencias? Claramente ha hecho que la gente tenga más acceso al consumo, a pagar cosas que antes no podía; pero no ha terminado con la idea del “¿de dónde vienes?”, que cruza toda relación humana y muchas veces está por sobre todo tipo de otra consideración.

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¿En qué se equivoca el actor? En que desprecia esos factores que, finalmente, también terminan siendo económicos.

Aunque puede haber quienes hoy en día gusten usar el victimismo como acción política, creer que la existencia de certezas públicas es algo así como un regalo de los impuestos de unos hacia otros, no es más que negarse a la construcción de una sociedad en que lo público sea revalorizado y en que esas diferencias de nacimiento, que sí existen, no dependan sólo de una competencia interminable en que el mercado termina muchas veces, en nuestro país, funcionando de acuerdo a la proveniencia.

Por esto es que resulta sumamente complejo no entender la idiosincrasia en la que se vive, pasando por ella sólo como un detalle. Aunque éste no es el país de las clases patronales y de las burguesías aristocratizantes que fueron tan marcadas hasta antes de la irrupción del neoliberalismo, que haya quienes gastan altas sumas de dinero para meter a sus hijos en ciertos colegios debido a las redes ya mencionadas más que por su calidad, da cuenta de que la clase está ahí, presente, visible, clara, y que despreciarla cuando se habla del esfuerzo de uno sobre otro, es una deshonestidad intelectual enorme.

Las condiciones materiales importan y el acceso a ellas también. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de la libertad y el esfuerzo de manera tan simplona, tan vulgar como lo hace De la Fuente, y sobre todo cuando se cree que todo quien no ha logrado lo que otros sí, se debe, exclusivamente, a querer vivir del otro. Cualquier análisis medianamente exhaustivo deja en claro que hay varias, demasiadas variables, aparte de las ya mencionadas, que derrumbarían su mal discursito de película gringa.

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Opinión

El Fallido Plan B

No pueden garantizar nada. Son los firmantes de la carta los que han gobernado el partido durante la última década. En ellos recae la responsabilidad política ―que, por lo demás admiten como «fallas y omisiones en que hemos incurrido las élites políticas» y en el mea culpa «conscientes de los errores cometidos»― de haber desarmado la base ideológica y doctrinaria de una organización que al decir de Huneeus se preciaba de ser un partido institucionalizado, de la pérdida de presencia parlamentaria, de carecer de absoluta injerencia en la Convención, y de haber desaparecido del mundo social.

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En vísperas de la junta nacional que deberá realizarse el 16 de julio, nueve expresidentes de la Democracia Cristiana hicieron pública una carta exhortando la libertad de acción para divulgar los votos de Apruebo y de Rechazo, y agregando que la franquicia debería extenderse a todos los órganos de decisión internos, en clara alusión a la JDC y al Frente Feminista, que ya han resuelto votar Apruebo. 

Firman la carta exdirigentes refractarios al proceso constituyente y que esperan que la dispensa les permita promover sus opiniones e influir en el plebiscito de salida. El embajador Frei que sin dar razones avisó a la Convención que no concurriría a la Ceremonia. También Goic, Krauss, Foxley y Walker, que militan en Amarillos Por Chile y han sido públicos partidarios de un Plan B. El convencional Chahin, que es una voluntad disidente solitaria, no sólo respecto de su partido, sino de sus propios referentes en la Convención. Y Hormazábal, un crítico apocalíptico del texto, especialmente de los pueblos originarios en cuyo reconocimiento ve el rompimiento de Chile ―«se construye un Chile desconocido que convierte al país en un archipiélago de autonomías con una clase especial: las etnias originarias», ha escrito― y la defensa de privilegios.

Sin embargo, lo más importante de la misiva de los expresidentes es la acreditación del fracaso del Plan B que venía propugnando, principalmente, Ignacio Walker. Pérdida que asumen explícitamente los antiguos personeros cuando resignados señalan que «nos habría gustado una posición fundada, clara y propositiva, pero, la forma establecida, en torno a una elección binaria, de dos opciones, Apruebo o Rechazo, no nos permite matices ni cambios.» Y, claro, lo ideal habría sido la pregunta que instaló Izikson en la encuesta Cadem sobre una tercera vía que propusiera una nueva Constitución.

Los orígenes del Plan

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¿Quiénes fueron los primeros en anunciar un Plan B?

Fueron quienes quedaron insatisfechos con la elección de convencionales ocurrida hace un año, y empezaron a sembrar dudas sobre el texto que estaba elaborando la Convención. Fijaron su posición aún antes de que se propusiera un solo artículo de la futura carta. ¿Por qué pensaron en un Plan B, si nadie había definido un Plan A? Lo pensaron como reflejo condicionado por una experiencia aprendida en 1989 y confirmada en 2005.

Después del triunfo del NO de 1988 ―algo inesperado para vencedores y vencidos―, hubo que arribar a acuerdos de reforma constitucional con quienes detentaban el poder de la dictadura. Esas negociaciones fueron el comienzo de la vía transaccional a la democracia tutelada y semi-soberana que sobrevino. Un Plan B que siete millones de ciudadanos convocados por líderes como Aylwin y Lagos, se movilizaron para sacramentar en las urnas, pero cuyo propósito fue mantener vigente la Constitución del 80, porque tenían el poder para mantener la Constitución del 80. Algunos censuran a quienes apoyaron esa salida y siguen siendo críticos de la Constitución de Pinochet. Lo consideran una contradicción porque entienden que el plebiscito del 30 de julio de 1989 dotó de legitimidad de origen a la institucionalidad autoritaria.

Por eso, también hablan de la Constitución de Lagos, y no de la del 80 o del 89. Y es que el año 2005, firma sobre firma, otro Plan B vino a declarar la extinción de normas transicionales tales como el fin de los senadores designados y vitalicios, que, sin embargo, participaron en la redacción y aprobación de la reforma pactada en la Cámara Alta. Fue así como prevaleció la poción mágica de la derecha, el quórum de un tercio del sistema binominal que les aseguraba ser mayoría en las asambleas deliberantes, y que recién vino a ser suprimido en 2015, más exactamente en 2018.

El Plan B del que se habla ahora, siempre ha sido y será una bisagra que permita a los gestores de la Constitución de la dictadura, negociar el estatus de su poder e influencia en los emergentes escenarios políticos. La figura de un Plan B torna necesaria la presencia de negociadores que se entiendan y se comprometan con los artífices de la actual Constitución, y éstos no pueden ser sino los actores y herederos del 89 y del 2005, cuyo perfil biográfico más nítido lo ofrece Amarillos por Chile.

El caso es que esta vez no funcionó un Plan B alternativo al itinerario constituyente inaugurado en 2019, como sí operó con éxito en 1989, durante las negociaciones Cáceres-Aylwin, porque el gobierno de Pinochet no esperaba perder el Plebiscito del 5 de octubre de 1988 ni enmendar su Constitución; y en 2005, para los acuerdos Lagos-Romero, porque se agotaban las instituciones transitorias de la Constitución del 80 que permitían a la derecha el control político, y resultaba urgente prolongar la democracia de los consensos.

Con todo, en la misma coartada de los expresidentes está también su talón de Aquiles. En 1980 también hubo dos opciones y, no obstante, el presidente Eduardo Frei Montalva, quien encarnaba la voz de la oposición, no tomó la palabra en el Caupolicán para invocar la libertad de acción, sino para convocar al país a una Asamblea Constituyente. También en 1988 hubo dos opciones, y el llamado de la Concertación de Partidos por el No fue a votar en contra de prorrogar la permanencia de Pinochet en el poder. Y en 1989, no hubo borradores, ni debates territoriales, ni críticas a los convencionales que, a la sazón, eran los propios negociadores. La ciudadanía entendió que había que concurrir a votar para acabar con la dictadura, porque confiaba en los mensajes de los líderes políticos, religiosos y sociales, y no porque creyera que así debía ser la transición democrática. El dolor y el sufrimiento padecidos por el pueblo, exigía ponerle fin a ese estado de cosas, más allá de los “matices y cambios”.

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Boric inspira a Maritain

¿Por qué los expresidentes defienden la coexistencia de dos acciones políticas diametralmente opuestas y simultáneas dentro del partido? Porque la consideran legítima, como quien vota en conciencia en el Congreso a favor de la supresión de la pena de muerte o de la eutanasia. Algo legítimo es algo justo, razonable, verdadero o legal. Apelan para ello, no a Maritain, no a El Hombre y el Estado, sino a la iluminadora reflexión del presidente Gabriel Boric, que ha señalado que ambas opciones son legítimas. Su autoridad es la palabra de Boric. ¿Qué esperaban que dijera Boric? Es el presidente de todos los chilenos y son las reglas del juego que gobiernan a todos los chilenos. Como tal debe dar garantías a todos, desde putinistas hasta ultramontanos republicanos. Luego, lo que es legítimo para Boric, y para la sociedad en su conjunto, no necesariamente lo es ―y no lo es en esta ocasión― para la Democracia Cristiana.

La Democracia Cristiana es un partido político, una asociación libre de personas que coinciden en una declaración de principios, unos estatutos y unos órganos de deliberación, de ejecución y de justicia. Adhiere a unos principios que son la dignidad esencial de la persona y de sus derechos. A unos valores de justicia, de solidaridad, de libertad, de paz y tolerancia. En virtud de todo esto comparte una noción de la sociedad, el Estado, las comunidades, la naturaleza y la democracia. Y su deber es ofrecerle al país su proyecto social, que empieza por la Constitución Política. No es legítimo, porque entrañan proyectos sociales distintos, la voluntad de perpetuar la Constitución del 80, que es lo que confirma el voto de Rechazo, y al mismo tiempo y junto a la decisión de remplazarla por la nueva Constitución, que es lo que significa el voto de Apruebo, en una colectividad que está llamada a zanjar esta disputa.

Y no es legítimo porque la controversia sigue cruda y lacerante. No por nada, expresamente, la carta de los expresidentes diluye el reconocimiento de los pueblos originarios, realzado por la Convención en la figura de un Estado plurinacional, en el neoercillano poema de «un proyecto de país que nos garantice un presente y futuro en que nuestros pueblos originarios y las corrientes migratorias que le han dado forma a nuestro querido país encuentren un marco común…» Otros, en la vereda opuesta, seguirán profundizando lo que hace nueve años escribieron en el programa de Orrego: «La propuesta fundamental que estamos haciendo hoy, ya no es solamente que Chile reconozca a los pueblos originarios, sino que Chile tiene que reconocerse como un Estado Plurinacional y pasar del tratamiento sectorial de la temática de pueblos indígenas a uno de carácter nacional, para lo cual proponemos la creación del ministerio de Pueblos Indígenas y Asuntos Interculturales, que permita tener una visión integral tanto política, económica, cultural y educacional de toda la temática indígena».

Un acta de disolución

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La libertad de acción entraña la renuncia a la función esencial del partido, que es la organización de los intereses generales de la sociedad chilena. Es la abstención moral respecto de los principios, valores y fines de la acción política. Es el abandono de la misión para la cual han sido convocados los militantes, adherentes y ciudadanos. Es convertir a la comunidad de personas libres en un campo de fuerzas, en un cuadrilátero de disputa, donde sin miramientos por la camaradería, se confrontarán lo mismo las fuerzas brutas del Apruebo como la competencia salvaje del Rechazo. Se trata de un escenario auto flagelante y autodestructivo que la Democracia Cristiana no se merece. Por eso, es ilegítima la libertad de acción. Sería más legítimo que triunfara el Rechazo, y que quienes creen que lo mejor para Chile es el voto de Apruebo, se limitaran a su libertad de conciencia en la cámara secreta, o renunciaran al partido para promover y difundir su opción. 

Sin embargo, los expresidentes prometen que la libertad de acción aplacará las tensiones y permitirá resolver los conflictos dentro de tres años. La pregunta que surge entonces es ¿cómo se cumplirá esta promesa? La Democracia Cristiana hoy es un espejo trizado, algo que no ignoran quienes piden libertad de acción para, a lo menos, satisfacer la expectativa de una ruptura pactada.

No pueden garantizar nada. Son los firmantes de la carta los que han gobernado el partido durante la última década. En ellos recae la responsabilidad política ―que, por lo demás admiten como «fallas y omisiones en que hemos incurrido las élites políticas» y en el mea culpa «conscientes de los errores cometidos»― de haber desarmado la base ideológica y doctrinaria de una organización que al decir de Huneeus se preciaba de ser un partido institucionalizado, de la pérdida de presencia parlamentaria, de carecer de absoluta injerencia en la Convención, y de haber desaparecido del mundo social. Mas, son los expresidentes quienes escriben en su carta que «la propuesta de la Convención Constitucional requiere un estudio profundo y riguroso». Deberían preguntarse cuándo perdió el partido esas capacidades de análisis y elaboración. ¿En la administración de Latorre, que debió haber realizado el Sexto Congreso, o en la de Chahin, que limitó su gestión a su pura planificación?

Esto nos recuerda las lecciones del profesor Mario Fernández, que para rebatir el texto de la Convención sostenía que el presidencialismo chileno no tenía acreditación empírica, es decir, que era un mito, desconociendo con ello todos los antecedentes que los Congresos de la Democracia Cristiana tuvieron a la vista para propugnar el tránsito hacia un régimen semi-presidencial o semi-parlamentario.

La libertad de acción es un acta de disolución del Partido Demócrata Cristiano. Es el costo que deberían pagar los democratacristianos para satisfacer las necesidades políticas de sobrevivencia de quienes coinciden con la derecha en los fundamentos del voto de Rechazo. El partido tiene el deber de defender su memoria y su identidad.

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