La incansable búsqueda del Jaime Guzmán de izquierda

La derecha y cierta elite transicional están obsesionadas con que la Constitución que salga del proceso constituyente sea algo parecido a lo que hizo la dictadura cívico- militar con la propia; quieren su autoritarismo, su enemigo propio, su maquinación ideológica que combatir, inventando a un causante de todos los males.
Foto: Agencia Uno

Luego de conocida la idea de establecer un quórum de 2/3 en un tiempo de cuatro años para implementar la posible nueva Constitución, muchas luces rojas se encendieron en la derecha y en cierto sector de la exConcertación ( o de los hijos tontos de la Concertación, para ser exacto). Cuando se explicó que estos “protegían” al nuevo texto de instituciones que querían cambiarlo, entonces, como es de costumbre en todo debate constitucional desde hace décadas, se trajo a colación a Jaime Guzmán, apuntando al constitucionalista y constituyente Fernando Atria como la expresión opuesta y exacta del senador asesinado.

Si es que analizamos lo que ha sido la participación de Atria en la Convención Constitucional, podríamos decir que hay en él una pretensión de ser otro Jaime Guzmán debido a que su rol, a veces claro y otras difuso, da para creerlo. Pero, ¿puede Atria ser realmente Guzmán? Todo parece indicar que, debido al contexto, es imposible.

Al igual que cierta izquierda que hace meses quiso ver en Piñera una nueva versión de Pinochet para revivir la dictadura -en el caso de los más jóvenes, para vivir una propia-, ahora pareciera que la derecha y cierta elite transicional están obsesionadas con que la Constitución que salga del proceso constituyente sea algo parecido a lo que hizo la dictadura cívico- militar con la propia; quieren su autoritarismo, su enemigo propio, su maquinación ideológica que combatir, inventando a un causante de todos los males.

Sin embargo, hay diferencias esenciales, históricas, entre la escritura de esta carta fundamental y la pasada, ya que tendrían que pasar muchas cosas para que hubiera un manejo de la realidad como lo tuvieron todos quienes gobernaron y se sirvieron de la brutalidad que ejercía y el miedo que inspiraba Augusto Pinochet.

Fernando Atria y todos los constituyentes, a diferencia de Guzmán y la Comisión Ortuzar, están redactando un texto, bien o mal, bajo la mirada atenta no sólo de la ciudadanía, sino también de medios, de opinólogos y “garantes de la sensatez” que nunca quisieron que esta instancia se ejecutara, o que hicieron como si quisieran algo nuevo, cuando, en el fondo, no querían algo tan distinto a lo que se estaba cambiando. Cada idea, buena o mala -claramente ha habido de todo-, es desmenuzada en editoriales, en columnas dominicales y hasta en matinales.

Atria, a diferencia del fundador de la UDI, no habla de lo que quiere en los programas de televisión, ni es invitado como un simpático político que coquetea con la cultura popular (no olvidar las incansables historias sobre el amor de Guzmán por el fútbol o el Festival de Viña a fines de los 80 y comienzos de los 90). Porque el ideólogo de la institucionalización del legado dictatorial- si es que hizo tanto al respecto como se dice- tenía más márgen de acción. Nunca tuvo ni él ni ninguno de los que hicieron el texto de 1980 un real contrapeso argumentativo ni comunicacional. Nunca se lo señaló, ni siquiera en los albores de la democracia, como el creador de nada, ni menos se cuestionaron sus intenciones al respecto.

Guzmán y todos quienes implementaron la institucionalidad que hoy parece quebrada, usaron el terror como una herramienta eficaz para poder hacer lo que, según ellos, se necesitaba. Esto hoy no pasa y está bien que así sea; en la actualidad el miedo no está del lado de quienes hicieron el borrador constitucional. Por más que la derecha quiera ver a un nuevo ideólogo- y aunque el mismo Atria pueda disfrutar un poco de ello- lo concreto es que no hay tamaño uso del poder, no hay tal control de la situación como ciertos reportajes y crónicas quieren hacerlo creer. Aunque le duela a la oposición, aún no pueden ponerse el traje de víctimas; siguen siendo sólo ellos los que hicieron todo a la perfección.

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