Viernes, Junio 14, 2024

Kast, el hombre grisáceo que quiere parecer desquiciado

Aunque quiera parecer disparatado y excéntrico, Kast se espanta hasta con los cantos de iglesia de sus hijos. No se emociona con nada, salvo con aquello que no emociona a nadie. Es gris, opaco, y sus afrentas políticas son poco vistosas, poco lucidas y bastante más pudorosas.

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Podría comenzar el texto horrorizándome con el encuentro de la derecha gritona en España, que tuvo como exponentes, entre otros, al presidente de Argentina, Javier Milei, y al ya eterno candidato del Partido Republicano chileno, José Antonio Kast. Podría alegar en contra de lo que este último dijo sobre Gabriel Boric y la manera en que habló de asuntos internos de Chile frente a sus desquiciados y exultantes oyentes en aquella especie de asamblea ideológica. Sin embargo, todo eso ya está demasiado dicho, muy repetido. 

¿Por qué digo esto? Porque de ese evento también se puede desprender algo que parece menos obvio, y es lo ridículo que se veía Kast tratando de unirse a esa verborrea tan de moda por estos días en cierta derecha. 

José Antonio intentaba parecer “rebelde” al hablar del “travestismo político” del presidente de Chile, para así recibir los aplausos de los loquitos que creían ser los representantes de una nueva revolución cultural, como si no fueran, en el fondo, los embajadores mundiales de la barbarie retórica hecha militancia.

No obstante, no le salía, no le resultaba. Su figura de niñito de colegio y universidad católicos se imponía por sobre cualquier intento de parecer otra cosa que lo que era. Su voz pausada, su tono sacerdotal y su miedo a realizar lo que, según un manual, debía hacer para enfervorizar al público que lo oía, daban como resultado algo poco natural. 

A diferencia de lo que él y los suyos creen, no fue más que uno del montón en un lugar en el que querían ver sangre, chispas, locura real, como la que ofrecía Milei al momento de pararse frente al micrófono y repetir cifras económicas mal redactadas, pero que floreaba con gritos de libertad y arranques de torpeza infinita que algunos llaman “valentía”.

Kast no podía hacer eso. Él, por más que le pesara en ese momento, es hijo político de Jaime Guzmán; y si algo no tuvo Guzmán, durante su carrera política, fue destemplanza. Podía decir las brutalidades más grandes, pero siempre con tono de profesor de catequesis, como si estuviera hablando de una verdad revelada, y puso tras suyo un séquito.

Aunque se crea lo contrario, Milei y Guzmán no son lo mismo. Tienen raíces ideológicas diferentes; Guzmán nunca fue neoliberal, sino que acordó con el neoliberalismo de Chicago una alianza que dio como resultado la institucionalidad vigente. El mandatario argentino, en cambio, será una moda que, tarde o temprano, si sigue así, se irá apagando. No tiene ni la prolijidad política del creador del gremialismo-quien se sirvió del terror de la dictadura para desplegarla, hay que decirlo-, ni menos, si viajamos a sus tierras, la del peronismo, que construyó por décadas una cultura que, a estas alturas, ya es sinónimo de la argentinidad. 

¿Quiere decir esto que Kast sí tiene la inteligencia política de Guzmán? No, para nada. Quiere decir que Kast no tiene nada de lo que se requiere para tratar de ser ninguno de sus ídolos, ni Guzmán, ni Milei. No despierta la fascinación pasajera del argentino, ni tiene un plan de largo plazo como su mentor. Es una mala mezcla. O, mejor dicho, es un señor neoconservador que trata de bailar dos bailes cuando le conviene; y hoy intenta bailar al son de una derecha psiquiátrica, gritona, sin él tener dichas aptitudes; porque ni para ser un poco desquiciado le alcanza.

Aunque quiera parecer disparatado y excéntrico, Kast se espanta hasta con los cantos de iglesia de sus hijos. No se emociona con nada, salvo con aquello que no emociona a nadie. Es gris, opaco, y sus afrentas políticas son poco vistosas, poco lucidas y bastante más pudorosas.

Él es la chilenidad grisácea, aunque quiera ser otra cosa. Y no es rebelde, porque enarbola las ideas oficiales que han reinado por muchos, demasiados años.

Francisco Méndez
Francisco Méndez
Analista Político.

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