Haber tocado la guitarra antes no te hace un buen guitarrista

A quienes nos gobiernan hoy les ha costado afinarse, pero han tratado al menos de encontrar el tono indicado. Aún les falta, sin embargo pareciera que han detectado aquello que desafina. ¿Pueden decir lo mismo todos aquellos que hoy andan dando clases de gobernabilidad? ¿Puede el piñerismo enseñar algo sobre qué hacer en crisis, cuando lo único que logró fue agravarla?

            

Hace unos días atrás parecía que el deseo más profundo de un grupo de interés se cumplía; de pronto, en medio de una entrevista con Iván Valenzuela, el Presidente Gabriel Boric admitía que sí, que otra cosa era con guitarra y que habían tenido que darse cuenta, a lo largo de los ocho meses de gobierno, que no todo era sencillo cuando se pretende gobernar.

El concertacionismo autocomplaciente aplaudía este gesto presidencial, mientras que en la derecha, el siempre pequeño senador Chahuán llevaba una guitarra a La Moneda para sacar pequeños réditos comunicacionales.

En la mal llamada socialdemocracia chilena ese gesto mágico a algunos los hace regocijarse de placer. Se sienten reconocidos por las palabras del mandatario; todo lo que habían hecho durante las décadas o meses anteriores a la nueva administración estaba liberado de toda responsabilidad política debido a lo dicho por el joven jefe de Estado. Era como una redención, la liberación del pecado.

Si somos serios, lo cierto es que no hay ningún pecado en las administraciones que han gobernado Chile en este tiempo. Principalmente porque la política no puede ser medida según categorizaciones religiosas.

Hubo errores políticos, unos debido al miedo y luego a la comodidad; pero también hubo aciertos. Hubo desarrollo y acceso a bienes materiales, pero con el costo de la poca certeza de ese acceso, lo que fue construyendo al principal sujeto político de estos años: una clase media desconcertada, caprichosa, temerosa algunas veces, y otras demasiado valiente, al borde de la tontera, dependiente de constantes vaivenes económicos que no comenzaron hoy, porque es esa inestabilidad lo que la constituye. Una mezcla que los mueve como consumidores que a veces creen ser luchadores sociales.

Eso, claro está, si nos remitimos a los gobiernos de la Concertación que fueron realmente sólo 20 años. Pero si nos detenemos en lo que podríamos llamar los “reflujos transicionales”, que se resumen básicamente en el antagonismo demasiado largo entre Sebastián Piñera y Michelle Bachelet, hablamos de otro momento en que ya se manifestaban grietas en el modelo de la transición.

La última generación con una visión universalista de la política, también educada bajo la era concertacionista, en la que se encuentran el ahora Presidente y algunos de sus ministros, dio señales del problema del acceso y las certezas para esa clase media. Sin embargo, todo fue hecho a medias, con una confusión de qué se pedía y cómo se hacía. No hubo héroes o villanos; sólo comenzó a romperse lo que algunos ya advertían que se rompería, y es el pacto político institucional.

En  el caso del último gobierno de Sebastián Piñera, en el que se desató la crisis, hubo malas decisiones políticas, insistencia en cosas que simplemente no podrían encaminar la explosión en curso, un nulo entendimiento de lo que había pasado, y una gran irresponsabilidad al empoderar en el discurso a una policía viciada que se saltaba todo protocolo mínimamente democrático, dando por resultado acciones deplorables de parte de la institución.

Y esto no lo hizo solamente para el 18 de octubre, porque el eje de sus administraciones era darle a Carabineros una importancia sobredimensionada por sobre otros actores relevantes del aparato estatal.

Es cierto, no muchos sabíamos lo que estaba ocurriendo, pero al menos podíamos aventurarnos a creer que no era solamente un tema de seguridad pública, y que el esfuerzo de Piñera por creer que no estaba sumergido donde estaba, hizo de los primeros meses y años de conflictividad algo insoportable.

Se podrá decir que toda la crisis no se debía únicamente a su gobierno, y hemos demostrado que es así. Pero torpe sería negar que la tozudez del otrora mandatario fue una de las tantas razones por las que estuvimos y seguimos cerca de un barranco.

Señalo esto porque pareciera que el sólo hecho de que Boric reconozca la complejidad de gobernar fuera todo el problema; como si todo lo que hizo cuando era oposición fuera únicamente producto de sus febriles sueños de niño bien con alardes de revolucionario. Y si bien puede haber mucho de eso en el sector, me parece que reducirlo a cierto infantilismo, nubla el juicio sobre las falencias espantosas de un sistema político que no supo cómo reaccionar ante el ciudadano medio creado por él mismo, y un gobierno de derecha que estaba desesperado por encontrar rastros de castrochavismo para justificar el desastre en las calles.

Las decisiones que se tomaron durante décadas en Chile no deberían ser exculpadas porque quienes las llevaron a cabo tocaban La Guitarra. No basta con tener un instrumento; es necesario saber tocarlo adecuadamente y siempre cerciorarse de que la nota sea la correcta.

A quienes nos gobiernan hoy les ha costado afinarse, pero han tratado al menos de encontrar el tono indicado. Aún les falta, sin embargo pareciera que han detectado aquello que desafina. ¿Pueden decir lo mismo todos aquellos que hoy andan dando clases de gobernabilidad? ¿Puede el piñerismo enseñar algo sobre qué hacer en crisis, cuando lo único que logró fue agravarla?

Así como no basta con creer ser una novedad y el futuro de un país por lo joven que eres, tampoco puedes refugiarte en tu trayectoria sin responsabilizarte por lo que hiciste mal o simplemente no hiciste cuando la construías. Es de mal gusto. Porque haber tocado la guitarra antes no te hace necesariamente un buen guitarrista.

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