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Opinión

En Chile, amarillo significa traidor

Si el tiro de la DC reaccionaria es recuperar parcelas de poder, díganlo abiertamente pero no se escondan detrás de una sucia y artera maniobra publicitaria para lanzar puentes con la derecha pinochetista para contener el avance de una sensibilidad popular que hoy por hoy es incontenible. Porque en el fondo los que vociferan ahora son puros políticos que están desplazados y que defendieron a ultranza el modelo neoliberal, los Walker, Rossi, Harboe… en Chile decir “Amarillo” es decir traidor, entreguista y eso es lo que son estos señores, que en busca de su propio privilegio usan artilugios seudodemocráticos para traicionar las necesidades acuciantes de este pueblo.

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En estos días ha estado en primera plana la aparición de un engendro político que agrupados bajo el mote de Amarillos, llaman derechamente a sabotear la labor de la Convención Constituyente, poniendo el grito en el cielo, casi como un alarido apocalíptico, ante lo que ellos llaman maximalismo de las propuestas de algunos convencionales situados más al extremo de la izquierda que el resto, pero que tampoco son mayoría, como si eso bastara para descalificar el trabajo abnegado, noble y acucioso de la mayoría de los convencionales que por discutir, aprobar y elaborar las normas que serán cuerpo en la próxima Carta Fundamental, están recibiendo el fuego granado de los medios de la derecha y de sus periodistas y comentaristas sobornados.

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Durante toda la vida nos hemos acostumbrados a que siempre aparezcan peleles mesiánicos que vociferando frases hechas como “lo que Chile necesita”. “lo que el país desea”, “lo que la gente quiere”, plantean soluciones a la medida de sus intereses para que todo permanezca igual. ¿Qué saben estos honorables lo que Chile desea o necesita? ¿acaso alguna vez han pernoctado en casa de una población asolada por las balaceras de narcotraficantes? ¿saben cuánto cuesta un kilo de limones en la feria? ¿saben lo que es viajar aglomerados en el metro de Santiago a las siete de la mañana o seis de la tarde?

Pues bien, ahora aparecen estos caballeros y señoras amarillos que tratan de conferirle sin miedo a este mote colorístico un barniz de sensatez y de moderación ante lo que parece ser, solamente ante sus ojos y nada más que ante sus miradas, un peligro real ante la inclinación extremista o maximalista (el nuevo mantra político de hoy) que la Convención Constituyente estaría tomando en la discusión de sus propuestas y normas que luego pasarán a ser parte de la nueva Carta Magna cuya elaboración les ha sido encomendada.

Veamos, ¿quiénes son estos señores y señoras amarillos que tan preocupados están del futuro del país? Básicamente personeros del ala más derechista y reaccionaria de la DC, fuertemente vinculados a empresas financieras y bancarias del gran capital que ven con horror la probable pérdida de su hegemonía económica ante la discusión que se está dando al interior de la asamblea. O dicho en buen chileno, mamomes de la DC que quedaron desplazados por los cambios que se han producido en la sociedad chilena en el último lustro y que desean volver a fojas cero y restaurar el orden, políticamente imposible de efectuar, del status quo que hubo en la antigua época de la Concertación. Lagartos y dinosaurios que se niegan a morir y a asumir que su etapa política ya caducó y que tratan desesperadamente de recuperar parte de lo perdido para no quedar obligados a vivir de los réditos del pasado. Entre ellos el señor Walker, un ex parlamentario que escupía fuego cada vez que mencionaba a Cuba y Venezuela pero que jamás opinó con el mismo énfasis, o imparcialidad, de los crímenes y genocidios que el estado de Israel perpetra contra el pueblo palestino, de igual modo que calló cada vez que Donald Trump en su desvarío político, cometió acciones lesivas para el derecho internacional. Y calló también ante los excesos criminales que Jair Bolsonaro viene perpetrando ante su pueblo o ante la deforestación amazónica permitida por el mandatario brasileño.

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Walker y sus correligionarios de la DC sacan la voz cada vez que se trata de un gobierno de izquierda, que errado o no, tiene derecho a defenderse de la agresión internacional, pero se callan en siete idiomas cuando los excesos los cometen otros, como si las violaciones a los derechos humanos fueran cometidas sólo por la izquierda mundial. Y ahora Walker y su cohorte de frailes neoliberales están tratando de convencernos de su altruismo y de poner una barrera ante una labor que ellos mismos desconocen y llaman abiertamente a la sedición cuando hablan de plan B y paridas así. ¡Vaya, qué democrático resulta todo cuando eres tú el que pone las reglas y establece qué es lo verdaderamente democrático cuando se trata de defender tus intereses o de ganar poder para sojuzgar a la población! Así cualquiera es demócrata.

Pero ¿cómo quieren que la Convención Constituyente haga su trabajo si todos los días la boicotean, la atacan y la desacreditan con una saña que linda con la hidrofobia?

Ahora hablan de maximalismo. Linda palabra. Pero esos amarillos ¿no fueron maximalistas cuando eran parlamentarios y les tocó tratar temas como el aborto, el divorcio, el matrimonio igualitario o el cuidado ambientalista de las leyes pesqueras? ¿Dónde estuvo el diálogo entonces? Fueron maximalistas y negaron de plano toda deliberación posible ante lo que consideraban desviaciones sociales o económicas manteniendo un sistema binominal nocivo pero útil a sus intereses que tardó años en ser desmontado. ¿No fue maximalista y antidemocrático el senador Zaldívar cuando dijo que en la cocina política no cabían todos? ¿o cuando se alienaron al lado de la derecha para vetar proyectos de ley del segundo gobierno de la presidenta Bachelet del cual formaban parte? Entonces, ¿con qué calidad moral ahora rasgan vestiduras y alzan los brazos al cielo ante lo que consideran extremismo?

Incluso los socialistas renovados que aparecen firmando la carta no son un dechado de virtud política, como el caso del ex senador Rossi. Y lo mismo puede decirse del ex rector de la Universidad de Chile, Luis Riveros, cuyo gatopardismo penó en su nefasta gestión como rector del principal plantel educacional del país.

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Si el tiro de la DC reaccionaria es recuperar parcelas de poder, díganlo abiertamente pero no se escondan detrás de una sucia y artera maniobra publicitaria para lanzar puentes con la derecha pinochetista para contener el avance una sensibilidad popular que hoy por hoy es incontenible. Porque en el fondo los que vociferan ahora son puros políticos que están desplazados y que defendieron a ultranza el modelo neoliberal, los Walker, Rossi, Harboe… en Chile decir “Amarillo” es decir traidor, entreguista y eso es lo que son estos señores, que en busca de su propio privilegio usan artilugios seudodemocráticos para traicionar las necesidades acuciantes de este pueblo.

Y acerca del vocero de la agrupación, Cristián Warnken, sólo se puede decir que si alguna vez tuvo credibilidad como intelectual, su capital cultural ha quedado totalmente desacreditado al plegarse al coro de alarmistas. Pero Warnken es lo que es: un enamorado del poder y del dinero que siempre ha estado al lado de la elite dominante. En el pasado jamás se le vio en alguna manifestación de escritores contra la dictadura, jamás firmó una declaración a favor de las libertades de expresión y edición, y toda su labor de esos años fue su devaneo esnob de publicaciones subterráneas intrascendentes o el escapismo parnasiano de su periódico Noreste. Hombre de refinada cultura y clara inteligencia, optó simplemente por la escalada de posiciones de poder y de figuración, desde sus comienzos universitarios en el MAPU Garretón, su breve flirteo con el partido Humanista hasta llegar al alero de El Mercurio, en un zigzagueo que demuestra que lo suyo es el poder, no la democratización de la cultura.

Llama la atención que autodefiniéndose como un moderado de centro izquierda, todas sus diatribas sean contra la izquierda, como una suerte de Vargas Llosa en miniatura. Toda su razón de ser como columnista es atacar a la izquierda, jamás se le ha leído opinión alguna contra las acciones de los sectores oligarcas que representa El Mercurio, como tampoco ha sacado la voz ante la lenidad de gestión de los ministerios de cultura bajo los gobiernos de Piñera.

Jamás ha publicado una crítica donde se ensañe con la derecha con la misma virulencia y clasismo con que lo hace ante la izquierda, habiendo tanto material para ello. Se trata al fin, de un anticomunista profesional, hábil con las palabras y elegante en su discurso, pero profundamente asociado a lo peor del conservadurismo fáctico y cultural de la derecha local. Bueno, a fin de cuentas, todos los intelectuales, escritores y críticos que publican sus opiniones en El Mercurio y en su cadena de tabloides son servidores de dos patrones: la derecha comunicacional y la empresaria.

Como es el caso de Cristián Warnken, un personero ególatra cuyo peor castigo histórico será ser recordado como un cuico erudito que sirvió los intereses de su clase. Este intelectual no es un amarillo ni un tránsfuga, nunca fue de izquierda y será olvidado con el tiempo. Porque sus libros no tuvieron la misma figuración momentánea que sus columnas y sus entrevistas televisivas. La televisión y las columnas de opinión se desvanecen, los libros permanecen. Y ese no es su caso. Por tanto, que asuma la vocería de este grupo de amarillos da lo mismo. Y se equivoca desde su postura de apóstol iluminado dueño de la verdad, al llamar a los convencionales de izquierda a no tener miedo de votar y que los asocien a la derecha para detener el avance de los cucos rojos, dando por sentado que los convencionales no tienen discernimiento ni convicciones para votar en conciencia y que es necesario apoyar a la derecha para que salga, pobrecita ella, de su aislamiento. Y con toda desfachatez habla de fallas técnicas en propuestas sobre materias de las que no tiene idea. Pero es él y sus amarillos, los que tienen miedo, no los convencionales.

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Y bien, ahora resulta que hay que volver al diálogo con la derecha, como si sus desamparados convencionales fueran víctimas de un complot totalitario y estuvieran arrinconados en sus ratoneras a punto de ser guillotinados… ¿pero de qué están hablando? ¿cuándo la derecha ha sido dialogante? ¿lo ha sido el gobierno de Piñera en el conflicto en la Araucanía? ¿lo fue ante la crisis migratoria en el norte? ¿ha mostrado signos de discutir la liberación de los presos políticos del estallido? Marcela Cubillos votó por el Rechazo ¿se trata de una persona dialogante? ¿lo es Teresa Marinovic? Y ahora los muestran como pobres aves tiritando ante el degüello de oponentes desalmados.

La derecha en Chile siempre se ha limpiado el culo con las constituciones y la institucionalidad cada vez que le ha convenido. Lo hicieron con Balmaceda, lo hicieron con González Videla, con Ibañez, lo hicieron con Allende y lo harán cada vez que la circunstancia se les ponga en contra. Siempre se le exige a la izquierda que haga el gesto y ponga el esfínter, pero la derecha ¿qué ha hecho por mejorar las cosas? se trata de un sector de la sociedad chilena que posee el poder que ejerce para dominar a las grandes masas de chilenos y chilenas ignorantes o embrutecidos por la televisión. Lleva el pinochetismo fascista en su esencia, en su cualidad ontológica de ente social. Y eso quedó demostrado en la última elección. No ha habido ningún personero o intelectual de derecha que se pregunte en público qué fue lo que hicieron mal para llegar a esa minoría de ghetto de la que no quieren salir. ¿En qué se equivocaron? ¿por qué despiertan tanto rechazo en la gente? El día que un político de derecha se haga estas preguntas con honestidad y la inteligencia suficiente para tender puentes con el adversario entonces podremos hablar de una derecha en vías de adquirir ciudadanía democrática. La derecha chilena está más cerca de Bolsonaro que de Ángela Merkel, ésa es la verdad. Y el gobierno saliente de Piñera es la comprobación sufriente e histórica de que la derecha local no sabe gobernar.

Ahora bien, ¿cómo no refundar instituciones que se han vuelto contra su propio pueblo? ¿no es urgente depurar y refundar nuestras Fuerzas Armadas y Carabineros, ante la bajeza y pestilencia que están arrojando sus casos de corrupción? ¿no hay que reorganizar un poder judicial que castiga a inocentes y libera criminales, narcos y violadores? ¿No hay que reformar un sistema de justicia que premia a los empresarios corruptos con clases de ética pero que seca en la cárcel a pobres que ejercen comercio ambulante? ¿no es un deber nacionalizar de nuevo el cobre, y hacer lo mismo con el litio y todas nuestras riquezas naturales y marítimas que por derecho propio nos pertenecen a todos pero que son monopolizadas para lucrar con ellas por unas pocas familias y empresas trasnacionales? ¿qué tiene eso de maximalista o de insano o de insensato? Esa obsesión de los Peña, de los Mosciatti, de cada asalariado anti-izquierda de los medios chilenos por destruir lo que está naciendo y que responde a una realidad diversa, plurinacional y pluricultural que ellos, desde sus casitas del barrio alto, que no comprenden ni conocen simplemente responde a la gran cuestión que está en juego en el debate constituyente: la lucha de hegemonía de una clase dominante sobre otra dominada.

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Y esto es un tema económico que engloba lo valórico, lo cultural y la articulación social de nuestra sociedad.

La derecha defiende sus intereses de clase y por eso apela a la facticidad de sus medios de comunicación y de la represión armada y policial cuando es necesario.

La futura Constitución no debe establecer la hegemonía económica, ni judicial, ni comunicacional ni educacional de la clase empresarial y financiera por sobre la mayoría absoluta y dominada del pueblo chileno, y eso es lo que hay que triturar legal y democráticamente: la posibilidad de que la derecha destruya el orden constitucional cada vez que retroceda en su dominación económica. Por esa gran razón histórica, que es moral y también existencial, es que la correlación de fuerzas de la Convención Constituyente está planteada de la forma que es. Ahí está el Chile real, el diverso, el regional, el femenino, el ambientalista, el originario y mucho más. No el Chile inmóvil y desigual que la Concertación nos vendió como paraíso y que fue un infierno que terminó por estallar. Y es el Chile eufórico y esperanzado que le brindará la banda presidencial a Gabriel Boric dentro de pocas semanas.

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La Constitución que se votará en el plebiscito de salida no dejará satisfecho, por las demarcaciones lógicas del debate que se está dando dentro de la Convención, a la totalidad del pueblo chileno, pero sí reunirá a la inmensa mayoría de la población. A la derecha le cabe salir del ghetto de Vitacura, Las Condes y Lo Barnechea si quiere ser parte del futuro. Nadie los desaparecerá, ni torturará ni exiliará. Nuestra gran revancha será vencerlos sin disparar una bala ahí donde ellos siempre tuvieron la sartén por el mango. Eso garantizará estabilidad y paz. El fascismo chileno ya no tiene poder sobre el inconsciente colectivo nacional que ha comenzado por fin a emanciparse de la prisión mental y fáctica con que ellos nos oprimieron durante décadas.

¡Adelante, Convencionales de Chile! Parafraseando a ese gran antifascista que fue Julius Fucick, que la tristeza ni la pobreza ni la injusticia ni la impotencia vayan jamás asociadas a nuestro nombre. Hagan su trabajo con convicción. No cedamos, no permitamos que el pánico paroxístico de quienes nos esclavizaron y sometieron durante siglos se imponga a nuestra soberana y superior razón para ser felices…

                                                                      

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Opinión

Moulian y el gatopardismo: Constitución y portalianismo ludópata

En septiembre es fundamental el triunfo del apruebismo para ganar una política intersticial que nos puede reportar un Estado social de derechos -expansión de capital- y, a la sazón,  superar histórica y simbólicamente la maquinaria guzmaniana y el oligopolio reaccionario del rechazo -Amarillos mediantes-. Pero hay que advertirlo. De un lado, el caso chileno puede alcanzar la exuberancia de una Constitución de vanguardias en materias de derechos sociales y, de otro, podemos consagrar una retaguardia ante una inminente preservación oligárquica. 

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Los hitos fundantes de un tiempo diagramado desde el pinochetismo secularizado fueron revelados mediante un texto epocal, Chile Actual, anatomía de un mito, donde Tomas Móulian (1997) recusó el colofón gatopardista que se expresó en el escándalo La Polar (2011). El expediente del ensayo abjuró del afán disciplinario-positivista y aún nos provee de nuevas “posibilidades hermenéuticas” ante los inciertos alcances de un indispensable Estado social de derecho (“proliferación de antagonismos”) en plena reconfiguración del armatoste neoliberal. Más allá de su solvencia analítica, Móulian impugnaba políticamente las “economías del conocimiento” (epistemicidio) y los “objetos psiquiátricos” de la biblioteca de la transición (memorias silenciadas, subjetividades crediticias, ciudadanías pendientes, consumos adúlteros, realismos sesgados, consensos elitarios, crecimientos sin desarrollo) y se hizo parte de una escena escritural caracterizada por cultivar una hermenéutica antagónica y por extenuar el ejercicio crítico-ontológico.

Moulian denunciaba una sociedad hiper mercantilizada que aún se mantiene en vilo -sino intensificada- cultivando el expediente comunicativo-representacional hacia el sentido común.  Como lo ha sostenido Nelly Richard, “Moulian desocultó la violencia del pacto transicional (chileno), sus blanqueadores y travestismos, sus blanqueadores mecanismos de olvido…que ejecutó la despiadada conversión de los ciudadanos en consumidores” (Palinodia, 2013).

Bajo esta atmósfera cultural que abrazó el “boom” de las famosas cartas públicas de mediados de los años 90’ (Jocelyn-Holt, Armando Uribe, Marco Antonio de la Parra) nos “afiliamos” de distintas maneras con algunas reflexiones emblemáticas del inventario post-autoritario.Aludimos a intervenciones ubicadas en el género ensayístico de la crítica cultural, como el caso de Residuos y Metáforas: ensayos sobre crítica cultural, de Nelly Richard (1998), e inclusive -en sus antípodas- la oficialidad “pos-transitológica” (de vocación corporativista-gestional), nos referimos a La Caja de Pandora. El retorno de la transición chilena (Joignant et al, 1999) como pieza del rectorado positivista que auspiciaba y aún suscribe los “pactos modernizantes” del institucionalismo y la transición pactada hasta agotar el cumulo epistémico de la sociología crítica. Cabe admitir las inconmensurables diferencias discursivas y la heterogeneidad de “posicionamientos políticos” entre escritores del realismo y “escrituras discrepantes”. Tales contrastes constituían referencias obligadas dentro de una comunidad intelectual que, mediante plieges de la catarsis, los bordes o la colonización sociologicista (empleados cognitivos del mainstream)fueron capaces de re-interpretar su destierro institucional o reinscripción estatal en la transición chilena, proceso de un innegable costo autobiográfico- bajo la intensificación neoliberal de casi dos decenios (1990-2011).

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En el telón de fondo, el expediente postransicional operaba en el marco de una restauración de la “crítica disciplinada” contra el predominante “autoritarismo hacendal” que padeció la sociedad chilena y que se traducía en “recusar” la particular connivencia entre un régimen de focalizaciones, consumidores activos y sectorialización del conflicto (2011) al interior del corpus institucional del pinochetismo. Los puntos de inflexión transitaban en torno a la des-estatización del cuerpo social, la expansión crediticia, el vaciamiento de la comunicacional estatal, la contención ante un posible retorno a un modelo político tríadico (Tironi y Aguero, 1991). El déficit de legitimidad de la emergente institucionalidad democrática y los procesos de individuación bajo una apabullante penetración del acceso como nueva matriz cultural aún asedian nuestro presentismo con igual o mayor intensidad que los años del Chile Actual, hasta hacer del mercado el límite de nuestra imaginación política qua axioma de un nuevo caudal de antagonismos mediante la Constitución en desarrollo.

Bajo este “estado del arte” tuvo lugar una cabalística controversia política sobre el “paradero” final de la postransición. Se trataba de una triangulación de evidentes ribetes académicos entre recovecos del transformismo y su vocación de márgenes (1997), enclaves autoritarios y demócratas insatisfechos (Garretón, 1995) y un análisis de inusitado vanguardismo tecnológico que nos daba el Bienvenidos a la modernidad (Brunner, 1995) en clave de tercera vía. Dentro de los antagonismos que cada tanto reverberan en el paisaje político, también tuvo lugar la “abortada” discusión –entre autocomplacientes y autoflagelantes- que a fines de la década de los 90’ prefiguraba dos modos “activos” de nuestra elite política para enfrentar el diseño transicional y sus estrategias de modernización.

En el campo de los consensos normativos de la sociología y la ciencia política –la famosa “literatura panoptical del malaise”, cuyos adjetivos buscaban retratar de una manera amplia y fecunda este proceso, transición incompleta, pactada o tutelada– demostraban institucionalmente -elitariamente- la difícil consolidación del régimen democrático en connivencia con las economías del conocimiento -capitalismo académico- en el campo de las ciencias sociales.

Lamentablemente, tal desasosiego y el cúmulo de dudas ambientales que, en la época se dejaron “sentir” contra la ascendente “tecnología de la focalización”, no han terminado de blindar nuestro “imaginario hacendal” mediante un conjunto de focalizaciones que prescriben un nuevo diagrama entre Estado, movimientos sociales, feminismos, disidencias y “programas de ciudadanía” bajo una nueva axiomática neoliberal en sedimentación (2022). Es evidente que ello ha consagrado la soberanía del capital y el consumo socio-simbólico que devino un campo galvanizado por la figura del emprendedor (el “héroe de la informalidad”), codificado por el lenguaje del “sociologicismo”.

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En el Chile postransicional, el edificio de la modernización se expresó inequívocamente como “prolongación” de la modernización autoritaria impuesta bajo el desprecio fiscal a mediados de la década de los 70’ y, posteriormente, como expansión de una hiper mercantilización que devastó el campo social.  A comienzos de la década de los 90’ -masificación populista de bienes y servicios- ya estaba consumada la prevalente focalización de lo público (angélico), la neutralización de la demanda popular, la pacificación de los litigios por la vía de los formatos hipermediáticos, y un sistema de transferencias asistenciales, se tradujeron en prefigurar una subjetividad “clientelística” que terminó por auscultar una tumulto de antagonismos mediante un activo programa crediticio.

Más allá de las transformaciones de facto que suelen explicar todo el ideario de la modernización oligarquizante (1990-2011), (legitimidad hegemónica), ello no sólo operaba por la vía del mentado shock anti-estatal, sino merced a una focalización de la subjetividad crediticia –“verdadera episteme de la transición epocal”- diseñada mediante un mecanismo de sectorializacióguettizaciónexpuesto n que “presuponía” una nueva base de estratificación socio-cultural.

Bajo esta perspectiva no es casual identificar la agresiva colonización de nociones gestionales que hasta nuestros días han galvanizado nuestro alicaído foro público, pese al vértigo de las demandas populares y el anunciado nuevo ciclo. Ergo, significantes hegemónicos del mainstream, como eficiencia, orden, seguridad, consenso, gobernabilidad y paz social han develado sus relaciones de solidaridad y actualmente heredan el colonianismo de un sentido común neo-conservador (de especial penetración en un particular segmento medio-aspiracional de difícil definición normativa) cuya expresión factual más evidente tuvo lugar en las elecciones presidenciales de 2010 y 2017.

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Lo anterior nos obliga a comentar –sumariamente- otros hitos que guardan una relación colateral, pero no menos importante con estas materias. La mentada renovación socialista –proceso que alcanzó sus notas de nobleza a comienzos de la década de los 80’- hipotecó sus esfuerzos bajo la relación entre democracia y socialismo, subestimando las implicancias segregadoras de la episteme gerencial. Ello hizo más opaco el devenir de las izquierdas, por cuanto la fuerte influencia que ejerció en los sectores de izquierda el dispositivo del consenso -Portalianismo, al decir de Karmy Bolton- terminó capitulando ante la aceleración de los mercados (capitalismo tardío) y sus plataformas. Por ello no es casual que cuando revisitamos una obra de titulo extenso, nos referimos a La conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado, Norbert Lechner (1984) le replicaba a Moulian la necesidad de “aprender a respetar los procedimientos” como única formar de contrarrestar la incomensurabilidad de los disensos constitutivos de la acción política (homogénea). He aquí la sala de parto de una política de acuerdos. A través de estos razonamientos y mediante singulares intersticios se abría paso la idea del consenso como el dispositivo que después abrazaron las elites.   

Bajo este atribulado estado de la cuestión, la llamada “biblioteca de la post-transición” se ubicaba en un imaginario incomodo, pero todavía optimista en materia de indicadores, por cuanto admitía las dificultades de la democratización bajo una concepción teleológica de los tiempos políticos (Dictadura-transición-consolidación democrática). Ello establece una diferencia fundamental con la actual tecnificación de las ciencias sociales cuya “melancolía” se explica por una “mimesis” con el discurso de la modernización como nueva filosofía de la historia del capital. Pese a la desmasificación de la demanda desplegada el 2019, a la multiplicidad y potencia de cuerpos, territorios y nuevas subjetividades políticas, aún reverbera y se agudiza la monserga “tecnicista” (2022) promovida desde un hegemónico establishment de tecnnopols de impronta filo-progresista (PS) que dicen cultivar un programa transformador, al tiempo que invocan la soberanía de la técnica, despolitizando el campo de la revuelta.

Los intelectuales del orden crítico se han sumado a tal empresa con un tono moralizante ante los desbordes (pulsiones) de una revuelta juvenil (Peña, 2020). En suma, asistimos a una connivencia entre la innegable intensidad de la protesta social (2006, 2011 y esencialmente 2019) y un renovado librecambismo de la oligarquía tecnócratica en el marco del constitucionalismo latinoamericano que, pese a su vocación de poder, porta las esquirlas de la revuelta (2019), a modo de un duopolio enlutado que debe transitar a una versión activa del Estado subsidiario para salvaguardar el bronce de la modernización.

Durante el tiempo postransicional que “aún” nos asedia –“transición epocal”- se puede advertir un “tráfico conceptual y metodológico” entre actores políticos y las maquinas reflexivas de la transición que se encargan de reprogramar los “sintagmas del orden” cediendo a la legitimidad gestional. Frente a la mordaz crítica de Moulian la clase política invertía en reflexiones, de corte confesional, por donde circulaban opúsculos del mundo socialista. En aquel tiempo, el presidente del Partido Socialista se amparaba en una ética de la responsabilidad para justificar el proceso político y nos decía que se trataba de Una transición de dos caras (1999), en una abierta replica a Móulian. Hoy el socialismo, en su variante de neoliberalismo corregido, se entronca y puede pervivir con la tesis de la subsidiariedad ordo-liberal, activa y re-legitimadora de los Think Tank de la derecha ordoliberal (subsidiariedad activa en el caso del IES).

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Pese a que hemos transitado del malestar institucional –dictum de las conductas- a una nueva trama de antagonismos y demandas populares, de innegables efectos en la elaboración de una nueva Constitución, el panorama no es sustancialmente distinto en términos del dogma modernizante. No es fácil auscultar los actuales formatos de visualización, demandas de la penetración iconográfica, los enjambres digitales, y las nuevas pulsiones simbólicas que han contribuido en transformar los procesos perceptivos y en exorcizar el tiempo histórico. El nuevo sensorium de las redes ha dado lugar a una mutación antropológica que bien puede ser consignada bajo un estado patógeno de la subjetividad, que también en otros casos ha sido retratado como un hedonismo estetizante.

Actualmente enfrentamos, a un tipo de “inducción oligarquizante” (vocación del PS) que consagra la episteme gestional para un nuevo campo de demandas –y sus tradiciones cognitivas- que confía desenfadadamente en los indicadores de eficiencia (caso del quinto retiro)propios de una nueva gubernamanetalidad neoliberal (oligarquía ordo liberal), so pena del crucial plebiscito de salida que está en curso (2022) y que ha fisurado la tradición de los halcones de chicago. La prevalente hegemonía managerial tiende a perpetuar la naturaleza omnímoda de los dispositivos securitarios para comprender el programa cultural que prima bajo las actuales formas diversificadas de “sociabilidad”.

Hace más de dos décadas el PNUD acuñaba una terminología algo irónica, el consumidor ontológico, haciendo mención al existencialismo identitario cuya cosificación discurre mediante el fetichismo de las mercancías. Ello, inclusive, trasciende la idea de una experiencia cultural y podría operar como dispositivo de la bío-dominación, cuestión que ha resultado mucho más dramática que la premeditada des-politización de un régimen de facto que buscaba erradicar la “politicidad” mediante el desmantelamiento del imaginario angélico de lo público. Nuestra tesis aquí se relaciona con la ausencia de actores populares que fueron lanzados al reciclaje modernizador en postdictadura, socavando las posibilidades de un proyecto hegemónico, desplegando una dispersión de beligerancias erotizadas tras la revuelta (2019). Ello se expresó en los antagonismos inorgánicos de la revuelta y su vocación destituyente develó la imposibilidad de un sujeto político (2019), o bien, la vertebración peticionista.

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De otro modo, ello nos obliga a replantearnos algunas convenciones de la izquierda mangerial que tiende a naturalizar la pragma-portaliana que abraza las diversas desregulaciones impuestas por un régimen de facto que no sabemos si en el “plebiscito de salida” en septiembre próximo, y lo lugar a una esotérica hibridación  Estado social de derecho y una nueva axiomática neoliberal.  Todo indica que las elites están obligadas a rimar y ritmar el pesimismo que ha enfangado a una multitud empoderada, colérica, inorgánica y librada a las autopistas del deseo.

El Apruebo es la única micropolítica (lo intersticial) frente al descompuesto diseño neoliberal Concertacionista, pero sin subestimar la presencia de la maquinaria Socialista en la nueva axiomática neoliberal. El apruebo, al igual que el NO (1988), ha sido aprobado por el Washington (pos-Trump) e implica lidiar con el “ensayismo oligárquico” y no solo por mantener la institucionalidad política del cono Sur. Tío Sam, en la figura de Biden, apoya  la geopolítica regional que garantice el flujo de capital, abrazando una izquierda NO bolivariana -Wall Street mediante- neutralizando el poderío Chino como clivaje político, y no así como aliado comercial. Hay ligero simil con el caso de Petro en Colombia. En cambio, el rechazo es una regresión absoluta -ignota y cavernícola- que implica negar de facto el golpe de desigualdad de la revuelta (2019) y nos empantana en la topografía guzmaniana. No da lo mismo, no es posible tal anarquía.

Ego, ya lo sabemos. En septiembre es fundamental el triunfo del apruebismo para ganar una política intersticial que nos puede reportar un Estado social de derechos -expansión de capital- y, a la sazón,  superar histórica y simbólicamente la maquinaria guzmaniana y el oligopolio reaccionario del rechazo -Amarillos mediantes-. Pero hay que advertirlo. De un lado, el caso chileno puede alcanzar la exuberancia de una Constitución de vanguardias en materias de derechos sociales y, de otro, podemos consagrar una retaguardia ante una inminente preservación oligárquica. 

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Septiembre podría ser el mes de un Portales ludópata abriendo el espacio de un gatopardismo intensificado que, en otros tiempos, Tomás Móulian supo leer épocalmente.

Con todo, decir rechazo es nombrar el abismo infinito. 

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Opinión

 El estallido del 20%

Este estallido se despliega día a día, enciende pasiones, acumula cuerpos, planifica acciones que se diseminan, mediante un vértigo envolvente, a través de sus sedes: los medios de comunicación, manejados mediante el poder que les otorga la impactante concentración económica del “empresariado-revista Forbes”. Este “estallido neoliberal” muestra y demuestra cómo la política de los acuerdos establecidas por las elites, a partir de 1990, nunca ha cesado.

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Se ha desatado un “estallido” discursivo en la derecha. Una derecha asociada a una parte del progresismo neoliberal. Se trata de un estallido ruidoso, empeñado en denigrar el proceso democrático que eligió, mediante votación popular, a sus representantes para redactar una nueva Constitución.  La derecha, no alcanzó el poder al que aspiraban, pues ellos querían y quieren una Constitución que mantenga en su centro la dominación cultural y económica de las últimas décadas.

Este estallido se despliega día a día, enciende pasiones, acumula cuerpos, planifica acciones que se diseminan, mediante un vértigo envolvente, a través de sus sedes: los medios de comunicación, manejados mediante el poder que les otorga la impactante concentración económica del “empresariado-revista Forbes”. Este “estallido neoliberal” muestra y demuestra cómo la política de los acuerdos establecidas por las elites, a partir de 1990, nunca ha cesado. En los primeros años de la transición fue necesario acordar, pero luego estos acuerdos se volcaron de manera cada vez más favorables hacia las elites económicas hasta naturalizarse, transformarse en costumbre y después en verdad. Así una parte de la elite progresista neoliberalizada, hoy está completamente cautiva en esas prácticas que a lo largo de “30 años” permitieron una desigualdad social sin precedentes.

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Resulta ineludible que el arco de la derecha ha experimentado transformaciones. Las derechas conformadas por UDI, RN, Evopoli, se han fusionado, lo hicieron cuando se plegaron en las recientes elecciones al candidato Kast, ultra reaccionario, autoritario y elitista y desde luego apegado a la figura de Augusto Pinochet.

La derecha carece de liderazgos. No existen en su interior figuras que sean capaces de aglutinar y es esa debilidad la que provoca que el actual estallido del 20% no tenga más horizonte que el rechazo, al que ya se ha plegado parte del progresismo neoliberal, mientras otra cepa de estas elites progresistas acuña una posición inestable, ambigua, bajo el lema: “aprobar para reformar”.

En esta atmósfera existen situaciones curiosas o abiertamente raras.

Desde mi perspectiva, la comisión respectiva de la Convención, debió considerar la presencia de los ex Presidentes al acto de entrega del libro, como parte de su protocolo, pero aun en medio de esa descortesía, sucedió un hecho curioso cuando el ex Presidente Ricardo Lagos envió una carta excusándose de asistir horas ANTES de que los convencionales revirtieran la decisión de no invitarlo, es decir, mandó una (larga) carta de excusa cuando NO estaba invitado a la ceremonia.

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Y como no referirse al senador Felipe Kast. Este senador tiene una cierta obsesión con las mujeres y sus cuerpos. El año 2017, justo el 8 de marzo, él cursó una (legítima) pulsión travesti y apareció como “mujer” en un video. Fue un gesto importante proveniente de un habitante de la derecha política que avalaba (como lo asegura el sicoanálisis) desde el despliegue de su deseo, disidencias y transformismos. Ese día, realizó a partir de su condición de “mujer”, un reclamo correspondiente al feminismo liberal. Ahora, cinco años después, ingresa de nuevo a las mujeres, ahora, en el territorio reproductivo. Lo hace desde otra vuelta de tuerca, más cercano esta vez a la locura, mediante un anuncio a la ciudadanía advirtiendo que el texto Constitucional señala que habrá abortos a los nueve meses de gestación. Pero lo insólito es que no existen abortos de nueve meses de gestación, lo que sí sucede a los nueve meses es el parto. En ese sentido, hay que señalar que el Senador carece de saberes acerca del tiempo reproductivo y su intervención más que un “fake” apunta a una zona conceptual que nunca me atrevería a calificar como tontera, para no ofender, pero sí de una ignorancia asombrosa. Así estamos. Por otra parte, un ex funcionario piñerista aseguró que votaba “rechazo” porque era una Constitución comunista.

Pero, más allá de las anécdotas de las elites y, a pesar de ciertas cupulas neoliberales que habitan el Partido Socialista, su pueblo, el pueblo socialista, hombres y mujeres, los jóvenes e independientes, votarán apruebo. La tarea urgente es despinochetizar el país. Romper el neoliberalismo salvaje impuesto bajo dictadura, hacerlo por los miles de muertos, por los detenidos desaparecidos, por las memorias, por la resistencia ante el desprecio y las condiciones de vida de los habitantes de las periferias.

Y gracias a los pueblos indígenas, la plurinacionalidad nos volverá plurales, seremos, sí, más inteligentes, mucho más interesantes porque vamos a ser portadores de la actualidad del pasado que precisa la construcción del futuro.

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Opinión

El mal discursito de película gringa de Cristián de la Fuente

Las condiciones materiales importan y el acceso a ellas también. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de la libertad y el esfuerzo de manera tan simplona, tan vulgar como lo hace De la Fuente, y sobre todo cuando se cree que todo quien no ha logrado lo que otros sí, se debe, exclusivamente, a querer vivir del otro.

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En un programa que se transmite en televisión y por Youtube que ya no vale la pena ni mencionar, el actor chileno Cristián de la Fuente- en un despliegue de oratoria propio de las películas norteamericanas de las que ha querido protagonizar y no ha podido-dio un discurso en el que hablaba de su vida, de su construcción personal como sujeto, contándonos problemáticas familiares.

De la Fuente puso énfasis en el hecho de haber sido el hijo de la amante de su papá, quien tenía otro matrimonio en el momento en que él nació. Nos contó también que, luego de años de sacrificios, terminó manteniendo a su madre.

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Nadie bien intencionado podría discutir todos estos hechos, lo que tuvo que pasar durante los primeros años de su vida, ni mucho menos lo que hizo para conseguir lo que tiene. Sin embargo, sí podríamos-y deberíamos- hacernos una pregunta esencial respecto a las condiciones sociales y materiales desde las que surgió, lo que, aunque no se considere importante, en una sociedad de las características de la chilena no es algo menospreciable.

Si bien quienes se dicen defensores de las “ideas de la libertad” nos recuerdan el evidente desarrollo social que ha tenido Chile en los últimos 30 años, lo que no parecen entender, aunque claramente lo deben presenciar, son las certezas sociales que unos tienen por sobre otros, no por la calidad de los establecimientos en los que estudiaron- De la Fuente lo hizo en el Grange-, sino porque hay lugares en los que hay más redes, contactos y la cancha desde la que se parte es diferente.

¿Ha logrado el mercado atenuar esas diferencias? Claramente ha hecho que la gente tenga más acceso al consumo, a pagar cosas que antes no podía; pero no ha terminado con la idea del “¿de dónde vienes?”, que cruza toda relación humana y muchas veces está por sobre todo tipo de otra consideración.

¿En qué se equivoca el actor? En que desprecia esos factores que, finalmente, también terminan siendo económicos.

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Aunque puede haber quienes hoy en día gusten usar el victimismo como acción política, creer que la existencia de certezas públicas es algo así como un regalo de los impuestos de unos hacia otros, no es más que negarse a la construcción de una sociedad en que lo público sea revalorizado y en que esas diferencias de nacimiento, que sí existen, no dependan sólo de una competencia interminable en que el mercado termina muchas veces, en nuestro país, funcionando de acuerdo a la proveniencia.

Por esto es que resulta sumamente complejo no entender la idiosincrasia en la que se vive, pasando por ella sólo como un detalle. Aunque éste no es el país de las clases patronales y de las burguesías aristocratizantes que fueron tan marcadas hasta antes de la irrupción del neoliberalismo, que haya quienes gastan altas sumas de dinero para meter a sus hijos en ciertos colegios debido a las redes ya mencionadas más que por su calidad, da cuenta de que la clase está ahí, presente, visible, clara, y que despreciarla cuando se habla del esfuerzo de uno sobre otro, es una deshonestidad intelectual enorme.

Las condiciones materiales importan y el acceso a ellas también. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de la libertad y el esfuerzo de manera tan simplona, tan vulgar como lo hace De la Fuente, y sobre todo cuando se cree que todo quien no ha logrado lo que otros sí, se debe, exclusivamente, a querer vivir del otro. Cualquier análisis medianamente exhaustivo deja en claro que hay varias, demasiadas variables, aparte de las ya mencionadas, que derrumbarían su mal discursito de película gringa.

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