Viernes, Junio 14, 2024

El fin del muro es el fin de todos los muros

La apuesta del decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile de caducar un convenio con la Universidad Hebrea de Jerusalén constituye un hito que puede marcar el principio de otra época histórica en el cual el reino de la fuerza retroceda a favor de la justicia.

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Hace unos días atrás el historiador israelí Ilan Pappé expresó que el proyecto sionista de colonización de la Palestina histórica está colapsando. A pesar del exterminio en curso, pero precisamente a propósito de él, pongamos una imagen que, a mi juicio, condensa el momento por el que atraviesa la época: la irrupción de las milicias palestinas el día 7 de Octubre de 2023 en los territorios ocupados por Israel desde 1967 tuvo un episodio cómico: no las milicias armadas, pero si un palestino sube a un bulldozer y lo maneja hasta quebrar la reja que divide esos territorios de la Franja de Gaza.

El bulldozer siempre ha sido la máquina predilecta de la ocupación israelí. Con ella se han destruido casas palestinas y se ha preparado el terreno para los nuevos asentamientos de colonos israelíes.

Sin embargo, ese día el bulldozer fue usado por las fuerzas palestinas. No para derrumbar casas israelíes, sino para romper el cerco con el que Israel ha asfixiado la vida palestina. El derrumbe de un pequeño cerco hecho de rudo metal condena el colapso del proyecto sionista y las esperanzas del pueblo palestino. “Colapso” en el sentido que tal proyecto hoy solo puede reclamar para sí una política racista y genocida sin matiz; “colapso”, en tanto su máquina ha quedado agotada discursivamente exponiendo así, su propio límite, su final. Cuando el bulldozer palestino rompe el cerco hace visible el fin del proyecto sionista. Un fin que pasa por el quiebre del muro y que muestra que el muro construido ya era el síntoma de dicho fin porque constituía el mecanismo performático erigido para compensar el agotamiento de su proyecto y la completa implosión de su autoridad.

En este registro habría que leer el permanente triunfo de la ultraderecha en el gobierno israelí durante las últimas décadas: su apuesta por intensificar la política de asentamientos ilegales y por terminar de colonizar toda la Palestina histórica completando la nakba iniciada en 1948 no son una excepción al proyecto sionista como ilusoriamente insiste el sionismo progresista, sino justamente su consumación. Y porque la ultraderecha es la consumación es que, a la vez, constituye su agotamiento. Frente a eso, el fin del muro impulsado por bulldozer palestino es la imagen que, en realidad, condensa el fin de todos los muros.

La resistencia palestina abrió una ética en el sentido de poner en juego una experiencia común en la que algo así como un mundo vuelve a ser posible y cuyo nombre pasa por el término “solidaridad”. Porque “solidaridad” es el nombre del erotismo con el que los pueblos se abrazan en el instante de peligro y, en este sentido, el momento destituyente en el que todos los muros que venían a cercenar, compartimentalizar, dividir y asfixiar a la multitud, experimentan su fin.   

Todo lo que se acerque o nombre a Palestina deviene clandestino en cuanto ha de sortear implícitas o explícitas formas de censura puesto que ella porta un sin fin de intereses con los que el sionismo ha comprado a la oligarquía de los diferentes países. Pero no hay día que Palestina no irrumpa en el escenario mundial. Su clandestinidad comienza a poner fin a los muros y a abrazar la experiencia común. Porque hay muros como el que construyó Israel sobre Palestina, otros como el de los Estados Unidos para dividir México y América Latina, otros muros de clase en los que grandes masas de población quedan al margen u otros muros comunicacionales (grandes corporaciones mediáticas) en cuyos discursos no se pueden plantear determinados asuntos sino es al precio de quebrar lo que habitualmente el poder llama “convivencia”, “paz” incluso “democracia”.

La proliferación de muros asfixia, pero, justamente por eso, Palestina se ha vuelto el nombre de la solidaridad que abre la potencia del fin de todos los muros y que dice “podemos” derrumbar los muros. No solamente “debemos” como imperativo moral, ni simplemente “queremos” como arbitrio de una voluntad, sino “podemos” como materialidad de cuerpos que intensifican su potencia en común.

De hecho, cada vez se vuelve más verosímil pronunciar el nombre Palestina y denunciar el crimen del que ha sido objeto por parte del sionismo: alguna protesta inunda las calles de alguna ciudad, estudiantes acampen en las afueras de una Universidad o que, al egresar de sus carreras desplieguen una bandera palestina, un anónimo que pinta un mural sobre Palestina o un desierto y seco muro exprese “Palestina libre”, jugadores en algún podio que suben a él con la bandera o algún kufiyye, stickers pegados de corte tricolor (rojo, negro, blanco) en diversas esquinas o postes de luz abandonados o bien, decididas autoridades universitarias que decidan poner fin a la colaboración académica con un Estado racista y genocida como lo es Israel, hasta algún presidente que decide cortar sus relaciones diplomáticas con la entidad sionista.

En este sentido, asistimos a la guerra de los muros, inédito proceso de destitución del amurallamiento: los muros ya no cumplen su función. Han sido y seguirán siendo transgredidos porque en el fin de un muro –es decir, también el fin del proyecto sionista, en tanto éste es un muro- se condensa el final de todos los muros. A esta luz, la apuesta del decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile de caducar un convenio con la Universidad Hebrea de Jerusalén constituye un hito que puede marcar el principio de otra época histórica en el cual el reino de la fuerza retroceda a favor de la justicia.

Rodrigo Karmy
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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