Lunes, Junio 17, 2024

El deber moral del progresismo de participar de estas elecciones

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Podría comenzar este texto hablando de lo aburrido del nuevo proceso constitucional, de sus falencias democráticas y de lo poco que entusiasma al pueblo. Podría decir que hay un problema serio de representatividad, que todos aquellos que serán consejeros pertenecen a aquella elite inamovible, perpetua, sempiterna.

Si hiciera esto, sin duda me ganaría el aplaudo fácil de mucha gente; cierta izquierda y cierta derecha me aplaudirían y lo más probable es que tomarían estas palabras para fundamentar su voto nulo.

Sin embargo, la democracia es más compleja que los lugares comunes y que los juicios voluntariosos que describen la sociedad como si ésta fuera un acontecimiento nuevo.

Lo que estamos observando hoy es algo bastante natural luego de lo sucedido meses atrás. Después de meses en los que la performance era algo espiritual que permeaba toda acción política, ahora todo es más bien gris, sin tantos colores ni tanta excitación acerca de todo.

Los votantes, a diferencia de años atrás, no quieren votar o lo hacen con menos entusiasmo. No se sienten convocados ni  “motivados” por un proceso que carece de toda la épica que para algunos tuvo el anterior. Lo único que los hace ir a emitir su voto es el miedo a la multa en días en que nadie quiere gastos innecesarios. La democracia volvió a ser un obstáculo en la vida diaria de los ciudadanos.

¿Es malo que la gente no esté tan motivada? ¿Es horrible que el clima sea más bien de hastío que de ilusión sobre un nuevo horizonte?  Puede ser bastante nocivo para  la escritura de un texto que haya quienes quieran votar nulo y por ende sólo un sector tenga en sus manos el poder en ciertos asuntos; esa sería una muy mala decisión de parte de quienes están desilusionados. No obstante, si existe algo de conciencia de lo que podría ser eso, esa desmotivación podría – y debería- mutar a una motivación relativa, crítica, pero participe del proceso electoral. Y eso me parece más inteligente.

¿Por qué? Sencillo: porque entre la falta de ilusión y la ilusión desmedida existe algo de lo cual todo ciudadano debería nutrirse para realizar un juicio sensato. Una cierta calma. Y el ánimo que hoy abunda, que es de descontento pasivo, podría preparar el terreno para ese raciocinio.

Esto lo escribo porque hay cierto progresismo (digo progresismo en vez de izquierda porque es más bien una vertiente identitaria que reinó en el proceso anterior) que parece algo orgulloso de restarse de este nuevo proceso electoral; un sector que se dice traicionado, que siente que todo lo que le parecía cierto, concreto, le ha sido arrebatado. Y esa mirada hará que la derrota sea siempre constante, interminable. Es un deber moral y político lograr que el nuevo texto tenga todas las miradas incluidas. Lo otro son pataletas que no ayudan en nada.

Parapetarse en la idea de que todo esto es un fraude es la mirada más simple, la que alimenta sueños heroicos en los que hay un gran poder malvado que no deja que cumplamos nuestro plan de emancipación eterna. Pero pensar así no es más que el pavimento para seguir décadas y décadas viviendo de la sensación del fracaso como alimento. Y cierta izquierda tiende a enamorarse de esa sensación porque es más cómoda.

Si se quiere tener algo de poder y luego ejercerlo, el raciocino debe ir en dirección opuesta hacia dónde va la romantización del fracaso. Hacer política requiere de entender qué es lo que está en juego, quién es el adversario y cómo éste puede dar su brazo a torcer. Pero para ello, primero hay que tener ganas de meterse en el fango, ver la máquina por dentro y ciertamente se estará más cerca del triunfo, sin olvidar, claro está, que éste siempre será relativo.

Francisco Méndez
Francisco Méndez
Analista Político.

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