El crimen de Francisca Sandoval y el ego de ciertos periodistas

Cierto periodismo hace lo que siempre ha hecho cuando no es capaz de hacer algo más intelectualmente: creer que es algo contra ellos como gremio, por ser Francisca parte de ese oficio, y ver esto como un problema personal y no como algo sistémico.

         

El crimen de la periodista Francisca Sandoval sigue dando que hablar en las redes sociales y en los medios de comunicación. El solo hecho de pensar que una persona, en medio de manifestaciones, mata a otra por estar haciendo su trabajo es espeluznante y eriza los pelos, más aún cuando quien lo hizo no es un adversario identificable por los grandes relatos políticos.

Sí, porque Francisca recibió una bala de parte de alguien que pertenece a algo mucho menos nítido que lo que cualquier consigna pueda señalar como el enemigo. Se dice que es una mafia, gente que se mueve en el comercio ambulante y cuida su territorio de cualquier amenaza externa; es decir, es delincuencia pura, aquella que a veces queremos evitar mencionar muy fuerte para que no nos tilden de discriminadores, racistas, clasistas, como si detectar una crisis social y política, que ha devenido en actos delincuenciales que no tienen ninguna épica, sea algo así como un pecado.

Siempre preferimos caer en eufemismos o desviar la mirada para no ver el principal problema; buscamos incesantemente un plan siniestro que venga desde arriba, desde un poder sin rostro, pero reconocible, que pueda darnos la razón y mostrarnos que no son solamente las personas que trabajan en la calle las que cometen estos crímenes, sino que es una orden siniestra de alguien que busca desestabilizar un gobierno.

Pero no sólo eso: también, con tal de no hablar del tema de fondo, nos refugiamos en cosas tan etéreas como la democracia, la libertad de expresión y de informar, para seguir evitando entrar en la mugre, en el lado obsceno donde reina el trabajo poco regulado, en que cualquier forma de sobrevivir parece legítima debido a que la legitimidad no circula por ninguna parte. Ahí donde todo vale porque nada está permitido en el papel; y donde todo lo que condenamos en la oratoria, está más palpable que en cualquier texto de sociología.

Es complejo entrar en la porquería cuando esta no se puede teorizar. La realidad del sujeto humano y los incentivos materiales que lo llevan a cometer atrocidades parecen ya olvidadas. La humanidad ha sido en este tiempo romantizada o condenada, pero nunca explicada. Se ha evitado entrar en esa grieta entre la virtud y la maldad, que es donde entra el cálculo frío, ese bajo el que murió Francisca.

Para seguir tratando de entender lo que no se quiere explicar, cierto periodismo hace lo que siempre ha hecho cuando no es capaz de hacer algo más intelectualmente: creer que es algo contra ellos como gremio, por ser Francisca parte de ese oficio, y ver esto como un problema personal y no como algo sistémico.

Vimos a Mónica González y otros connotados periodistas hablar de ellos, de sus trayectorias, de sus trabajos, mirando a las cámaras con los ojos llorosos y olvidando que el esencial objetivo del periodismo es fijar la mirada en el otro y no en sí mismo, aunque siempre esa mirada esté empapada de uno (cuestión que el periodista debe tratar de ocultar magistralmente).

Hoy merecemos más que acalorados discursos para quedar bien con nosotros y con los demás. Merecemos una política que, a partir de su comprensión del fenómeno, desarticule lo que está disperso y al mismo tiempo organizado, aquello que escapa cualquier lugar común, a cualquier convicción. Aquello que es consecuencia del liberalismo tardío más allá de su caricaturización.

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