Viernes, Junio 14, 2024

Cuenta pública: La Utopía desahuciada

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Tres horas escuchando el pulso mecánico de una abdicación; la sístole y la diástole de un elástico abandono; honores a golpistas, mercaderes y prófugos: península de la palabra empeñada. En cada letra, mote o frase articulada al tenor de una promesa perdida en un horizonte pasado, ni siquiera porvenir (la verdad de la promesa es también su mentira: “alguien ya miente, él ya perjura, en el momento del juramento y la promesa”, J. Derrida).

El tiempo político es un sudario en el que todos quieren plasmar sus rostros; un sudario promiscuo y parroquial que es, a la vez, un neón apenas visible en el infierno de todas las indeterminaciones y las campañas perdidas.

Y esto lo hace más difícil de entender; porque nuestro presente es el pasado, el mismo que ya fue resuelto cuando Aylwin sacó monumento y Piñera su paso heroico a la posteridad como santo patrono de la democracia, por dar un par de ejemplos. Es el pasado que nos deja sin un ahora político y nada más podemos hacernos de una cierta imagen de este instante –mutante– en la constatación de lo irremediablemente ido, de lo que no se suspendió sino que se evaporó para siempre en el licuado de las torsiones, los homenajes y los rictus republicanos sucedidos uno tras otro y organizando entonces la perfecta arquitectura de la permuta.

Y así lo que queda es el suplemento, el injerto de una prédica alguna vez heredera de la revuelta y que hoy se consume en los térmicos discursos que ya nada pueden ni podrán recuperar.

Porque se fue la “cuática”, al decir de Manuel Canales, es decir la contrapalabra y la sub-versión, y aunque se disparen buenoscriancismos como el juicio a Israel –bien ahí– o la (a esta altura más que imperativa) ley de aborto legal, todo el resto fue aparataje subalterno vertebrándose desde un solo precepto: la tachadura de Octubre, su obliteración y la ausencia de la palabra.

Y aunque estamos claros de que no fuimos capaces de transformar la asolada dignificante de la revuelta en pronóstico y proyecto político más allá del claustro de los particularismos, ahí había una verdad; al menos una que podría haber indicado la solana antes que la umbría, y que lejos de este tiempo sin proceso, sin cardinalidad y de esta perplejidad que asola glacialmente el ethos de un país desahuciado de utopías, podría haber sido pulsión dignificante y querella sin intermitencia.

Así nos llega Ernst Bloch con su pensamiento que es un latigazo, apuntando que “Las fuerzas visibles son mucho menos temidas que las invisibles. Desde que han desaparecido los fantasmas” ¿Desapareció el fantasma de Octubre? ¿es Octubre un fantasma? Diría que sí. Y por lo mismo es que asedia desde su orilla espectral dejándose entrever, apareciendo y desapareciendo en toda la fraseología institucional que oscila entre la necesidad del rito y la negación de lo invisible, justo, porque como lo escribe Bloch, lo que no se ve es más peligroso para el protocolo burocrático que soporta la continuidad del modelo.

Entonces silencio: Octubre no fue, pasó, era; y cualquier combustión social o cultural que tienda a encenderlo debe ser cancelada por desacato a la norma instituyente. Así el tiempo mutante se revela sin infantería para avanzar contra el hábito neoliberal y la prédica securitaria. Lo que queda es solo un fuego ventrílocuo que habla por todos y que sobrevuela las fosilizadas convicciones.

¿La deuda histórica con los profesores? Otro silencio ¿y los derechos humanos violados durante el estallido y la búsqueda implacable de justicia que se prometió? Silencio. Entonces Fabiola Campillai se descarta asumiendo los costos pero reivindicando su ética imperturbable. ¿Y la condonación del CAE? Para qué abrir flancos y exponerse gratuitamente.

A dos años del fin de este gobierno esta cuenta pública no fue la estrategia de salvataje para explicar el porqué de tanto contorsionismo y retobe en los principios. Fue la última –o penúltima– inspiración y exhalación de una generación que no dejó nada, que no cambió nada y que solo sobrevivirá gracias al auxilio expectante de la otra generación, la vapuleada y maltratada por ellos mismos, una que, estoy seguro, nos los salvará del naufragio sin cobrar.

Javier Agüero Águila
Javier Agüero Águila
Doctor en Filosofía. Académico Universidad Católica del Maule.

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