Lunes, Junio 17, 2024

Amar a octubre; amar el espectro

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En Espectros de Marx Jacques Derrida desarrolla in extenso la figura, precisamente, de los espectros y los fantasmas (no hace la diferencia entre uno y otro); desde aquí, se piensa, que si bordeamos esta filosofía de lo fantasmagórico, podríamos asumir y desplegar una lectura en relación al octubrismo, a su resto, a su a su suplemento, y reconocer en sus ecos descalcificados la posibilidad para una extensión del imaginario de la revuelta en su reaparecer, como la voz siempre viva de “lo que queda”: “aprender a vivir con los fantasmas, en la conversación, en la compañía o en el compañerismo, en el comercio sin comercio de los fantasmas. A vivir de otra manera. No mejor, más justamente. Pero con ellos” (Derrida, Espectros de Marx)

El espectro es, justo, lo que queda del muerto, su resto-injerto en el mundo o su “prótesis de origen” (Derrida, El monolingüismo del otro). Y sin querer hacer de éste un texto perfilado por conceptos difíciles de absorber de buenas a primeras, sería imperativo decir que lo que hoy vivimos es, en efecto, el resto de octubre; aquello que abandona su origen y su fuerza fundamental para resignificar como el palimpsesto de algo que fue inscrito en la historia pero que, ahora y en este justo momento en el que la restauración y restitución conservadora alcanza su musculatura mayor, se disemina –sin proyecto y sin vertebración– como una suerte de éter; algo, un cierto aire que, sin abandonar su fuerza reivindicativa y el aliento telúrico que implicó el desplazamiento de placas en el subterráneo de la sociedad chilena, deberíamos entenderlo de esta forma para hacer reemerger, si esto es posible, una recuperación del muerto en su “condición” espectral y ver qué es lo que desde esa zona bizarra, sin espacio ni tiempo definidos, nos pretende decir.

Porque el espectro quiere hablar, dejarse intuir, aunque no lo haga nunca, pero siempre “acecha” (el verbo en francés que usa Derrida es hanter). El espectro, como suplemento de algo que fue, está ahí y no se deja implosionar independiente de que los contextos histórico-políticos no sean los que en algún momento favorecieron su emergencia como fenómeno o hecho social visible y contundente. Octubre es, hoy y así, lo que quedó del muerto, su fantasma que aparece y reaparece a modo casi holográmico.

Sin embargo, esto no indica su pérdida, o su desaparición, o su extinción definitiva; el espectro de octubre –como señalábamos– debería acecharnos y nosotros dejar que nos aceche en continuo espiral ético; levantando la querella por una cierta justicia que pareciera dormir en las bodegas de una historia reciente.

Al decir “ético”, en este sentido, deberíamos ingresar en lo que Derrida denomina el “exordio”. Esto es la capacidad de vivir con el espectro, de no dejarlo partir y entenderlo, si se quiere, en su lírica: en aquella forma poética e inasible que se resuelve como el recuerdo de un país que un día quiso ser otra cosa más que sí mismo y su fosilizada tradición oligárquica. “Ético” despunta como esa suerte de alquimia o metabolismo extraño que hace que la fuerza de una revuelta se “radique” en lo espectral, manteniendo su potencia emancipatoria y sin claudicar de cara a lo que parece ser un presente vacío y vaciado de soberanía.

Hay una palabra que ocupa Derrida en el texto Carneros. El diálogo ininterrumpido: entre dos infinitos, poema (2003), y que la encuentra en sus lecturas del extraordinario poeta marroquí Abdelkebir Khatibi. Esta palabra es “amancia” (aimance); palabra tan hermosa como inquietante, y que tendría que ver con la pregunta por si es posible que un muerto y un vivo se amen, que pueda haber conversación, tráfico, vínculo; y todo esto de manera ininterrumpida, es decir, sostenerse en “la paciencia del tiempo”, por traer a Levinas.  

Y la respuesta es sí. Aunque el muerto esté ahí, enterrado, biodegradado, sin vida, para los vivos siempre quedará la espera de que ese muerto vendrá, un día, a decirnos algo, a comunicarse y a extendernos una palabra o un soplo que nos anime y nos signifique desde un lugar desconocido. Y todo esto aunque jamás ocurra; porque en la espera habita algo así como una esperanza.

Entonces es que octubre debería ser nuestro fantasma, nuestro amado fantasma, más allá de quienes lo dan por muerto y que se refugian en las galerías de una historia que se narcotiza con la idea del “malestar” o de “la paradoja del bienestar”, en fin. Tocaría aprender a vivir con él, habitar con él, sentir en él y por él, manteniendo vivo el pálpito de que en su resto aun se conserva el pulso de una revuelta que no es sino nuestra espera y nuestro porvenir, por indeterminado que éste sea.

Javier Agüero Águila
Javier Agüero Águila
Doctor en Filosofía. Académico Universidad Católica del Maule.

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