Viernes, Junio 14, 2024

A propósito de las palabras de Daniel Jadue: ¿burbuja superestructural o debilidad superestructural en la izquierda chilena?

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Recientemente pude ver en La Voz de los Que Sobran que el alcalde Daniel Jadue realizó una interesante y lúcida crítica política al modo en que la izquierda está actualmente administrando sus prioridades políticas y, consiguientemente, dónde está ubicando sus mayores esfuerzos. Señaló textualmente: “Cuando tus pones todos tus esfuerzos en la superestructura política, es decir, en el Estado y en el legislativo, te alejas de la gente y empiezas a vivir en una burbuja, que es la de la superestructura política, y claramente empiezas a separarte del pueblo. En eso tiene importancia fundamental el rol de los gobiernos locales que, como decía Luis Emilio Recabarren, son el único lugar que está al alcance del pueblo”.

En el marco de las múltiples explicaciones e interpretaciones que la izquierda chilena está buscando para entender y afrontar el complejo momento actual, la de Jadue es una observación interesante e invita a la discusión crítica. En primer lugar porque  enriquece los términos del actual debate que se da al interior de la izquierda y, en segundo, porque cambia el eje de la discusión hacia un lugar más profundo de la reflexión que enraiza con nuestra tradición crítica-rebelde. Sostengo esto último porque en la actualidad lo que vemos, especialmente al observar la discursividad del gobierno y del poder legislativo, es una discusión basada, sobre todo, en un “narrativa administrativa”, es decir, en cómo administrar del mejor modo posible lo que hay, en el marco de una correlación de fuerza adversa.

Se trata de una tendencia que hemos visto en otros gobiernos progresistas de la región, generalmente con mal resultado para nosotros/as y bueno para la derecha. Álvaro García Linera advierte al respecto una y otra vez: “no puedes ser administrativo en un tiempo de angustia. El poder Ejecutivo en manos de la izquierda debe ser una herramienta constituyente y, en vez del administrativismo, debe primar el decisionismo”, señaló hace pocas semanas en una entrevista con el intelectual argentino, Atilio Borón.

En esa línea Jadue, usando categorías propias de la reflexión marxista, da a entender que la izquierda chilena ha perdido contacto con el pueblo por centrar la lucha en cuestiones superestructurales y, consiguientemente, vive en una burbuja, la burbuja de la superestructura política. Es decir, se pondrían demasiada energía en el plano de la superestructura, y muy poca en el de la estructura (la que Marx calificó como “la base real”, en el Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política, y que también describió como “las condiciones sociales de existencia”, en el Dieciocho de Brumario).

Esta analogía de Jadue me interpela, ya que en diversos foros y también en mi libro La Batalla Comunicacional (http://www.elperroylarana.gob.ve/wp-content/uploads/2020/11/la_batalla_comunicacional.pdf) he sostenido convencidamente, y en una dirección opuesta a la de Jadue, que uno de los grandes problemas de la izquierda hoy es que tiene una debilidad superestructural. Por lo mismo, la afirmación de Jadue me hizo revisar mi postulado críticamente, pues mientras él reprocha una suerte de fetichismo superestructural de la izquierda, yo advierto respecto de una debilidad superestrutural nuestra.

¿Son ambas afirmaciones incompatibles? ¿o ambas tienen su cuota de verdad y pueden complementarse, a pasar de su aparente tensión?

El compañero Jadue, al usar la metáfora marxista de la superestructura/estructura para hacer su crítica doctrinaria a la actual izquierda, está – tal como él lo señala literalmente- incluyendo y apuntando al Estado y al poder legislativo como campos de acción predominantes de las fuerzas progresistas. Acude, en ese sentido, a la noción original y clásica en la cual, efectivamente, el Estado y la sociedad política juegan un rol primordial en la composición de la superestructura.

Pero, a mi modo de ver, debería considerarse que la superestructura incluye un elemento fundamental que está ausente en la reflexión crítica de Jadue: me refiero a su dimensión comunicacional que hoy incluye diferentes dispositivos como los medios tradicionales, los digitales, la web, las redes sociales, etc.

Tampoco Marx, quien incluye en la superestructura al poder jurídico, al Estado, e incluso a “los modos de pensar y concepciones de vida”, considera a los medios de comunicación, o lo comunicacional, en ésta. A pesar de su intensa y prolongada actividad periodística, Marx se refirió poco al rol de los medios de comunicación en la lucha revolucionaria. Pero lo hizo. Se trataba de un época en que los medios se reducían a la prensa escrita y en la cual las cifras de lectoría eran aun muy bajas. Es decir, al igual que la sociedad capitalista, los medios estaban recién empezando a desarrollarse. A pesar de ello y con su habitual lucidez, Marx ya pudo hacer afirmaciones como las de 1844, en el periódico Vorwärts donde discute la categoría de “prensa libre” e insiste ahí en lógica dialéctica que “la prensa libre, como producto de la opinión pública, produce también opinión pública; y sólo ella puede transformar el interés particular en interés general”. Esa afirmación resulta particularmente interesante si consideramos que por la misma época Marx y Engels estaban escribiendo La Ideología Alemana, obra en la cual afirman que cualquier clase social que aspire a dirigir la sociedad, “debe primero conquistar el poder político para poder presentar su interés particular como interés general”.

Será cien años después el revolucionario italiano Gramsci quien al incluir la sociedad civil en el plano de la superestructura (en Marx ésta pertenece al plano de la estructura) suma derechamente a la prensa en la batalla superestructural.

Claro, tiene sentido, Gramsci es testigo directo del ascenso del fascismo y del ascendente rol de los medios (prensa y radio, fundamentalmente, y el cine incipientemente) y de su evidente potencial para la acción política. Por lo mismo, al teorizar acerca de las organizaciones superestructurales encargadas de difundir ideología, identifica a la prensa como una de las principales.

Con menos teoría, pero con igual lucidez, casi un siglo antes ya lo había hecho Simón Bolívar, quien calificaba a la opinión pública como “la primera de todas las fuerzas” y pedía en 1818, desde Haití a su amigo Fernando Peñalver: “Mándeme usted de un modo u otro una imprenta que es tan útil como los pertrechos de guerra”.

Entonces, estoy de acuerdo con la crítica de Daniel Jadue, en tanto la entiendo como una advertencia acerca de la falta de claridad doctrinaria de la izquierda para enfrentar el presente momento, que no busca salidas tácticas creativas, sino administrativas, en el plano de la superestructura, ante el adverso escenario actual. Se cae así en lo que Álvaro García Linera llama el administrativismo que, al mismo tiempo, impide transformaciones y, por lo tanto, sólo favorece política y electoralmente a la derecha y, a la vez, nos debilita.

Sin embargo, no creo que lo que se haya construido con este accionar sea, como dice Jadue, una “burbuja superestructural”, más bien veo una hipertrofia en el tejido superestructural, propia de la costumbre y del hábito administrativista, que lleva adosadola falta de búsquedas creativas y audaces para enfrentar el escenario. Hipertrofia superestructural porque, efectivamente, en el marco de aquello que incluye la superestructura, el gobierno y una parte de la izquierda chilena están apostando fundamentalmente a la acción del Estado y del Congreso para dar la batalla, dejando de lado la preocupación (superestructural) por los demás aspectos que, como Marx señala, incluyen “los sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de vida diversos” (Dieciocho de Brumario).

Para Gramsci es fundamental intervenir sobre esas concepciones del mundo que Marx enumera en El Dieciocho de Brumario, porque está convencido que para que se forme un bloque histórico es necesario que la estructura y la superestructura de este bloque estén orgánicamente ligadas; y eso hoy – en el marco de la Cuarta Revolución Industrial, del giro algorítmico, de la omnipresente Inteligencia Artifical, de la ubicuidad de las redes sociales y la economía de la atención- no puede ocurrir si no consideramos un aspecto clave de la superestructura: la dimensión comunicacional.

Y ahí, sin duda, tenemos hoy una debilidad superestructural que, en buena medida, se mantiene y profundiza como debilidad estratégica cuando un gobierno de izquierda opta por el administrativismo como modo primordial de su acción política. Entonces, en el marco de la  hipertrofia de una parte del tejido superestructural, vemos también una atrofiaque es la que afecta a la dimensión comunicacional.

Hoy conectar con el pueblo es un asunto no sólo estructural, como Jadue señala al insistir en la importancia de los gobiernos locales, y tal como ya Recabarren lo advertía. Hoy también – y como nunca, debido a la centralidad de los dispositivos comunicacionales en la vida cotidiana – es un asunto de máxima importancia superestructural, específicamente comunicacional, tal como ya Bolívar lo intuía.

Lo sucedido en el último plebiscito constitucional debe, en ese sentido, ser para la izquierda un permanente recordatorio de cómo la lucha en la dimensión superestructural, con énfasis en lo comunicacional, puede, a pesar de las adversas condiciones materiales de vida de un pueblo, inclinar la balanza y hacer que el interés particular de quienes generan la misera social, sea presentado como interés general.

Pedro Santander
Pedro Santander
Doctor en Lingüística por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV) y Licenciado en Comunicación Social por la Universidad de Chile (Uch). Actualmente es director del Observatorio de Comunicación de la PUCV. Es profesor titular de la Escuela de Periodismo de esa universidad, donde está a cargo de las cátedras de Teoría del Lenguaje y Metodología de la Investigación.

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