Lunes, Mayo 20, 2024

A Fernando García in memoriam: Herencia, razón y mundo

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Mi primera “impresión” filosófica se la debo a Fernando García. Era 1997 cuando entré a estudiar sociología a la Academia de Humanismo Cristiano.

En ese entonces, para un medio adolescente que quiso estudiar literatura pero que, presionado, optó por sociología intentando precisar sus búsquedas en una carrera un poco más “adecuada”, situada y menos un vuelo ciego al fondo del abismo (como podía ser la vida de escritor), encontrarme con esta figura –de hablar pausado, mirada por lo general puesta en el horizonte, de cabellera sempiternamente blanca y con una batería de conceptos que me era totalmente ajena y en principio inaccesible– fue al menos inquietante.

Y lo digo porque Fernando sembró en algunas y algunos de nosotros el corazón de una duda. No una duda, sino el corazón de una duda. La necesidad y la urgencia de sospechar, de no comprar de una, de habitar en una suerte de existencial desde el cual se derivaba un estilo, un canon, una suerte de régimen de la idea que permitía entender algo, las palabras, las cosas, la lengua; un escepticismo-ético que nos impactaba también políticamente desencadenando una preocupación inmensa por el mundo, con todo lo que esto pueda y quiera decir.

Entonces me di cuenta que más allá del amor por la teoría social, todavía la amo, la sociología como práctica técnica, de métodos, estadísticas y todo esto que de seguro tiene mucho valor, no era para mí el camino. Terminé la carrera porque tocaba y no me podía retobar a esa altura. Pero casi no ejercí el oficio y al año siguiente de egresar entré a estudiar filosofía a la Chile, luego partí a Francia a seguir en la misma y ya no hubo vuelta atrás; me apliqué tras este devenir sin fin; tras la búsqueda de la “fiesta en el centro de la nada” que escribía Jonathan Swift; a una sistemática reproducción de la distancia de la diferencia consigo misma, por seguir a Derrida. Y de esto sí estoy seguro, lo anterior no habría sido posible sin haber conocido a Fernando y ver en él una huella por venir.

Mientras pensaba qué escribir en torno al personaje, al amigo, al filósofo y al polemista, me di cuenta que lo mejor, tal vez, era insistir en su trabajo como profesor de filosofía y en lo que heredó y hereda en los que fuimos sus alumnos.

No seguí la línea filosófica de este profesor, no fui ni soy un defensor de la modernidad, de la razón o de las complejidades de las preposiciones, sino que me volqué a lo que para él era, de alguna forma, la antítesis de su planteamiento filosófico: la deconstrucción, Jacques Derrida, la escuela francesa, el posestructuralismo, los herederos de Althusser, en fin; pero esto poco importa cuando el aliento filosófico primero que estremece se distribuye como un legado que aún muchas y muchos llevamos gracias al con-tacto con Fernando en una sala de clases.

Y aquí quisiera detenerme para pensar la idea de herencia y vincularla al legado de este profesor en sus estudiantes. Y lo haré desde donde puedo.

Escribe Jacques Derrida en Psyché. Inventions de l’autre (1987):

“La deconstrucción más rigurosa no ha pretendido ser nunca […] algo posible […] El interés de la deconstrucción, de su fuerza y de su deseo, si ella los tiene, es una cierta experiencia de lo imposible”

Cito este párrafo para apuntar que la herencia en sentido filosófico es, tal como Derrida lo señala respecto de la deconstrucción, una experiencia de lo imposible. Con esto se quiere decir que la herencia filosófica entendida como un legado coordinado de principio a fin o como un corpus que se movilizaría desde un punto X a un punto Y (quien hereda y el legatario específicamente), sin zigzaguear y sin alterarse en el transcurso de este desplazamiento resulta, desde el pensamiento derridiano, una experiencia imposible y la herencia misma no puede sino ser entendida en el acontecer de una figura imposible.

En este mismo sentido es que Derrida apunta lo siguiente en Points de suspensión (1998) “Yo me siento un heredero fiel en la medida que sea posible (…) me veo frecuentemente pasar muy rápido frente al espejo de la vida, como la silueta de un loco (a la vez cómico y trágico) que mata siendo infiel por espíritu de fidelidad”.

La infidelidad es para la herencia su horizonte posible al interior de su condición imposible. Es el gesto infiel quien la derivará a ser potencial huella, trazo o, en último momento, différance (entendida como dilación y contexto, espaciamiento y cuerpo) en el centro de la asimilación del legatario. El heredero, como nos dice Derrida, está lejos de ser aquella figura cómoda y sedentaria que espera por la herencia como si fuera un envío dirigido y remitido. Hay, en esta perspectiva, una doble inyunción a la cual el heredero debería responder. Primero, es necesario “saber reafirmar lo que viene «antes de nosotros», y que entonces recibimos incluso antes de escogerlo, y comportarnos entonces como sujetos libres” (Derrida, Roudinesco, “Choisir son héritage”, 2001, p. 15).

El heredero pasa entonces por la experiencia de asumir aquello que le preexiste sin saber qué es precisamente. No escogemos nosotros a nuestra herencia, ella es quien nos escoge porque intentamos apropiarnos de un pasado que sabemos que es inapropiable, ajeno a cualquier formalización o actualización presente y al que, finalmente, desconocemos en tanto su condición de pleno devenir.

Mas la herencia debe ser reafirmada. “Reafirmar. ¿Qué quiere decir? No solamente aceptar esta herencia, sino reactivarla y mantenerla viva” (Ibid). La reafirmación de la herencia es una de aquello desconocido que nos escogió y a lo cual, entonces, nosotros debemos darle curso, vida. Reafirmación y reactivación de un legado al cual somos infieles por principio de fidelidad y entonces por principio de responsabilidad. No habría forma de extender una herencia ni de hacerle “justicia” más que alterándola, haciéndola heterogénea e irreductible a cualquier confirmación de un presente performativo y temporal.

Sin embargo, y esta es la segunda inyunción, esta recepción que a la vez es don exige, de parte de quien recibe la herencia, una selección, un filtraje o una decisión frente a la posibilidad infinita de lo que se ofrece. Una vez que la herencia nos ha encontrado –o escogido– el heredero debe responsablemente in-fidelizarse alterando aquello que heredará para expandirlo y nuevamente heredarlo. Todo esto al interior de un circuito vivo de infidelidad por fidelidad que hace de la herencia un acontecimiento siempre en nómade, en fuga.

La herencia de Fernando García para quienes fuimos sus estudiantes es, a mi modo de ver y como decía al principio, la de una duda. No se trataría nunca de reproducir una filosofía que buscó incansablemente y por mucho tiempo situarse en el corazón de las “razones” de la modernidad, sino, justo, de alterar esa herencia y llevarla dentro del pulso filosófico y ser, ahí donde se pueda, testaferros, siempre infieles, siempre corruptos de aquello que en un momento nos conmovió a tal punto que terminó por habitar el resto de nuestra existencia.

Esto fue para mí la filosofía de Fernando García y hoy, que ya no está entre nosotros, enciendo una “razón” en su memoria y lo abrazo donde quiera que esté.

Talca, 28-04-2024

Javier Agüero Águila
Javier Agüero Águila
Doctor en Filosofía. Académico Universidad Católica del Maule.

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