432.528: El fantasma Portaliano y los partidos políticos

Los partidos son el fiel testimonio de que nuestra democracia es “portaliana” pues está conducida por un grupo de aparentes iluminados que no llegan más allá de los 432.528 militantes.
Foto: Agencia Uno

432.528 es la cantidad total de afiliados a partidos políticos, según el SERVEL.  Más allá de los partidos que lideran esa cantidad (el Partido Comunista), lo cierto es que éste constituye un dato fundamental si es que lo que se pretende es elaborar una crítica del proceso político sobrevenido desde la revuelta popular de Octubre de 2019. Sobre todo, porque el actual proceso de redacción constitucional se articula como un proceso restringido a los partidos políticos, guiado, establecido, constituido por ellos y para ellos, en una operación que perfectamente podría calificarse de “despotismo ilustrado”: “todo para el pueblo pero sin el pueblo”.

432.528 militantes que no alcanzan siquiera para el 10% de los 17 millones de la ciudadanía chilena, pero que en términos cualitativos se comportan como una vanguardia ejerciendo grandes cuotas de poder que afectan de manera decisiva a la totalidad de los 17 millones.

Se trata, por tanto, de que los partidos políticos configuran una élite orientada a la dirección de las instituciones del Estado. Una pequeña elite que se imbrica con la oligarquía militar y financiera a partir de prácticas porosas en que el poder económico y el político se anudan en una promiscuidad en la que los “políticos” rotan sus momentos de derrota en las grandes empresas para luego volver a legislar y mantener las prerrogativas de dicha oligarquía. Los partidos políticos son una élite pequeño burguesa que gobierna lo que la oligarquía militar y financiera reina.

A esta luz, la constitución de un bloque de grandes coaliciones como las que se forjaron durante la transición política, en rigor, articularon un solo partido político que, más allá de las elecciones de turno, tiene un carácter meta-fáctico orientado a la incesante producción del orden. Ese partido lo llamamos “partido portaliano” pues está constituido por una minoría “política” que gobierna para mantener al capitalismo monopólico de la oligarquía militar y financiera que reina.

A partir del duro dato de los 432.528 afiliados podemos comenzar a desgranar un conjunto de clichés que esa misma clase política repite permanentemente: que la “democracia necesita partidos políticos” –a nivel teórico podría ser una afirmación razonable desde el punto de vista liberal, pero respecto de la situación política chilena, esa afirmación es contradicha por los hechos: justamente la democracia portaliana necesita de los partidos políticos para mantener su forma elitaria, su carácter políticamente restringido bajo el cual los partidos conservan el poder para gobernar (no para reinar) el sistema político en su totalidad. Los partidos, por tanto, son el fiel testimonio de que nuestra democracia es “portaliana” pues está conducida por un grupo de aparentes iluminados que no llegan más allá de los 432.528 militantes.

El reyno de Chile es un silencioso despotismo ilustrado articulado históricamente por el portalianismo como paradigma excluyente de la política. De ahí la excesiva visibilidad mediática de los partidos: la oligarquía militar y financiera los requiere para que gobiernen lo que ésta reina.

El pacto es crucial: los partidos protegen el orden oligárquico y dicho orden protege a los partidos políticos. La máquina mitológica portaliana logra catalizar su circularidad, manteniendo el continuum entre reino y gobierno, entre poder económico y poder político; si se quiere, entre AFPs y parlamento, entre SQM y políticos. 

La revuelta popular de Octubre irrumpió contra la episteme transicional (los 30 años) y terminó por destituirla. En rigor, la revuelta abrió una grieta en medio del pacto oligárquico de 1980 hasta llevarlo a su punto cero. Al hacerlo, el sistema de partidos vigente fue dislocado y el conflicto no fue jamás entre “izquierdas y derechas” sino entre pueblos y elite, entre las grandes mayorías y las minorías que han tenido confiscado el país desde 1973.

Hoy día, el partido portaliano tiene por objetivo común, tanto a derechas (Kast) como a izquierdas (Boric) redactar la Nueva Constitución y legitimarla en las urnas durante el mes de diciembre. En este sentido, la minoría de los partidos han confiscado el proceso constituyente y lo han transformado en un proceso redactor. De ser un proceso relativamente abierto en el que, aún, los pueblos podían incidir, se convirtió en un proceso cerrado en el que solo los partidos –y sus expertos- pueden “constituir”.

De aprobarse la Nueva Constitución el partido portaliano se habrá axiomatizado consolidándose el pacto oligárquico para la nueva época histórica. Sin embargo, en cuanto “portaliano” dicho pacto deviene fallido, en la medida que su modelo es el de la neutralización del conflicto antes que el de su expresión, el del control de los pueblos antes que el de la posibilidad de su incidencia. Modelo portaliano, por tanto, dirigido por una minoría frente a una mayoría: los partidos políticos hablan en nombre de la democracia mientras las entierran muy profundamente.

No por nada, varios estudios –e incluso encuestas- han remarcado la sospecha ciudadana sobre el proceso y, en particular, su “ilegitimidad social”. De hecho, si atendemos bien el modo de proceder de esta singular minoría política que es el sistema de partidos, vemos que la restitución de su poder que había sido perdido momentáneamente por la revuelta popular de Octubre de 2019, fue urdido por el Congreso y en particular, el Senado de la República. En él se fraguó el golpe civil y parlamentario contra de los pueblos de Chile. Un golpe “democrático” por supuesto, en el sentido del modelo del autoritarismo del portalianismo y su tradición histórica.

Por esta razón, hoy no existe ningún partido político que pueda estar a la altura de la revuelta popular de Octubre de 2019, es decir, no existe ningún actor político capaz de interrumpir la ilegitimidad del proceso redactor en curso, porque dichos actores –los partidos- urdieron el golpe contra los pueblos. En el caso de los movimientos sociales, estos son débiles en comparación a los existentes en otros países latinoamericanos y su transversalidad experimentada durante la revuelta no pudo articular “máquinas de guerra” que permitieran la profundización de la potencia destituyente abierta por la sublevación de Octubre. Más aún, después de los resultados del plebiscito del 4 de septiembre de 2022, efecto del golpe civil y parlamentario, los movimientos sociales parecen haber quedado fuera de juego y más debilitados al haber sido derrotados electoralmente. Partidos triunfantes y movimientos sociales derrotados. En este escenario no existe, por tanto, actor alguno que pueda interrumpir el proceso redactor en curso.

Sin embargo, el nuevo pacto oligárquico en curso devendrá triunfante solo al precio de ser fallido: en el mejor de los casos podrá ser aprobado, pero replicará la lógica despótica del fantasma portaliano. Habremos cambiado de Constitución, pero no de fantasma. De no aprobarse, estaremos nuevamente en el horizonte oligárquico de 1980 pero arrojado a su punto cero de significación. Y cualquiera sea la alternativa los “procesos sociales no se detienen” y nuevas formas de vida irrumpirán tarde o temprano frente a un orden oligárquico que, nuevamente, solo podrá resolver la situación gracias a la violencia y su capital.

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