4 de septiembre: La Convergencia

Podrán hablar de “Estado social de derechos”, pero será simplemente una deriva del principio de subsidiariedad adornado con formas cristianas de tipo comunitario: los nacionalistas pasarán a fortalecer el lugar del Estado-nación, los socialcristianos el tema de la “sociedad civil” y los neoliberales devendrán “ordoliberales” al comprometer a la economía en una forma “social”. Por supuesto, eso implicará un trabajo interno a la propia derecha -pues existen muy buenos núcleos que no quieren axiomatizar nada-, pero podrán pasar años y la “convergencia” se terminará imponiendo. Por eso tiene que ganar el Apruebo el próximo 4 de septiembre. Y de manera contundente.
Foto: Agencia Uno

Habría que atender lo siguiente: ¿tiene capacidad la “derecha” de promover una nueva Constitución? En general, desde el progresismo se ha respondido con un NO rotundo que obedece a dos puntos: la práctica histórica y el contexto de campaña. Pero, asumiendo el carácter inédito de la situación en la que nos encontramos desde el 18 de octubre de 2019 y, agregando a ello una leve convergencia que puede leerse en la intelectualidad de derechas, me atrevería a decir que la derecha SÍ puede promover la creación de una nueva Constitución.

Tendríamos que tener precaución acerca del uso del término “nueva”, pues si gana el Rechazo la “nueva” Constitución no será otra cosa que una restitución de la ÚNICA Constitución que ha prevalecido desde el pacto oligárquico de 1833, 1925 y 1980. Ahora bien: ¿cuál “convergencia” es la que, me parece, se asoma dentro de las diversas corrientes de la derecha actual? Una en la que se replantea el rol del Estado y en la que converge el republicanismo nacionalista (Herrera), el socialcristianismo (Mansuy) y el neoliberalismo (Verbal-Schwember).

Las tres están de acuerdo en restituir el poder oligárquico y conjurar a la potencia popular que se tomó el país; es decir, las tres tienen a un mismo enemigo de clase que se expresa en una eventual convergencia que, para lograrla, no solo deben ceder en sus posiciones para articular una suerte de “concertación de derechas”, sino además “axiomatizar” sus propuestas a la luz de las transformaciones demandadas: adaptarse a la nueva situación e instalar un nuevo pacto entre pueblo y oligarquía que mantenga los privilegios de esta última, pero a la vez compense dichos privilegios con la satisfacción mínima de las nuevas demandas populares.

A esta luz, la “convergencia” probable de la que hablo designa el movimiento de axiomatización del fantasma portaliano en la que la derecha -para calzar con sus socios y establecer un nuevo consenso necesario para la nueva democracia portaliana y el (viejo) nuevo pacto oligárquico- pueda contar con el “centro” de parte de las democracias cristianas y sus “amarillos”. Eso implica darle mayor importancia al rol del Estado restituyendo las fórmulas tomistas del “bien común” en una transversalidad nacionalista, socialcristiana y neoliberal. Dicho de otra manera: ¿podría la derecha articular una nueva Constitución? Sí, gracias a la “convergencia” que algunos think tanks están tejiendo. Ahora bien: ¿qué tan “nueva” sería? Nada nueva, pues solo sería la restitución del fantasma portaliano en su nueva fase de axiomatización.

Podrán hablar de “Estado social de derechos”, pero será simplemente una deriva del principio de subsidiariedad adornado con formas cristianas de tipo comunitario: los nacionalistas pasarán a fortalecer el lugar del Estado-nación, los socialcristianos el tema de la “sociedad civil” y los neoliberales devendrán “ordoliberales” al comprometer a la economía en una forma “social”.

Por supuesto, eso implicará un trabajo interno a la propia derecha -pues existen muy buenos núcleos que no quieren axiomatizar nada-, pero podrán pasar años y la “convergencia” se terminará imponiendo. Por eso tiene que ganar el Apruebo el próximo 4 de septiembre. Y de manera contundente. Su triunfo abre otras posibilidades más allá de la simple repetición del oligárquico fantasma. Solo así, el fantasma portaliano, aquel que ha articulado la continuidad oligárquica de la República, podrá ser removido y, su última forma, articulada por el legado dictatorial del pinochetismo, destruida.

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