4 de septiembre: El Jardín de Chile

Hagamos un ejercicio alegórico: comparemos el “árbol” de Boric con las “grandes alamedas” de Allende. Ambas figuras no se contraponen necesariamente. Solo que el “árbol” de Boric –así como cualquier otro árbol- no puede sobrevivir aislado, sino que necesita siempre de un lugar en el que habitar. ¿Y donde “habita” sino en las “grandes alamedas”? Si las “grandes alamedas” son el jardín de Chile, digamos que en él está el árbol de Boric, plantado junto a otros. Pero este último no es el importante, no es el decisivo, su lugar está totalmente descentrado por la presencia multitudinaria de flores agrestes, árboles de diverso tipo, malezas varias y múltiples hierbas que irrumpen desde la tierra. En eso consiste el apruebismo: el jardín de Chile resulta múltiple e irreductible a la vez, y la Nueva Constitución propuesta, solo es el umbral para que dicho jardín pueble la llamarada del nuevo siglo.
Foto: Agencia Uno

   

El cierre de campaña del Apruebo, con millones en las calles del país –casi como una reedición morigerada del 25 Octubre de 2019- dejó claro el carácter irreductible de la potencia popular que porta el apruebismo. Irreductible, en el sentido de un devenir que excede los marcos de la política electoralista y de sus “acuerdos” previos faenados por un conjunto de partidos políticos cada vez menos relevantes. Irreductible, también, frente al gobierno, con el cual el apruebismo multitudinario tiene cierta distancia y sus cercanías, en rigor, se despliegan de modo puramente táctico, tal como sucedió en la última elección presidencial. Irreductible, a su vez, frente a la pornográfica violencia de la campaña del Rechazo que, desde el primer día nos ha intentado convencer que todo estaba demasiado bien y que ningún cambio era realmente necesario.

La multitud sobrevenida no será fácil de desmovilizar como ocurrió en 1988. Las diferencias históricas son importantes: a nivel global EEUU no es la única potencia mundial y no existe un “centro” articulador del mapa geopolítico contemporáneo (de hecho, Chile está cruzado: depende económicamente de China y políticamente de EEUU); a nivel nacional, son la totalidad de los partidos políticos criados bajo una Constitución abusiva e impuesta en dictadura pero consolidada en democracia, los que han perdido legitimidad (a diferencia de 1988, cuando los partidos políticos si la tenían); a nivel social, la multitud sufre de una forma de gobernar (el neoliberalismo) que ha hecho “crisis” y, al menos su fase “Chicago”, parece estar agotada (a diferencia de 1988 cuando la fase Chicago efectivamente despegó).

Por eso la irreductibilidad: si gana el Apruebo, su magma, tendrá que seguir “evadiendo torniquetes” para impedir que publicistas, partidos políticos o gobierno, se atribuyan el triunfo. Incluso, su potencia tendrá que profundizar la disputa por la “constitución material”: mil otros amarres se fraguarán, “arreglos” que impedirán implementar el nuevo texto constitucional, en suma, el fantasma portaliano de la nueva fase neoliberal seguirá actuando y operando su golpe parlamentario para que todo el proceso iniciado en las calles termine faenado en un par de oficinas.

Por eso, al acto de cierre de campaña fue tan importante: pues mostró lo irreductible del apruebismo respecto del fantasma que le asedia desde mil nuevos torniquetes. Si hay triunfo, será el de una potencia irreductible que atraviesa a publicistas, partidos políticos y gobierno, pero que les excede pues se capilariza –tal como ocurrió con la revuelta de Octubre- en la cotidianidad de la vida social. Dicho de otra manera, las multitudes que van a votar Apruebo no pertenecen a nada ni a nadie. Pueden agenciar sus deseos y prácticas con algunas instancias, pero jamás pertenecer a ellas. Van más allá de ellas. Quizás, en la triple irreductibilidad del apruebismo sobreviva una secreta llamarada del Octubre popular, aquella que le hizo ingobernable y, a la vez, pletórico de imaginación, aquella que hoy precisamente, puede imaginar a otro país y abrir lo que Salvador Allende llamó “las grandes alamedas”.

Hagamos un ejercicio alegórico: comparemos el “árbol” de Boric con las “grandes alamedas” de Allende. Ambas figuras no se contraponen necesariamente. Solo que el “árbol” de Boric –así como cualquier otro árbol- no puede sobrevivir aislado, sino que necesita siempre de un lugar en el que habitar. ¿Y donde “habita” sino en las “grandes alamedas”? Si las “grandes alamedas” son el jardín de Chile, digamos que en él está el árbol de Boric, plantado junto a otros. Pero este último no es el importante, no es el decisivo, su lugar está totalmente descentrado por la presencia multitudinaria de flores agrestes, árboles de diverso tipo, malezas varias y múltiples hierbas que irrumpen desde la tierra. En eso consiste el apruebismo: el jardín de Chile resulta múltiple e irreductible a la vez, y la Nueva Constitución propuesta, solo es el umbral para que dicho jardín pueble la llamarada del nuevo siglo.

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