Operación salvataje: La incógnita

La operación de la Oposición es de salvataje. Pero no sólo del actual gobierno. De toda la institucionalidad profundamente cuestionada por la ciudadanía y, en definitiva, de todo el orden establecido en los últimos cuarenta años. Y quizás más atrás aún. Porque la elite política, toda ella, en todos sus colores y variantes, de gobierno u oposición, entiende que su propio predominio está bajo cuestionamiento radical. La elite ha perdido legitimidad y no hay pacto social que la rescate.


Tan pronto asumió la presidencia del Senado la senadora Yasna Provoste ha encabezado una estrategia de la Oposición encaminada a salvar el buque del Gobierno del camino de zozobra definitiva en que se encuentra. Es obvio que la estrategia venía siendo pensada y articulada desde antes, seguro que en conversaciones entre cuatro paredes con gente del gobierno. A eso se deben las alabanzas inmediatas y a coro de los medios de comunicación del “establishment” ensalzando el rol de Provoste y hasta elevándola en algunas horas a la categoría de presidenciable.

La jugada de la oposición, que algunos comentaristas políticos no han vacilado en calificar como magistral y delicadamente ejecutada, se basa en la idea central de arrancarle al gobierno un compromiso de sacar adelante unos llamados “mínimos comunes”, con los cuales se pretende enfrentar la aguda crisis que viven cientos de miles de familias del país, a las que la tardías y mezquinas ayudas que ha hecho llegar el gobierno o los tres retiros del 10% de sus fondos previsionales, no les ha resuelto mucho su angustiante situación, sin decir nada de los cientos de miles a quienes no les ha llegado ayuda alguna ni tenían fondos previsionales, por ser parte de ese ejército de compatriotas que vienen teniendo de por vida empleos precarios y de baja remuneración.

La operación de la Oposición es de salvataje. Pero no sólo del actual gobierno. De toda la institucionalidad profundamente cuestionada por la ciudadanía y, en definitiva, de todo el orden establecido en los últimos cuarenta años. Y quizás más atrás aún. Porque la elite política, toda ella, en todos sus colores y variantes, de gobierno u oposición, entiende que su propio predominio está bajo cuestionamiento radical. La elite ha perdido legitimidad y no hay pacto social que la rescate. En esta situación, que la operación política en marcha resulte, es vital. Pero por más perfecta que sea la estrategia diseñada y por eximia que sea su ejecución, hay un factor clave que quienes han puesto en marcha esta operación, la oposición y sectores políticos que apoyan al gobierno, no controlan: Piñera.

Como hay amplio consenso nacional, de izquierda a derecha, Piñera es parte importante del problema y de la crisis en que se encuentra el país. Y es una parte que ha demostrado reiteradamente que no es controlable, ni siquiera por si mismo. El problema es que toda la operación en marcha requiere que el gobierno apruebe, cambios más o cambios menos, la propuesta concreta que está elaborando la Oposición para ponerle carne a eso de los “mínimos comunes”. Y hacerlo significa, por sobre todo, que Piñera admita haber sido derrotado, por la crisis y por la Oposición. Y eso, dados sus rasgos de personalidad, le resultarán intragables.

Puede que Chile Vamos lo acepte, pero es altamente improbable que Piñera lo haga. Porque será reconocer su inaudita incompetencia para conducir al país a través de estas crisis entrecruzadas, será reconocer que todo lo que construyó en cuanto a fortuna lo logró a punta de pillerías y no talento, como tanta gente que lo conoce lo señala. Y más serio e irremontable aun, será sobreponerse a su inclinación psíquica irrefrenable de actuar con engaño, con letra chica, por lo que es altamente probable que, si llegara a aceptar la propuesta de la Oposición, cuando la traduzca en los proyectos de ley que se necesitarán, éstos estarán plagados de la misma letra chica que han tenido todos los proyectos firmados por Piñera hasta ahora. Y ahí se va a derrumbar todo.

¿Es esta una opinión catastrofista? No lo creo. Basta con leer la conducta de Piñera y su gobierno en estos dos últimos años. ¿Qué va a pasar entonces con la Oposición, que se está jugando sus cartas a este triunfo? Su propia crisis se agudizará. Y las salidas se oscurecerán más aún.

La única salida del país debe darse en el marco de la elaboración de la Nueva Constitución, que  no será un proceso fácil ni tranquilo, pero en el que es vital que la elite política reconozca su estatus minoritario frente a los millones de habitantes de este país que gritan a voz en cuello que quieren una sociedad diferente, más justa, sin abusos, con equidad social, con dignidad, lo que significa poner radicalmente fin al modelo neoliberal –que ha traído la riqueza y el bienestar sólo a unos pocos y una vida angustiante y endeudada a muchos– y avanzar hacia un modelo de desarrollo nacional cuyos frutos efectivamente lleguen a las grandes mayorías del país, que deben tener el protagonismo que se merecen y por el cual tanto vienen luchando.

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