Nunca había sido tan importante votar como este fin de semana

Nunca había sido tan importante votar como este fin de semana, porque el plebiscito sólo fue escoger la llave que abrió la posibilidad del cambio de casa. Ahora debemos amueblar la nueva casa. Y lo que sabemos es que no todos los muebles son del mismo color ni esconden en sus interiores las mismas ideas y fantasmas. 


Nunca había sido tan importante votar como este fin de semana. Hay algo que todos y todas debemos saber, el sábado y el domingo en la mañana, cuando aparezca la duda de si ir o no al local de votación: quienes sean electos para la constituyente, las fuerzas políticas que más votos reciban en ambos días, serán las que van a escribir, con sus ideas, gustos, juicios y prejuicios, tincadas y convicciones, la Constitución que va a definir el futuro de Chile. 

Es así de relevante: los márgenes de los próximos cuarenta años, o más, serán definidos por lo que escriban en un libro los sujetos a los que les demos el voto este fin de semana. Imagínate, por lo tanto, lo que significa no ir a votar, por pereza, desinformación o descontento. No votar será entregar a los otros, a los que tienen ideas contrarias a tu pensamiento, valores y deseos, la posibilidad de hacer valer esos sueños y creencias con más fuerza. 

Quienes alcen las manos, felices desde comandos constituyentes conservadores, liberales, pinochetistas o izquierdistas, no lo harán por el goce que produce gobernar cuatro años un municipio o un ministerio: lo harán porque tendrán la chance de votar en una convención inédita que no permitirá, o sí, el aborto para las próximas generaciones. Celebrarán porque con su sillón obtenido podrán definir si el agua sigue siendo saqueada o no; porque podrán discutir y zanjar si el cobre sigue siendo vendido como piedra para la riqueza de Luksic y extranjeros o no; si la salud pública debe seguir siendo el espacio abandonado que subsidia a los privados o no. 

Imagínate qué le responderás a tu hija, si no vas a votar, cuando te pregunte qué rol jugaste aquel fin de semana en que se eligieron los colores políticos que escribieron los derechos con que ella podría contar en educación, en derechos sexuales y reproductivos, en defensa del medioambiente ¿Le responderás que por confusión, por no buscar un candidato de tu gusto, le diste tu decisión a los que votaron Rechazo y que sí fueron a marcar por Marcela Cubillos o Gonzalo Blumel? ¿Le responderás que, por desgano, regalaste tu poder decisión a extremismos intransigentes?

Imagínate, si no votas, qué le responderás a tu hija de diecisiete años que expuso su cuerpo para iniciar la revuelta originaria de la nueva constitución, y que ahora por ley no podrá votar ¿Le dirás que preferiste no votar y permitir que los que sí fueron premiaran a los ministros que la mandaron a reprimir, los que defendieron a la policía que sacó ojos, los que jamás han querido cambios profundos en el de modelo de desarrollo?

Nunca había sido tan importante votar como este fin de semana, porque el plebiscito sólo fue escoger la llave que abrió la posibilidad del cambio de casa. Ahora debemos amueblar la nueva casa. Y lo que sabemos es que no todos los muebles son del mismo color ni esconden en sus interiores las mismas ideas y fantasmas. 

Hay muebles (constituyentes que ambientan la nueva casa) que creen que tu padre debe morir trabajando a los 103 años. Mientras que otros han luchado toda su vida por cambiar la vejez miserable. Hay muebles que creen que los habitantes de la casa son pobres porque son flojos, mientras otros estiman que con titularidad sindical y redistribución de la riqueza de los habitantes más ricos se combate la desigualdad. Hay muebles que creen que lo que dice en sus biblias debe regir sobre nuestros cuerpos, decisiones y adopciones. Mientras otros estiman que las políticas públicas deben pensarse sin dioses ni santos definiendo qué es una familia.

Piénsalo así: con el plebiscito el pueblo obtuvo las llaves de su nueva casa. Chile tiene en sus manos la llave del lugar donde vivirá el próximo medio siglo. Ahora tú debes decidir, con tu voto, si te sentarás en un sillón con o sin derechos, si tu televisor mostrará a un cura o a un civil poniendo reglas a nuestros cuerpos, a un militar o a un profesor recibiendo las ganancias del cobre. Si no votas, otros decidirán el color de la casa en que vas a vivir, y luego poco tendrás que decir cuando descubras tu habitación color petróleo en lugar de verde. Y de nada habrá servido votar apruebo -si es que así lo hiciste en octubre- si tu nueva casa al final la amueblan los del rechazo, en mayo. Tú debes definir si usas o no la llave que ahora tienes en tus manos.

El apruebo arrasó hace unos meses en gran medida por el alza histórica, de los cientos de miles de jóvenes entre 18 y 29 años que votaron por primera vez. Y por la asombrosa participación de las comunas pobres y populares que se habían olvidado de la política institucional. Imagina no lo que podría pasar si esos jóvenes ahora, por creer la tarea cumplida, no acuden a las urnas. Imagina si otra vez la casa la amueblan las comunas ricas hablando por las comunas pobres. Nunca había sido tan importante votar como este fin de semana.

Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de quien la emite y no representa necesariamente el pensamiento de La voz de los que sobran.

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