Nunca fuimos un jaguar

Foto: Agencia Uno

Nunca fuimos un jaguar, porque nuestro felino de fantasía se quedó cojo y ciego en el camino, y a esta hora se sigue desangrando, con más casos de Covid que Italia y España, sin saber con cuántos muertos cargará cuando sus gobernantes por fin reconozcan que su figura voraz y dominante sobre el continente es de mentira. Nunca fuimos un jaguar, porque mientras las leyes buscarán seguir metiendo presos a los pobres que fluyen con la sangre en búsqueda del alimento que detenga sus muertes; empresas que deberían cerrar sus puertas cambian giros para seguir produciendo mientras la fachada del animal resista, en medio de cifras que no son claras y mensajes que no se entienden.

Cuando niño crecí como quizás muchos niños chilenos interesados en leer los diarios y seguir las informaciones llenas de futuros auspiciosos que cada día iluminaban nuestro porvenir. Era de esos niños mateos que muchos recreos los pasaba en la biblioteca del colegio revisando datos con obsesión inoficiosa. Orgulloso de ser parte de un país pujante, celebraba cada nuevo aviso de la economía y de nuestros líderes, que se atrevían a anunciar nuestro arribo al desarrollo para el año 2010, luego para el 2015, el 20 y así. Algo de esa gloria me esperaba a mí y a mi familia, y a mis amigos y compañeros, intuía. Y el desarrollo llegaría, porque éramos el jaguar de Latinoamérica.

Crecí viendo a presidentes que alzaban la voz para dejar en claro nuestra correcta senda, la de las privatizaciones siempre positivas, con carreteras parecidas a las de las películas gringas y cárceles recién construidas que, sólo por su pulcritud, nos acercaban más al añorado desarrollo que nos alejaba de nuestros imaginarios de potreros y barrios con calles de tierra. Crecí  viendo a presidentes presentando buses cuncuna recién llegados del primer mundo, inaugurando decenas de estaciones de metro interminables, conectando el centro de la ciudad con nuestras plazas comunales atestadas de trabajadores informales. Y así, con cada nuevo hospital concesionado, con calles cada vez más llenas de autos del año, con centros comerciales que llegaron hasta las esquinas de nuestras casas de infancia, de pronto mis compañeros de curso y yo ya éramos grandes.

Ya no soñábamos con la adultez en el país desarrollado que nos prometieron los políticos tomados de la mano. Éramos hombres y mujeres endeudados, algunos con éxito laboral, otros todavía buscando pega. Pasó el 2010, el 2015 y llegamos al 2020. Casi todos mis amigos ayudan a sus viejos, a sus madres solas, porque descubrieron que en lugar de pensiones tenían migajas. Que en lugar de júbilo encontraron pobreza. Algunos partners juntaron sus sueldos con sus parejas para luchar un año más por un crédito hipotecario. Mientras el Presidente nos comparaba con Australia, recibían las llamadas acosadoras de ejecutivos cobrando sus caes. Mientras Piñera nos vendía al mundo como Chile, el milagroso oasis de una latinoamérica sumida en revueltas de pueblos cansados de miseria, mis amigos descubrían que con las carreras que estudiaron en vidriosas universidades privadas tampoco les alcanzaba para llegar a fin de mes. 

Y así estalló Chile en un Octubre inolvidable, un mes tan lleno de fuego como de rabia y de esperanza. Para muchos, más bien, la violencia fue un alivio. Un grito guardado hace tantos años. Fuimos tantos los niños embobados por las promesa de un desarrollo a la vuelta de la esquina que nos convertimos en adultos escupiendo mentirosos. Las luces, el brillo y el aroma a celular nuevo, a zapatillas desechables, esta vez no bastaron para que los políticos que no vieron venir el estallido calmaran las aguas con una nueva promesa. La mentira del jaguar había muerto. Hasta los viejos pusieron el pecho a las balas para demostrarlo. Décadas de silencio entre vecinos satisfechos de consumo a crédito se rompieron por consignas que unieron gargantas sin pedir permiso. Verdaderamente descubrimos que nunca fuimos un jaguar. Todo aquel pelaje lujoso sólo estuvo en nuestras mentes eclipsadas, en nuestros corazones traicionados. El desarrollo inminente de un país de fachada superior se derrumbó como un castillo de naipes, el mismo que los pregoneros del bienestar usaron, otra vez, cuando vino la pandemia. 

No habían pasado ni cuatro meses desde que el país les estalló en la cara, desde que el hambre y la miseria de ancianos suicidados por pensiones que no alcanzan les mató la fantasía de país desarrollado. Aún estaba fresca la pintura de miles de murales aclarando que no fueron treinta pesos, sino treinta años de deudas por estudiar, de abusos empresariales a gran escala, de corrupción de políticos que siguen sentados recibiendo sueldos millonarios. Pero no les importó. En sus cabezas acostumbradas a la Clínica Las Condes, en sus pieles tan lejanas a Pedro Aguirre Cerda, a Bajos de Mena, a Los Morros de San Bernardo, San Luis de Maipú, La Pincoya, Chile seguía siendo el producto de marketing que nos metieron en la cabeza con fuegos artificiales. Para Mañalich nunca existieron las viviendas con doce personas viviendo en cuarenta metros cuadrados. Para Piñera, que vio en la pandemia su oportunidad de volver a ser un líder, Chile nunca dejó de ser su oasis destruido por la revolución de octubre. Y así actuaron. Y así nos fue. 

Seguimos el ejemplo de países ricos para descubrir que muchos de los chilenos seguían siendo pobres, avisó Bloomberg. Creyeron que éramos el jaguar de Latinoamérica. Y nos trataron como animal de élite, bestia de caza. Al lado del lince europeo, del tigre de Bengala de Asia, de las portentosas ballenas de Nueva Zelanda, el jaguar chileno. No podíamos ser menos. Y nos trataron como ricos, un rico castillo de naipes, una larga y angosta faja de tierra como espejo del sector oriente de Santiago. Usaron el bisturí de la cuarentena dinámica, y las carnes del felino no resistieron. Las grasas de pobreza se expandieron a la otra mitad de las comunas periféricas divididas por antojo. Cayó el castillo de naipes. La sangre hizo hemorragia y el jaguar se desbordó en fiebre y desamparo. Sus ojos de animal desarrollado se nublaron con abuelos muriendo en las urgencias, con mercadería repartida a la rápida en barrios pudientes que no necesitaban, con autoridades con magister y doctorado violando cuarentenas y protocolos, arriba de un skate, en un cementerio o en reuniones con vecinos de circunscripción, con cadáveres deshaciéndose en pasillos que nada se parecen a los de la salud australiana, país como el que seríamos en 2025, según el presidente al mando del jaguar.

Nunca fuimos un jaguar, porque nuestro felino de fantasía se quedó cojo y ciego en el camino, y a esta hora se sigue desangrando, con más casos de Covid que Italia y España, sin saber con cuántos muertos cargará cuando sus gobernantes por fin reconozcan que su figura voraz y dominante sobre el continente es de mentira. Nunca fuimos un jaguar, porque mientras las leyes buscarán seguir metiendo presos a los pobres que fluyen con la sangre en búsqueda del alimento que detenga sus muertes; empresas que deberían cerrar sus puertas cambian giros para seguir produciendo mientras la fachada del animal resista, en medio de cifras que no son claras y mensajes que no se entienden. 

El jaguar chileno ha vuelto a estallar, por segunda vez en menos de un año. Su muerte está dejando varios ministros botados en el camino. Son los mismos que con porfía hicieron política bajo la fachada de país excepcional. Pero hoy nos pide descanso. Nunca fuimos un jaguar, y Piñera lo sabe. Estamos lejos del desarrollo que nos diferencie del resto del barrio. Y estamos muy cerca de la muerte, la cesantía y la desfachatez política que aparecen como espejo de reconocimiento de nuestra verdadera identidad: un animal más

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