Nosotros, los otros y el laberinto de la soledad

Foto: Agencia Uno

El escorpión sacrificará a la rana, así el acto comprometa su propia supervivencia. Está en su naturaleza. Porque es obvio que la Democracia Cristiana no puede impedir que el polo progresista se entienda con el resto de la oposición. Y, en cambio, ¿cuál sería el destino de la Democracia Cristiana si se alejara de la izquierda? El laberinto de la soledad. El mismo que ensayó con el mismo elenco de actores el año 2017, cuando su candidatura presidencial apenas consiguió el 5 por ciento de respaldo, y su bancada de diputados el 8 por ciento que actualmente representa en el Congreso.


Como una forma de desentrañar la identidad profunda de México, Octavio Paz escribió en 1950 el ensayo El laberinto de la soledad. ¿Por qué el laberinto? Porque se trataría de un asunto que nunca ha sido resuelto y que debería ser desentrañado e interpretado. ¿Y por qué de la soledad? Porque, en último término, éste sería el destino histórico del ser mexicano: la cualidad de estar sin nadie, sin compañía, solo en su persistente peregrinar.

El dilema que Paz veía en la identidad antropológica de México, podría, sin embargo, hallar su correlato en la disyuntiva ideológico-programática que alimenta el debate actual de la Democracia Cristiana con sus aliados y adversarios. Esto es, reivindicar la soledad política como sello de identidad del partido, aún a riesgo de tomar distancia de la voluntad pluralista, democrática y unitaria expresada en las urnas por la ciudadanía el pasado 25 de octubre.

Lo esencial es muy visible a los ojos

«La mesa nacional de la DC —afirma la vicepresidenta Joanna Pérez— se comprometió a devolver la identidad de nuestro partido, a trabajar en el respeto al partido y principalmente, a que si teníamos un pacto fuera solo electoral o táctico con el PC. Sin perjuicio de esto, por la unidad opositora hemos hecho muchas cosas y hemos estado disponibles a trabajar con el PC. Pero también tenemos mandatos: siempre con la identidad de la DC».

En aras de ese compromiso, Fuad Chahin, presidente de la colectividad, ha notificado a todo el mundo que la unidad opositora es imposible, porque no caben todos en una lista, y porque no queda tiempo para que quepan todos en una lista. Si se lee bien el mensaje se comprobará que el problema es estadístico, o sea, de cuántos cupos le tocan a cada quien; no de cuidar la identidad en los contenidos mínimos de la futura Constitución. En todo caso, si fuera un asunto de identidad, sería uno de identidad electoral. Chahín ha declarado concluyente que enfrentar a la derecha con una sola nómina de candidatos «no es posible, toda vez que con dieciocho partidos y fuerzas políticas de oposición más los independientes en una sola lista, no hay posibilidades físicas de que podamos concretarla, tanto así que estamos a dos semanas de la inscripción y todavía no se ha dado ningún paso.»

¿Se dará algún paso antes de la inscripción? ¿Quiénes podrían dar el primer paso? Hace algunas semanas, Convergencia Progresista, una alianza de los partidos Socialista, Por la Democracia y Radical, formada en 2018, dio a conocer su manifiesto constitucional y reafirmó su voluntad de concurrir a una lista unitaria. Con posterioridad, para concretar dicho acuerdo, las tres organizaciones de izquierda han mantenido conversaciones con el Frente Amplio y, evidentemente, con el Partido Comunista. Y, últimamente, han creado el nuevo polo socialdemócrata con el Pro, el Partido Liberal y exmilitantes del Frente Amplio, lo que ha recibido críticas desde la Democracia Cristiana, coaligada con ellos en Unidad Constituyente. Chahín les ha advertido que podría poner fin a la participación de la DC en el bloque, «si ese polo lo que busca básicamente es tratar de generar una táctica electoral de una duda lógica de todos contra uno».

Pero el escorpión sacrificará a la rana, así el acto comprometa su propia supervivencia. Está en su naturaleza. Porque es obvio que la Democracia Cristiana no puede impedir que el polo progresista se entienda con el resto de la oposición. Y, en cambio, ¿cuál sería el destino de la Democracia Cristiana si se alejara de la izquierda? El laberinto de la soledad. El mismo que ensayó con el mismo elenco de actores el año 2017, cuando su candidatura presidencial apenas consiguió el 5 por ciento de respaldo, y su bancada de diputados el 8 por ciento que actualmente representa en el Congreso.

Desde luego, cambiar de discurso a mitad de la escena, tampoco tiene efectos prácticos. Volver a poner la Guerra Fría en el lugar del Estallido Social y del Acuerdo por la Paz, como lo hace Chahín con el propósito de desalentar la búsqueda de acuerdo, acabaría nada más que en un juego de tronos. Pues, tan ficticio e inoficioso es sostener que tras su XXVI Congreso el Partido Comunista se volvió menos democrático y menos institucionalista, como afirmar que tras los vergonzantes reconocimientos y apoyos de personeros democratacristianos a las operaciones desestabilizadoras de los venezolanos Juan Guaidó y Guarequena Gutiérrez, la Democracia Cristiana se volvió menos respetuosa del derecho internacional y de la soberanía de los pueblos. Una golondrina no hace verano. Esta novelesca lucha de consignas no podría subordinar jamás la promesa de la centroizquierda de darle a Chile una nueva Constitución, una nueva estrategia de desarrollo y una nueva sociedad de derechos garantizados, que son los fines últimos perseguidos con una sola lista de convencionales.

Por cierto, hay testimonios éticos y políticos que avalan los caminos unitarios. Tiene valor que dos vicepresidentes de la Democracia Cristiana, Carmen Frei Ruiz-Tagle, hija del asesinado Presidente de la República, y Humberto Burotto, expresidente de la FECH, hayan participado del amplio abanico de voluntades que se dio cita en el Congreso.

Tiene valor que la diputada Maya Fernández, nieta del Presidente Allende, hubiera hablado con tanta profundidad y elocuencia del crucial trance en que nos encontramos.

Tiene valor que la senadora Adriana Muñoz, presidenta del Senado, hubiera recordado a las víctimas de la represión política, el precio que el país ha debido pagar por la libertad, la justicia y la dignidad. Como tiene valor el mensaje humanista, sólido y consecuente con todo lo que sido su vida política, de Luis Maira.

¿Cómo desconocer las voces de actores, actrices, músicos, escritores, gestores culturales y directores de cine y televisión que adhieren a la convocatoria de una lista unitaria opositora? De igual manera, no puede ser desatendida, como si se tratara de una liturgia sin mayores consecuencias para el espíritu y para la cultura política de nuestra sociedad, que una tercera parte de los diputados y diputadas —dentro de ella la mitad de la bancada democratacristiana— llamara a la Unidad Opositora Para Vencer Mañana.

Nadie puede ignorar los fríos cálculos de quienes están interesados en defender la Constitución de 1980, el modelo de desarrollo instalado entonces, la democracia semisoberana heredada de aquel acto de fuerza, y las restricciones impuestas al avance de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales. Es el mismo cálculo de Jaime Guzmán para el sistema binominal, reeditado por el ingeniero Pablo Longueira para la constituyente. Según éste, la única misión de la derecha ahora es conquistar un tercio de la Convención, o sea, 52 convencionales, porque ya obtuvo de la oposición la aceptación del quórum de un tercio de la Convención para bloquear las propuestas de la centroizquierda. Y no desoirán el consejo de Longueira la UDI, ni Evópoli, ni el Partido Republicano de Kast. Y aunque lo resista Renovación Nacional, en los próximos días cederá a la unidad de la derecha a instancias del presidente Piñera.

Por el contrario, lo único que tiene que hacer la centroizquierda es maximizar la audiencia y llevar al límite la representación del ochenta por ciento de la ciudadanía que se movilizó a favor del apruebo el 25 de octubre. Dicho de otro modo, lo único que debe hacer la centroizquierda, es un ejercicio de memoria. Recordar el pasado para aprehender el futuro.

Son las raíces las que dan vida a las plantas

Hace cuarenta años, el 11 de septiembre de 1980, se reunió en la localidad de Santander, España, un grupo de líderes, intelectuales y académico latinoamericanos con el propósito de repensar las causas de las derrotas sufridas por la centroizquierda, a fuerza de intervenciones imperialistas, golpes de estado y conflictos entre sus partidos.

Por Chile destacó la presencia del excanciller Gabriel Valdés, el exsecretario general del Partido Socialista, Carlos Altamirano, y el excandidato presidencial de la Democracia Cristiana, Radomiro Tomic. El general Augusto Pinochet acababa de anunciar la Constitución de 1980, mientras el único orador que fue entonces Eduardo Frei Montalva congregaba en el Teatro Caupolicán a la vanguardia política e intelectual de oposición que rechazaba la imposición de la nueva institucionalidad. Fue la primera vez que en el país se habló de una asamblea constituyente.

Aquel era un momento dramático para la defensa de los derechos humanos, para la democracia y para un desarrollo justo y humanista. La Operación Cóndor cruzaba las altas cumbres cordilleranas, las dictaduras corrompían la política, la economía y la lucha militar, empujando a sus pueblos a la guerra, y el neoliberalismo ­empezaba su marcha de desposesión y miseria de la mano de Margaret Thatcher en Inglaterra y la anunciada era Reagan en los Estados Unidos

Pero las experiencias no son transmisibles. No se heredan de una memoria a otra, de una generación a las siguientes, de los viejos a los jóvenes. Aunque queden registros históricos, los errores del pasado vuelven al presente. Hace cuarenta años en Santander, tanto Jorge Arrate como Altamirano, resentían la crisis de la izquierda chilena. Decía Altamirano que la nuestra era una «izquierda fragmentada, destruida por querellas intestinas, dominada por lo que podríamos llamar tres pecados originarios de la izquierda latinoamericana: el dogmatismo, el sectarismo y el subjetivismo». Y la paradoja de semejante crisis era que, no obstante ser ampliamente mayoritarias las posiciones progresistas, democráticas y revolucionarias, las fuerzas políticas que las expresaban no habían logrado encontrar una ecuación unitaria.

«Soy democratacristiano —afirmará Tomic en el preámbulo de su intervención—. Dentro del PDC pertenezco, sin vacilaciones, a la tendencia que piensa que la justificación ética e histórica de la Democracia Cristiana en América Latina, es ser alternativa frente al capitalismo y su sistema de valores y estructuras de poder, que para nosotros son esencialmente anticristianos, antihumanistas y antidemocráticos.»

Con esta enunciación Tomic da cuenta de su propio posicionamiento político dentro del PDC, pero también de una memoria colectiva que año a año, década a década, siglo a siglo, ha sido ignorada, reprimida u omitida para borrar de ella la justificación ética e histórica de la colectividad y, de esta manera, cerrarla al entendimiento con la izquierda.

Prosigue Tomic: «Desde 1966 en adelante la corriente partidaria de un entendimiento con la izquierda para hacer posible la sustitución del capitalismo en Chile, apoyándose en una mayoría decisiva en la base social y a nivel institucional, fue predominante en el PDC chileno y asumió el rol dirigente. En 1966 el Congreso Nacional del PDC aprobó la “vía de desarrollo no capitalista para Chile”; en 1969 la Junta Nacional aceptó por unanimidad, la “unidad política y social del pueblo” como la plataforma política y programática para la elección presidencial de 1970. En 1970, por dos tercios contra uno, la Junta Nacional ordenó a los ochenta parlamentarios DC votar por Allende en el Congreso Pleno; y en 1971, el Ampliado Nacional aprobó por 132 votos contra 7 definir al PDC chileno como “un partido socialista comunitario, pluralista y democrático que lucha por hacer de Chile una sociedad socialista, comunitaria, pluralista y democrática.»

Este domingo 3 de enero, se conmemoran veintinueve años desde la partida de Radomiro Tomic. Su semblanza nos evoca en esta hora crucial para nuestro pueblo, que el sentido y la misión de la colectividad, su identidad profunda, es ser alternativa al neoliberalismo, a los privilegios, a los abusos, a las injusticias que laceran el alma de Chile. Y que enfrentados a esta urgencia, el pretendido atajo del camino propio no es una vía política.

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