Nos matan

¿Qué significa ver? ¿Estadísticas o cuerpos? ¿cifras o barricadas? Gustavo Gatica ha quedado ciego desde 2019, pero puede ver lo que todos los columnistas y expertos del poder no ven. Quienes sufrieron el arrebato de sus ojos, pueden ver justamente lo que aquellos que tienen ojos no pueden ver. Está todo ahí. En la superficie: nos matan. Expresión tan simple como decisiva.


“Se llame religión / se llame nacionalidad / no queremos representatividad
No necesitamos banderas / No reconocemos fronteras
No aceptaremos filiaciones / No escucharemos más sermones”
Los Prisioneros

Dos palabras, sin complejidad, precisas contundentes. Abiertas a tajo abierto, para el cielo las contemple en toda su crudeza. Como el país que no necesita de la CIA para ser estrangulado. Sea por la economía, por la salud, por la política, el país está siendo estrangulado. La oligarquía financiera contrató a Carabineros de Chile como fuerza paramilitar para defender su hacienda de la voluptuosidad disruptiva de la revuelta. Para ellos –los que han estado en lucha, los que han experimentado rabia, para quienes han visto partir a sus seres queridos sin despedirse por Covid 19 o a quienes se les ha disparado a quemarropa mutilándoles sus ojos o los miles que han sido encarcelados sin juicio ni acusación- no hay perdón.

Son responsables de “contagiarse”, de la “violencia”, de ser “pobres” y, en definitiva, de no usar terno y hablar el lenguaje del poder. A ellos les matan, nos matan con la claridad de una luz que ilumina todos los días los crímenes cometidos, con la falta de secreto y pudor del poder, como un mensaje para que los alienígenas lo contemplen desde el espacio exterior la expresión nos matan interrumpe, en medio de la ciudad, la “nueva normalidad” del país. Parte al país en dos con una claridad feroz. Nada que esconder, nada que ocultar, la transparencia del orden contrasta con la oscuridad que acontecía en la dictadura. Todo deviene claro, las grabaciones están, los videos circulan, y sin embargo, por ver tanto, quizás, nos hemos quedado ciegos, dóciles, naturalizando el desgarro de un pueblo hace demasiado tiempo huérfano –“huacho” –como se dice.

¿Qué significa ver? ¿Estadísticas o cuerpos? ¿cifras o barricadas? Gustavo Gatica ha quedado ciego desde 2019, pero puede ver lo que todos los columnistas y expertos del poder no ven. Quienes sufrieron el arrebato de sus ojos, pueden ver justamente lo que aquellos que tienen ojos no pueden ver. Está todo ahí. En la superficie: nos matan. Expresión tan simple como decisiva.

Ni la policía ni los expertos, ni la política ni la economía pueden ver dos míseras letras: nos-matan. No están escondidas, sino en el centro mismo de la ciudad, no están en un código secreto (¿o si?) y menos aún, no están inscritas en alguna profundidad, sino en la superficie. Están ahí. A la luz del día, dos palabras a la intemperie, en el sitio más visible posible que, a su vez, ha devenido el más invisible de todos. Los cadáveres están ahí; las mutilaciones, los presos, los abandonados de Covid 19 están todos ahí.

Nos matan no es una representación. Nadie habla “en nombre de” porque ya no hay profundidad. Nos matan es un gesto, exposición de cuerpos sustraídos de su captura, que resisten a ser gobernados. Nos matan devino el arrojo de mil cuerpos sublevados. Nadie habla y todos a la vez, nos matan es el gesto de una experiencia común. Voz al cielo de una guerra declarada abiertamente por el presidente el mismo 19 de Octubre contra un “enemigo poderoso”. Voz al cielo de un pueblo que decidió hace mucho abrir las coordenadas de un mundo sin paraísos, destituir la “ilusión” de un país que decía estar muy bien, mientras el estrangulamiento iniciaba una nueva fase.

No solo la policía, también los militares declaran abiertamente querer intervenir. Y aquellas que el 8 M escribieron nos matan son calificados de “anti-chilenos”. Quizás, los militares tengan razón. En su propio país, ese que tienen comunidades propias, hospitales propios, pensiones propias, cobre propio, el resto aparece hoy y ha aparecido siempre como un enemigo externo: si el país es la hacienda, el enemigo es aquél que se subleva contra ella, tal como lo hace hoy.

Quizás, es tiempo que nos importe una mierda ser chilenos -¿por qué y bajo qué modelo de “chileno” el discurso militar puede definir qué es o no “ser chileno” cuando ellos mismos usan el uniforme prusiano, cuando ellos mismos han sido formados en EEUU con las Escuela de las Américas, cuando ellos mismos han combatido guerras a favor de potencias extranjeras y en contra del pueblo?

Que los cualquiera se han tomado las calles del mundo sin importar sus fronteras nacionales, haciendo crecer y proliferar sus formas de insurrección, combinando perfectamente la bandera mapuche con la chilena, la bandera palestina con el arcoíris de la LGTB, la mezcla devenida gesto, profanación de los signos del poder por la simbología de la revuelta.

Porque cuando el machito mata a la mujer, el policía al mapuche, las escuelas al pensamiento, las AFPs a los viejos, las Isapres a los enfermos, los bancos a los trabajadores, las Iglesias a los fieles, no necesitamos banderas. Basta con escribir nos matan para destituir la “nueva normalidad”.

Apostilla:

Acaban de “retirar” la estatua del General Baquedano para su “restauración” y bajo justificación humanitaria de garantizar la “seguridad” de las personas que circulan. Retirar al General Baquedano es retirar un nombre que impregnó esa Plaza a la que el pueblo siempre llamó “Plaza Italia” –evadiendo el nombre militar- para terminar por apropiársela en la forma de Plaza Dignidad. El “retiro” de la estatua es, en el fondo, el “retiro” provisorio del régimen –y por tanto, un triunfo de la revuelta- bajo cuyas sombras y en plena superficie de ardiente cemento, emerge nos matan. Pero el “retiro” no es para siempre. Volverá “restaurada”. Como si fuera el signo del “retiro” circunstancial del Pacto Oligárquico de 1980, la estatua, quizás vuelva como el dispositivo de glorificante del “retorno” del nuevo Pacto Oligárquico que brote de la nueva escena constitucional. El régimen depende de Baquedano, pero el pueblo no. A pesar de todo, la imaginación popular seguirá llamando a este lugar Plaza Dignidad. El retiro de la estatua solo confirma la radical destitución del nombre.

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