No solo ganó Boric, también ganó el futuro de la izquierda

¿Por qué ganó realmente Gabriel Boric estas significativas elecciones al interior de Apruebo Dignidad? Hay muchas teorías serias al respecto que se alejan de las ya mencionadas. Algunos apelan a la juventud, a la frescura y sobre todo al tono de su franja, el que arrancaba del sufriente y lloroso de la de Jadue. Pero tal vez lo principal está en algo que algunos sectores se niegan a ver: la comprensión del contexto y la ciudadanía que habita el país.


           

Muchos análisis se hacen sobre los resultados de las primarias presidenciales del domingo recién pasado. Mientras unos buscan boicots para no mirar sus defectos y gravísimos errores, otros celebran el surgimiento de la juventud, de una forma de entender la política y el futuro inmediato de nuestra historia nacional.

El jaduismo quiere encontrar la respuesta a su fracaso en las llamadas comunas del Rechazo, pero las cifras en todo Chile hablan de un fenómeno más interesante que la conspiración carente de sustento real. Si bien Daniel Jadue realizó un acto de responsabilidad política notable al reconocer las falencias de la campaña que encabezó, quienes votaron por él no pueden creer que el destino se les haya arrebatado de las manos; no saben por qué, si todo estaba listo para que el candidato “venciera y fuera hermoso”, el esperado paraíso no abrió las sus puertas para que pudieran entrar.

Lo bueno para la izquierda es que el Partido Comunista ha tenido peores momentos que enfrentar en su historia, por lo que es de esperar que lo que viene sea afrontado con madurez y alejándose de las expectativas de quienes solo compartieron con la colectividad un candidato y no así su trayecto vital.

¿Por qué ganó realmente Gabriel Boric estas significativas elecciones al interior de Apruebo Dignidad? Hay muchas teorías serias al respecto que se alejan de las ya mencionadas. Algunos apelan a la juventud, a la frescura y sobre todo al tono de su franja, el que arrancaba del sufriente y lloroso de la de Jadue. Pero tal vez lo principal está en algo que algunos sectores se niegan a ver: la comprensión del contexto y la ciudadanía que habita el país.

A diferencia del alcalde de recoleta, Gabriel Boric le habló a ciudadanos que conoce no solo porque marchó con ellos, sino también porque creció en su mismo país. Pero también logró convocar a cierto progresismo mayor a él, porque entendió que hay una tradición cultural y política que, sin que ellos mismos se den cuenta, los une. Hay personajes como Salvador Allende que le hacen sentido a muchas de esas generaciones, ya sea porque algunos lo conocen en poleras, porque otros lo encontraban un placer prohibido en los ochenta y en los noventa, o bien porque lo escucharon en vivo y en directo en plena Unidad Popular.

Por esto la parte final del discurso del candidato de Apruebo Dignidad fue tan relevante para entender lo que viene hacia adelante. Al citar a Allende y cambiarle algunas partes al discurso final del fallecido presidente, quedó claro que se entendía mejor que la candidatura del PC que la sociedad chilena no es la misma de los setenta precisamente por los cambios que la mal llamada “modernización capitalista” ha introducido en quienes vivimos acá. Y es que parece de una torpeza intelectual enorme creer que luego de tamaña transformación de formas de vidas, de incertezas, de prioridades y de miedos, Chile siguiera creyendo que la solución era la misma épica de la revolución con vino tinto y empanada. Ni si quiera el compañero Presidente hubiera pensado algo tan errado, me atrevo a creer.

¿Qué quiere decir todo esto? Simple, que se está repensando la izquierda y que este replanteamiento no tiene por qué partir solo de la nostalgia de la UP para alejarse de lo que algunos llaman la “traición concertacionista”. Hay un gran espacio entremedio de esas dos opciones que es la construcción de una nueva historia sin olvidar las raíces, las luchas, los errores y los aciertos del pasado, sino nutriéndose de ellos para que lo que viene no sea solo un recurso retórico interminable debido a que nunca llega, sino una realidad concreta.

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