No es chantaje exigir que el Estado cumpla con su obligación

¿Es lo que piden desde la vereda contraria a La Moneda un chantaje? No. Es el ejercicio de lo político. Es, bien o mal, entender que para afrontar situaciones críticas como la actual se requiere que el aparato público cumpla con su labor fundamental: garantizar que quienes lo conforman, es decir los ciudadanos, tengan certezas en momentos de tanta incertidumbre.   


Según el ministro vocero de gobierno, Jaime Bellolio, la exigencia de la oposición de aumentar las “ayudas”- mala palabra para un deber del Estado- a cambio de la aprobación de la postergación de las elecciones constituyentes, sería un chantaje feo, casi horrendo, como si el tema en cuestión se tratara de ellos y no de cómo se aborda el futuro inmediato de un país. Muy característico de una estructura gubernamental en que todo gira en torno a complacer los serios problemas emocionales del presidente.

Luego de estas declaraciones, obviamente vinieron de parte de los sectores opositores un sinfín de reprimendas a lo dicho por la voz del gobierno. En cambio, de parte de miembros del oficialismo esta exigencia opositora fue condenada casi moralmente, como si la política no se tratara de una constante contraposición de pareceres, conveniencias y visiones de la sociedad que deben llegar a un cauce efectivo para lograr una civilizada gobernanza.

¿Es lo que piden desde la vereda contraria a La Moneda un chantaje? No. Es el ejercicio de lo político. Es, bien o mal, entender que para afrontar situaciones críticas como la actual se requiere que el aparato público cumpla con su labor fundamental: garantizar que quienes lo conforman, es decir los ciudadanos, tengan certezas en momentos de tanta incertidumbre.

Creer que el Estado no tiene un deber supremo con quienes lo integran, es no comprender en qué consiste la República. Es no tener una noción lo suficientemente acabada de lo que es la democracia.

Si uno ve las reacciones del poder en general, puede percibir que esta noción no está clara. Al contrario, se alega la existencia de “ayudas” como si eso fuera suficiente; como si gobernar un país se tratara de desembolsar un monto caritativo de parte de quienes no tienen la obligación de hacerlo. Y lo cierto es que no.

Existen obligaciones que no deben ser reducidas a un asunto moral o a la manoseada empatía, que es como la caridad de los sentimientos, sino a algo más profundo que es motivo por el que vivimos juntos y formamos parte de un lugar en el que nuestros derechos y nuestros deberes son parte de nuestra relación con el otro. Y eso es urgente ponerlo sobre la mesa al momento de tomar decisiones al plazo que sea.

Por esto es que sentarse y construir una medida contundente, que pueda establecer las certezas necesarias, es primordial no solo para enfrentar la cuarentena, sino también para que tengamos conciencia real de que vivimos en una sociedad. De lo contrario, solo seguiremos fortaleciendo conceptos lejanos al corazón de lo común, como es la caridad.

Un gobierno serio, aunque ciertamente este no lo es, debe poner en el centro de su actuar la ratificación de ese corazón. Pero para eso debe tener una concepción maciza de lo que es la ciudadanía y el ciudadano. Cuestión que hoy es compleja, debido a que, luego de años de destrucción de lo público, incluso los ciudadanos no tienen conciencia de tales.

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