No basta solo con la paridad: la representación feminista en la redacción de la Nueva Constitución

Foto: Agencia Uno

Las diferencias políticas y de clase marcan la diferencia en la confección de una Nueva Constitución, ya que es necesario que el debate sea liderado por una perspectiva feminista en materias de seguridad social, educación, salud, vivienda, derechos sexuales y reproductivos, igualdad de género, medioambiente, entre otros. Mientras más expuesta quede la discriminación interseccional que sufrimos las mujeres en Chile, con más fuerza se podrá disminuir la brecha.


Hace un mes nuestro país fue protagonista de un plebiscito histórico para cambiar la constitución de 1980. Un contundente 79% contra un 21%, que se transformó en el eslogan del 80 contra 20, fue el primer clavo para el ataúd de un modelo económico, político y social heredado de la dictadura. Con este resultado, además de dejar en evidencia la ilegitimidad de la constitución actual, se abre la puerta al cambio constitucional con una hoja en blanco. Sin embargo, esto es solo el inicio de un largo camino para la redacción de una nueva constitución, su ratificación, la entrada en vigencia y readecuación de los cuerpos legales en base a la nueva  constitución.

Uno de los debates que se ha ido instalando durante este proceso constituyente, particularmente por organizaciones sociales y activas feministas, dice relación con la perspectiva de género y los derechos de las mujeres en torno a esta nueva carta fundamental. Lo anterior fue una de las principales razones por las cuales se logró aprobar la paridad de género en la convención constitucional, convirtiéndose nuestro país en la primera experiencia constitucional en tener una asamblea encargada de redactar una nueva constitución completamente paritaria. En este sentido, ahora la discusión se traslada no solo a los contenidos sino que también a las candidaturas y las mujeres que se postulan para redactar esta nueva constitución.

En base a lo anterior, es importante tener ciertos planteamientos generales para abordar esta situación. En primer lugar, señalar que las mujeres hemos estado relegadas a lo doméstico, a lo reproductivo y a lo no remunerado, no es un nuevo descubrimiento. Por años nuestra incidencia en la sociedad fue silenciada -en el anonimato incluso- ya que no teníamos derecho a participar ni mucho menos a un lugar seguro para llevarlo a cabo. Sin embargo, al día de hoy las mujeres nos posicionamos en otros escenarios de disputa, todos ellos originados desde la más sincera necesidad para abrir paso a las que vendrán después. Y en ese camino, aún queda bastante por seguir forjando.

En segundo lugar, organizarse es un privilegio y es uno reservado para los hombres. En nuestra realidad, las mujeres estamos sometidas a dobles o triples jornadas laborales: el trabajo remunerado (1), las labores de cuidado no remuneradas ni reconocidas (2) y la organización o participación política (3). En este contexto, los tiempos para que las mujeres seamos parte de las discusiones son siempre más acotados, teniendo que realizar simultáneamente las tareas que el modelo nos impone.

Así, las posibilidades de que en este nuevo desafío constituyente sean las cuidadoras, dueñas de casa, empleadas domésticas o estudiantas quienes participen en los espacios deliberativos o de discusión, se reducen considerablemente si se compara con la comunidad masculina. Por lo mismo hemos podido ver como en el debate, ha existido una sobrerrepresentación masculina en relación a las candidaturas.

Para amainar esta dolencia es que se ganó una Convención Constitucional paritaria, mecanismo que permitirá corregir la brecha estructural que ha dejado históricamente a las mujeres fuera de las grandes decisiones institucionales. Pero no basta con tener paridad si los escenarios siguen siendo masculinizados y hostiles para nosotras: debemos seguir empujando el cerco hacia una verdadera elegibilidad, no tan solo correcciones del sexo subrepresentado.

Los incentivos para mujeres en política se han quedado solo en pequeños ajustes de listas o en aumentos mínimos de visibilización, lo cual nos ha posicionado como quienes “usurpan el poder” y el privilegio de estar allí, como si no tuviéramos derecho de disputar aquello que les ha pertenecido a los hombres por tanto tiempo. Y, cuando ostentemos dicho poder, debemos insistir en que la perspectiva de género no quede relegada solo a “los asuntos de las mujeres”, sino que debe ser entendida como la única clave para observar, diagnosticar y legislar en favor de un futuro feminista.

Ahora bien, teniendo asegurada la participación y representación de las mujeres en la redacción del nuevo pacto social, sigue quedando una labor aún más importante: ¿quiénes serán aquellas que nos representarán en el hemiciclo constituyente? Y aquí empezamos a hilar más fino, pues urge que sean las voces de las luchas históricas y de las organizaciones feministas que colmaron las calles desde la revuelta popular las que puedan sentarse a construir nuestra Carta Magna.

Las diferencias políticas y de clase marcan la diferencia en la confección de una Nueva Constitución, ya que es necesario que el debate sea liderado por una perspectiva feminista en materias de seguridad social, educación, salud, vivienda, derechos sexuales y reproductivos, igualdad de género, medioambiente, entre otros. Mientras más expuesta quede la discriminación interseccional que sufrimos las mujeres en Chile, con más fuerza se podrá disminuir la brecha. Hoy más que nunca no da lo mismo por quién votar, sobre todo con la regla de los ⅔ que se debe alcanzar para aprobar las disposiciones jurídicas que se incorporarán a la constitución.

Se avecinan fechas importantes, puesto que las listas que se inscriban para convencionales Constituyentes deberán contar desde su confección con criterios de paridad. Tanto los partidos como las listas de independientes tienen un desafío para dejar los criterios masculinizados de la política tradicional y garantizar que las mujeres no sean incorporadas solo para cumplir con los requisitos formales de paridad sino que también tengan la posibilidad de ser electas.

Por lo mismo, es crucial que el orden de prelación vaya en beneficio de las caras feministas que disputan el poder en torno a una construcción colectiva. Una vez terminada esa etapa, será la votación del 11 de abril la que nos permita defender y posicionar a nuestras compañeras, ya que fuera de la Convención no nos quedaremos.

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