Mutaciones de los territorios Arquitecturales: Conservadores, liberales y Neoliberalismo

Mutaciones de los territorios Arquitecturales: Conservadores, liberales y Neoliberalismo

Una escuela de arquitectura de la Universidad de Chile, pública por excelencia, hija de la Escuela Politécnica de Paris, hereda de la formación de futuros arquitectos, desde los talleres del instituto nacional, con profesores traídos desde Francia que formaron los primeros arquitectos forjadores del gran aparato pensante de los problemas de la urbanística, el territorio y las arquitecturas como un problema programático técnico. Es necesario escarbar más en las figuras producidas por la escuela de la Universidad de Chile por cuanto aun es difícil encontrar arquitectos reconocidos en el extranjero. Todo ello tuvo un impulso adicional con la oferta arquitectónica del Estado entre 1938 y 1970.  

Los territorios arquitecturales conservadores y liberales se han transformado bajo la fluidez de las mercancías y la velocidad de la producción. Dado su peso histórico los territorios conservadores han dejado trazas y huellas dada su composición matricial, confinadas, clasistas pero integradoras. Tal composición conservadora territorial/arquitectural nos presenta formas riquísimas en su importación de recursos religiosos y divinos, en sus iglesias, conventos, capillas, cementerios. Una muy rica y variada estilística en sus monumentos y decoraciones, en escuelas, colegios, clubes, cines, parques. En nuestro caso, la escuela de arquitectura de la iglesia católica, emplazada en un convento, permitió el nacimiento de la arquitectura heredada de la escuela de bellas artes de París, con una impronta formativa desde donde se desprenden grandes arquitectos como Fabio Cruz, Alberto Cruz, Fernando Castillo Velazco y Alejandro Aravena Mori entre tantos otros.

Llama la atención la dispendiosa lista de arquitectos connotados que provienen de esta escuela y su legado, como la facultad de arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso. El lugar que abrazó esta escuela siempre estuvo ligado a la concepción de la arquitectura como un objeto proyectual desde las artes antes que desde la técnica, capaz de hacerse cargo de sostener una prolífica producción arquitectural, no así de los grandes problemas de la ciudad y el hábitat. Es en esto último donde el cisma lo provoca el premio Pritzker Alejandro Aravena Mori quien hace para sí el problema de la vivienda social y es incluso citado en una obra de Keneth Frampton. La cultura agrario-conservadora en los territorios rurales, en sus arquitecturas, hereda el «imaginario hacendal» del campesinado, le da hábitat a él y su familia, lo vigila y educa cual padre y así mismo lo castiga en un ejercicio decimonónico. Haciendas y hacendados se configuran en esas ricas arquitecturas de nuestro pasado colonial de origen andaluz, las que nos importa el soberano otrora monarca español. Y es que los haraposos rurales confinados a la expulsión del paisaje hacendal vivían en esa tierna y bucólica vivienda rural de nuestra extensa zona central.

Ahora bien, la cultura laico-liberal (1920) nos abre hacia lo moderno bajo una oferta de «arquitectura estatal»; debido a esta inflexión histórico-cultural comienza el creciente ciclo de la ciudad-mercancía. La nueva visualidad de territorio arquitecturales comprende «tramas inquietas», que persiguen enlazar territorios lejanos para encadenar producción y mercancía en unos territorios que aún abundan en costumbres y tradiciones que imposibilitan la explosión artística en los ricos ejercicios de expresión moderna. Así fue el caso de grandes trazadores e intermediarios entre la cultura conservadora y liberal como Benjamín Vicuña Mackenna a quien debemos el primer plan que dibuja el centro de Santiago, su «cinturón de hierro» donde transitan trenes con los productos que entran para hacer fluir las mercancías. Un Intendente liberal de costumbres conservadoras como la de castigar a los yunteros, gañanes y jornaleros desde su caballo para recordarles la velocidad de su empresa. Un intendente que actuaría como intermediario entre el «villorrio santiaguino» y la metrópolis que avizorarían los tiempos de la sociedad burguesa y que nos prometía total emancipación de los otrora empresarios y hacendados. Solo el tiempo les otorgaría la total sin razón en sus promesas sociales y la razón en el progreso expuesto por las explosiones modernas.

Por su parte los liberales vienen a trazar arquitecturas de hoteles en formas de barco, así como viviendas funcionales como núcleos reproductores de familias proletarizadas. Una escuela de arquitectura de la Universidad de Chile, pública por excelencia, hija de la Escuela Politécnica de Paris, hereda de la formación de futuros arquitectos, desde los talleres del instituto nacional, con profesores traídos desde Francia que formaron los primeros arquitectos forjadores del gran aparato pensante de los problemas de la urbanística, el territorio y las arquitecturas como un problema programático técnico. Es necesario escarbar más en las figuras producidas por la escuela de la Universidad de Chile por cuanto aun es difícil encontrar arquitectos reconocidos en el extranjero. Todo ello tuvo un impulso adicional con la oferta arquitectónica del Estado entre 1938 y 1970.  

Sin duda el afán privatizador del marketing encontró ecos en la escuela de arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Y de aquí se desprenden, vía desmembramiento post dictadura, diversas escuelas de arquitectura, las que fueron semilla de un gran «batallón de reserva» para dar cuenta de los problemas reales del territorio, la urbanística, el problema de las arquitecturas habitacionales y de equipamiento público. Es quizá este ultimo «cisma» el que se pudiera trabajar como tesis en lo problemático de las escuelas de arquitecturas de la Universidad de Chile, que hasta ahora trabajan en reclutar los mejores arquitectos para contener las irrefrenables fuerzas del arte y amansarlas mediante el uso de la razón pura.

Las fricciones liberal-conservadoras en el territorio arquitectural han devenido en pugnas por el control de los espacios y el sometimiento de los cuerpos. Ya en el siglo XIX fue el cisma de 1891 entre un congreso de banqueros y empresarios conservadores, contra un presidente liberal como José Manuel Balmaceda, que obligó a repensar las categorías territoriales. Son las ciudades liberales-Fordistas las que actúan como acto quirúrgico en la ciudad de Santiago. La transforman en un pequeño territorio de experimentación donde las vías de circulación económica se abren hacia lo que otrora fueran vías de transporte terrestres en forma de trenes y tranvías, para abrir y diseccionar la ciudad con trazados amplios, aptos para la velocidad del consumo y necesaria circulación mercantil, a través de la expansión de trenes por gran parte del territorio nacional. Esto desde un «proyecto expansionista» nunca antes visto, al compas de las primeras creaciones de una nueva carta magna en 1925, la que acompañada de la creación de un paquete legislativo abre paso a la regulación de las viviendas de obreros y campesinado en éxodo hacia la metrópolis.

Es aquí la paradoja de una «voluntad estatal» expansionista pero con bajo incentivo en la configuración de polos de desarrollo regional, la que acompañada de la falta de sincronía de las políticas de regulación territorial, posibilitan en años posteriores, en pleno gobierno militar de la década del setentas y ochentas, diseñar modelos de planificación entre regiones, y antes en la década del sesenta la creación del primer plan metropolitano que pensara Santiago como un lugar de crecimiento hasta el anillo Américo Vespucio. Este plan elaborado por los arquitectos y urbanistas de la Universidad de Chile, recién titulados, Juan Honold Dünner y Pastor Correa Prats, en sincronía con el plan de tren subterráneo que atravesará toda la ciudad, elaborado por el Arquitecto de misma universidad, Juan Parrochia Beguin, después de varias otras propuestas llevadas al Estado a través de su Ministerio de Obras Públicas.

Décadas más tarde el neoliberalismo es la «eclosión por excelencia», empujada por la junta militar vía decretos con fuerza de ley, las que arquitecturizan una ciudad expansiva, financiera y especuladora de alta apertura al comercio internacional. Esto último fue el pivote que permitió la exponencial circulación de mercancías, a través de los territorios de la renta infinita. Aquí los sujetos en todo el mapa nacional configuran polos de desarrollo gravitatorios en forma de grandes ciudades interurbanas como fueron Valparaíso/Viña del mar, Concepción/Talcahuano, Coquimbo/La Serena y ciudades medias como Rancagua, Antofagasta y Punta Arenas entre otras.

En los años 70′ el Metro de Santiago es el plan de tren subterráneo que proyecta la metrópolis neoliberal o laboratorio de experimentación, el que augura inocentemente un proyecto que será usado por la clase política y económica del país para sus propios fines, fines que hoy si bien se ven plasmados como elemento de plus valor a los bienes inmuebles, localizados en las cercanías de estos nodos viales, no es menos cierto que la inauguración de estaciones subterráneas han servido a la validación política de alcaldes, intendentes y presidentes de turno.

Uno de los arquitectos creadores de esta mega planificación, de gran alcance temporal y territorial, tanto epistémico como político, es el abogado gremialista Jaime Guzmán Errázuriz, quien acompañado por el Economista Milton Friedman, más un selecto grupo de ingenieros de la Universidad Católica, formados en Chicago, influyeron en la ahora explosión total de neoliberalismo. Hoy son los Harvard Boys, representados por el Doctor en Economía de la Universidad de Harvard, hoy Presidente de la Republica, Sebastián Piñera Echenique, quienes proyectan la especulación del territorio y que han dado lugar a múltiples observaciones ciudadanas.

Estos trazadores de la arquitectura que nos da hábitat, más la episteme que nos da envoltura, nos ha entregado un laboratorio de experimentación neoliberal en constante pugna con el Estado, más, la población que se resiste y también se amansa. Habitantes liberales o libertarios que desde el campo de la ciudad post moderna o disidente administran un relato visual de la ciudad. Ello mediante formatos y arquitecturizaciones de estilo glonacal, centros comerciales de alto estándar, que devienen en mejores urbanizaciones y conectividad, son un alto atractivo para este sujeto que habita la metrópolis. Ello incidió en la expulsión de la gran masa proletaria a poblaciones marginalizadas y de alto hacinamiento para facilitar las imágenes que buscaba proyectar el discurso modernizador (1976/1990) .

En cambio a fines de los años 70′ los centros urbanos financieros del gran Santiago y sus interurbanizaciones del plan nacional regionalizado abre un territorio tentacular como hibrido, rizomático y complejo, de sujetos yuxtapuestos y contradictorios. De amplios campos y paisajes subsidiarizados por el Estado, en post de la solución al problema habitacional, el que privatiza la auto explotación agrícola y minera, no exenta del reclamo de sus habitantes derivado de la dañina extracción de recursos medio-ambientales, mismos sujetos que exigen mayor crecimiento económico, mas empleo y mayor acceso al consumo.

Es la episteme neoliberal que nos arquitecturizaron y que aun nos gobierna la que nos empuja a un litigio  incesante por la cualidad y la cantidad. Con todo, los territorios arquitecturales han devenido en diversas formas de especulación territorial y hoy se nos presentan con total incerteza en un proyecto fallido, el cual requiere una profunda revisión. Lo que antes dejamos de ver, hoy se nos  revela mediante redes digitales globales con sus nuevas tecnologías de la información y la comunicación en versión 3.0.

Sobre el Autor

Mauro Salazar J. y Raúl Vergara R.

Mauro Salazar J. Sociólogo y Raúl Vergara R. Arquitecto.

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