Mujer y arte: El difícil camino de las artistas chilenas

No es fácil ser mujer en un mundo machista y es más complicado serlo en el ambiente del arte, donde por años se ha invisibilizado la labor de las creadoras. A ellas, les ha costado mucho más destacarse, exponer y, sobre todo, ser reconocidas.


La artista francesa Clara Filleul (1822-1878) llegó a Chile a mediados del siglo XIX acompañando al también pintor Raymond Monvoisin. Acá, como su asistente, le colaboró con los retratos que éste  realizó a miembros de la elite de la época y hasta es probable que ella fuera la encargada de concluir muchos de sus numerosos encargos.

Clara, una joven de tez pálida, cabello oscuro y finas facciones tenía mucho talento. En Chile pintó con destreza retratos de damas y caballeros de la alta sociedad y algunos personajes populares como también dibujó la ciudad. Su habilidad no terminó ahí, ya que además se hizo conocida como autora de narraciones para niños, ilustraciones y, en Francia, como iluminadora de fotografías.

A pesar de todo esos dones y de sus impecables obras pictóricas, en las que destacan Guasa y Retrato de Doña Josefa Pinto Díaz de Valledor, entre muchísimas otras, la historia del arte nacional no le ha dado el sitial que merece. Ganó salones, expuso varias veces y se publicaron sus narraciones, pero a Filleul, aún en la actualidad, la subordinan al nivel de “ayudante y quizá amante” de Raymond Monvoisin.

Retrato de Doña Josefa Pinto Diaz de Valledor, obra de Clara Filleul

Casos de injusticias hacia las artistas hay miles en la historia del arte mundial y Chile para nada es la excepción. “Discriminaciones como éstas tengo 500 ejemplos que levanté en mi libro Modernas. Historias de mujeres en el arte en Chile (1900-1950)”, dice la curadora del Museo Nacional de Bellas Artes, Gloria Cortés, quien destaca especialmente la figura de la pintora, escultora, ilustradora y educadora Laura Rodig (1901-1972). La experta señala con convicción que como estos dos casos, hay cientos.

“Laura Rodig fue una artista tremendamente comprometida con las luchas de su tiempo, incluido el derecho a voto y el aborto para las mujeres trabajadoras. Era una docente extraordinaria, iniciadora de las áreas de mediación en los museos y funcionaria del propio Museo Nacional de Bellas Artes hasta su muerte. No se realizó una muestra monográfica de su obra hasta 2020, ninguna sala lleva su nombre a pesar de su relevancia, sus obras circulan a precios irrisorios y ha sido muy devaluada por la crítica.  Sin embargo, fue una artista reconocida por un grupo de intelectuales de los años treinta, donde participó a la par de sus contemporáneos”.

Gloria Cortés
Maternidad, obra de Laura Rodig

La curadora manifiesta que en el Museo Nacional de Bellas Artes “hemos publicado varias veces las cifras de las colecciones en diversas publicaciones y exposiciones, trabajo que levantó Nicole González, quien entonces era investigadora del área de colecciones. El número de obras de mujeres es de un 11% comparable al mismo 11% de artistas desconocidos. Más de un 80% ingresó por donaciones de las propias artistas”.

Asegura, además, que en los últimos dos años, la entidad del Parque Forestal ha incorporado un criterio de género en las adquisiciones de obras y por ello, el número de firmas femeninas ha aumentado levemente.

“Lograr una paridad es casi imposible. Muchas de las obras de las artistas se perdieron, no sabemos dónde están y apenas tenemos referentes en notas de prensa. Una parte de la producción de mujeres está completamente inubicable. La sociedad se perdió la oportunidad de integrar a sus vidas y experiencias la creación de imágenes de un cuerpo político que es el femenino o el feminizado”.

Gloria Cortés

Camino pedregoso

Al parecer, desde un principio las cosas se dieron difíciles en el ámbito del arte para las mujeres. Según la curadora, hay catastradas más de 400 artistas que participaron en los salones y exposiciones nacionales o fueron mencionadas en catálogos desde fines del siglo XIX hasta mediados del XX. Algunas de ellas, resultaron ganadoras de premios oficiales, fueron maestras y comisionadas para encargos del gobierno, pero aun así “han sido medianamente mencionadas por la historiografía y reconocidas en bloques. Ellas constituyeron un cuerpo de obras no siempre incluidas en la plástica nacional. La mayoría de estas artistas son, definitivamente, sujetos ausentes”, describe la experta.

La historiadora del arte ha investigado por una década el tema de la exclusión femenina en el arte, lo que hoy le permite asegurar que “hay un sistema que facilitó esa exclusión en su inscripción historiográfica, pero hubo escenas no necesariamente consideradas por la historia que conocemos, que permitieron el desarrollo de generaciones de mujeres artistas que exhibieron, vendieron sus obras, ganaron medallas, accionaron política e intelectualmente desde diversas perspectivas”, puntualiza.

No incorporar a estas artistas en los relatos historiográficos ha sido para Gloria Cortés un asunto político, “por no responder necesariamente al concepto de canon y destreza academicista que evalúan los críticos y las instituciones de validación hasta nuestros días”. Esa injusta realidad, incidió en la circulación de sus obras, en formar parte de las colecciones, en insertarse en un mercado de arte, entre otras muchas cosas. A la vez, destaca que existió un aparataje crítico, “como el del escritor y periodista Augusto D’Halmar, que desde esa complicidad disidente, permitió la promoción de mujeres al interior de círculos menos normados”.

“El concepto de genio sigue siendo masculino. Las redes intelectuales eran mayoritariamente masculinas. Las direcciones de museos eran y siguen siendo masculinas. Había todo un soporte institucional liderado y accionado por hombres que además tenían el poder de la palabra, la vocería pública y el de ser considerados ciudadanos”.

Gloria Cortés

Celia, Aurora, Magdalena…

Aunque son centenares las mujeres que crearon durante los inicios del arte nacional, hay muchas de ellas que a pesar de sus talentos innegables, no solo no tuvieron los reconocimientos que merecían sino que, además, fueron presentadas como alumnas de algún destacado maestro varón.

A Clara Filleul, se le suman Luisa Lastarria, hija de José Victorino Lastarria y alumna de Juan Mochi, que expuso, ganó medallas pero poco se la nombra. Con Celia Castro (1860-1930) pasa algo parecido, ya que esta artista que mantuvo su taller en Valparaíso, ganó una medalla en la Exposición Universal de París celebrada en 1889 y una beca del gobierno para estudiar en Europa. Es considerada la primera pintora profesional chilena y su imponente obra incluye retratos, paisajes y naturalezas muertas.

Entre sus trabajos más conocidos están Las playeras y La poda, pinturas que destacan por su temas locales y la delicada factura. Aún cuando debería brillar con luces propias, las reseñas siempre recalcan que fue alumna de Juan Francisco González y la estudiante más aventajada de Pedro Lira.

La poda, obra de Celia Castro

Dos casos emblemáticos de imperdonable postergación son los de Aurora y Magdalena Mira, hermanas que desde muy jóvenes ganaron importantes galardones en los salones oficiales y fueron nombradas por prensa de la época como verdaderos talentos. Mientras Magdalena (1859-1930) pintó retratos de hombres y mujeres, algunos de ellos populares, Aurora (1861-1939) prefirió la frescura y el colorido de las flores.

Lamentablemente para el arte, las hermanas supeditaron la pintura a sus obligaciones como esposas y madres, y como nunca necesitaron vender sus obras, éstas se repartieron entre amigos y parientes, lo que las hizo muy difíciles de ubicar. Aún así, el Museo Nacional de Bellas Artes posee en su acervo Ante el caballete y La viuda, dos importantes trabajos de Magdalena y Flores y frutas, de Aurora.

Ante el caballete, obra de Magdalena Mira

Todas ellas pertenecieron a una élite, por lo que pudieron acceder a lecciones de arte y exponer sus obras en salones, pero aún así se las confinó a espacios privados. La crítica las trató casi como aficionadas que “embellecían su vida con la pintura”, como lo puede hacer el bordado y otras manualidades.

Otro nombre que es importe nombrar son los de Albina Elguin (1871-1896), que a pesar su muerte prematura alcanzó a mostrar su destreza en cuadros como Cambio de fortuna y Cerros de Valparaíso. También murió joven Elmina Moisan (1997-1938), integrante de la famosa Generación del 13.

Cambio de fortuna, obra de Albina Elguin

Una de las pocas que logró respeto y la admiración que merecía fue Rebeca Matte (1875-1929), escultora que estudió en Europa y fue nombrada profesora Honoraria de la Academia de Bellas Artes de Florencia en 1918, distinción que se dio por primera vez a una mujer extranjera.

Además, se le encargó grandes esculturas urbanas como el Monumentos a los Héroes de la Concepción, ubicado en el bandejón central de la Alameda y Unidos en la gloria y en la muerte, en el frontis del Museo Nacional de Bellas Artes.

Eterna relegación

Entrado el siglo XX, la situación para las artistas nacionales no mejoró. Aunque el Premio Nacional de Arte se creó en 1942 y se entregó por primera vez en 1944 a Pablo Burchard, recién en 1970 se le otorgó a una mujer, a la escultura Marta Colvin. Hasta la fecha, el galardón ha reconocido a 28 artistas plásticos, de los cuales solo seis han sido mujeres.

A Marta Colvin, le siguieron Ana Cortés (1974), Lily Garafulic (1995), Gracia Barrios (2011), Roser Bru (2015) y Paz Errázuriz (2017). Cuando le fue otorgado su merecido premio a Garafulic, ella afirmó en una entrevista que el galardón se lo merecía por su inmensa y contundente obra y su trabajo docente, pero aún así sentía “que me llegó tarde”. Para esa fecha, esta creadora, que se formó tanto en Chile como en el extranjero, tenía 80 años.

El doctor en Historia del Arte y director de la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales, Ramón Castillo, también afirma que las artistas sufren una injusta postergación. “Ellas han tenido que cumplir muchos requisitos para ser reconocidas. El hombre, en cambio, ha podido vivir su genialidad y ser un irresponsable en otros asuntos. Por eso, lamentablemente, los reconocimientos han llegado tarde para ellas”.

A la que nunca le llegó el codiciado Premio Nacional fue a la pintora, escultora y artista visual Matilde Pérez (1916-2014). Ella fue acreedora durante su prolífica carrera de importantes becas y  una de ellas, le permitió investigar sobre el arte cinético en París con grandes firmas de esa corriente. Además, se destacó como docente y formadora de generaciones de artistas.

Construcción Maderas N20, obra de Matilde Pérez

“Con un grupo de profesionales y familiares la postulamos ocho veces al premio. Ella sabía que no se lo iban a dar porque su nombre no estaba en el horizonte de las autoridades que lo otorgaban”, recuerda Castillo, quien añade que esta artista fundamental en la historia de la plástica nacional “fue una mujer aguerrida que logró construir su voz luchando contra lo que tenía al frente”.

El docente destaca especialmente el caso de Henriette Petite (1894-1983), de quien lamenta que “a pesar de tener mucha fuerza expresiva y potencia intelectual, la pasó bastante mal ya que tuvo la condena habitual que se le da a las mujeres geniales, que es tildarlas de locas o histéricas”.

Dos desnudos, obra de Henriette Petit

“Fue una pintora que rompió muchos esquemas, que se formó en París, integró en grupo Montparnesse y que su belleza y su atractivo intelectual la hicieron ser la musa de varios artistas como Pablo Vidor, Laureano Guevara y Juan Francisco González. Ella fue convertida en una especie de mito, pero su obra no tuvo mayor trascendencia porque debió vivir a la sombra de su marido, el pintor y director del Museo Nacional de Bellas Artes, Luis Vargas Rosas”.

Ramón Castillo

El experto también rescata a Elsa Bolívar (1929-2021), la artista geométrica, que perteneció a los grupos Rectángulo y Forma y Espacio. “Ella tuvo su propia mirada y línea de investigación. Era clara respecto a sus convicciones y al tiempo histórico que le tocó vivir. Cuando falleció, en abril pasado, solo se escribieron unas cuantas palabras en un suplemento”, se lamenta el director de carrera que aprovecha de nombrar a Carmen Piemonte (1930), una de las primeras pintoras abstractas de Chile.

Gallo caracol, obra de Elsa Bolivar

Panorama actual

Ramón Castillo cree que, lamentablemente, en la actualidad aún existe ese difícil escenario para las artistas chilenas debido a que “las estructuras son las mismas y los cambios concretos son más lentos que las revoluciones en el pensamiento. Aunque sí me parece que ellas tienen más herramientas, son más conscientes de su género y saben poner en palabras las situaciones que enfrentan”, añade y puntualiza que a diferencia de lo que ocurría con las generaciones pasadas, las actuales cuentan con mujeres que escriben sobre ellas.

“Antes, la crítica estaba dominada por hombres, mientras que en la actualidad existen más firmas que visibilizan el trabajo de sus congéneres. Ana María Risco, Josefa de la Maza, Catalina Valdés y Andrea Jösh son algunas de las que ponen una mirada distinta y necesaria”.

Ramón Castillo

Por último, Gloria Cortés hace notar que desde el Bellas Artes se han realizado varios procesos de autocrítica al respecto desde hace varios años cuando se organizaron los primeros seminarios sobre feminismo. Entre estos procesos, está “un programa expositivo que puso en relevancia la discusión sobre el tema”.

Algunas experiencias han sido las muestras: (en)clave Masculino, en 2016; Desacatos, en 2017; Yo soy mi propia musa, en 2019; la muestra de Laura Rodig, el 2020; la creación del Archivo de Mujeres Artistas, Editatones y las intervenciones de la colección, entre otros.

“Es un programa consistente y permanente por el que hemos luchado. Hoy contamos con el apoyo de la dirección para llevarlo a cabo y hemos sido reconocidos como pioneros en estos temas en la región. Es un derecho ganado por las trabajadoras del museo”.

Gloria Cortés
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