Minuto de Silencio

¿Quién ganó el debate ayer?: ganó el espectáculo porque, interrumpiendo el minuto de silencio que Artés había ofrecido para recordar a Denisse Cortés –es decir, violando el derecho que un pueblo tiene para recordar y enterrar a sus muertos, es decir, reproduciendo performáticamente la operación de la dictadura, Matías del Río confirma la impunidad y el conjuro que ella trae consigo para reestablecer los simulacros. En este sentido, el debate de ayer confirma que Matías del Río devino el Claudio Sánchez de la nueva “democracia”.


                                                                                        A lxs amigxs

Si hubo algo medianamente interesante en el debate presidencial del día Lunes 11 de octubre de 2021 fue su partida: cuando el candidato Eduardo Artés se intenta sustraer de la escena invocando un minuto de silencio por el reciente asesinato de Denisse Cortés en la manifestación acontecida en las cercanías de Plaza Dignidad hace unos días. La entrada de Artés fue clave porque abrir el “silencio” significa abrir la intempestividad de la revuelta en el escenario más hostil a ella: un debate presidencial manufacturado bajo todos los articuladores mediáticos.

En este momento, no pasaron los 30 segundos del minuto solicitado y el periodista Matías del Río –con su habitual función de ser el heraldo del poder- interrumpe el silencio y le señala al candidato que el minuto de presentación no estaba hecho para “no hablar” sino para “hablar”. Y entonces, Artés se ve interrumpido y, en vez de sostener su posición para guardar el silencio, le solicitó a Del Río usar sus minutos para decir lo que él requería decir. Artés no sostiene el minuto que él mismo abre y, más bien, cede frente a la presión de Del Río e instala su discurso: ¿pero ¿qué es su discurso? Un conjunto de enunciados contra Piñera que se resuelven de manera enteramente vacía. Interesante escena: antes que las palabras, el silencio parece ser más efectivo para traer la revuelta a la escena presidencial, el silencio parece más peligroso que las palabras.

¿Por qué? Porque en el espectáculo mediático las palabras han sido cooptadas y administradas. Es factible que el espectáculo –como se cristaliza en los matinales hace demasiado tiempo- sea un dispositivo totalizante que represente la supuesta diversidad de opiniones. Siempre y cuando, en el mismo acto de su pronunciamiento, éstas puedan ser neutralizadas. En este contexto, el silencio en memoria de Denisse Cortés –mujer asesinada en una manifestación que nos retraía a la revuelta octubrista y a la impunidad con la que se ha dejado a actuar a la fuerza paramilitar llamada elegantemente “Carabineros de Chile”. En otros términos, el silencio abierto por Artés amenazaba con traer el fantasma de la revuelta y su intempestividad al escenario mediático.

¿Podía soportar el espectáculo la intensidad de la revuelta? Tal como lo confirma la interrupción de Matías del Río, el espectáculo no puede soportar la revuelta, incluso, cuando ésta venga a partir de la “teología negativa” abierta por Artés, que la revuelta solo pueda visibilizarse en la forma del silencio y el duelo. ¿Se trata del momento en que se declara el duelo a la revuelta, de su fin, por tanto?

Para contestar esta pregunta resulta clave plantear la siguiente pregunta: ¿por qué al espectáculo le resulta insoportable la revuelta? ¿Por qué, entonces, tendría que sepultarla en la operación “periodística” de Matías del Río?  Ante todo, por el estatuto con el que ambos dispositivos trabajan la potencia de la palabra: el espectáculo escinde la palabra de sus potencias, de sus afectos; la revuelta en cambio restituye su unidad. Frente a la revuelta, la palabra del espectáculo –aquella que según Guy Debord ha devenido nada más que “mercancía”- aparece como una palabra falsa, litúrgica o, lo que es igual, una palabra vacía que todo lo habla, pero nada dice. La revuelta, en cambio, trae consigo la experiencia misma de la palabra enteramente abrazada a su potencia, al afecto con el que irrumpe, al gesto que ella desenvuelve.

El espectáculo no soporta gestos. La revuelta no soporta liturgias. Persiste una disyunción entre ambos que ayer Matías del Río explicitó y Artés –ingenuamente a mi juicio- terminó por ceder. Que precisamente haya sido el candidato de la izquierda revolucionaria que haya cedido frente a esa restitución, expone que el espectáculo mediático –en el que palabras y afectos devienen mercancías-  no tiene enemigos porque hace lo imposible para que todos estén dentro. Donde “todos” designa a todos aquellos que tengan una identidad por explotar, un liderazgo por representar. Justamente en ese “todos” no está la revuelta. Y no estará jamás.

A pesar de la buena onda de los medios que, en especial sus matinales, comprendieron prima facie, a través de la performance de Tonka Tomicic contra Hermógenes Pérez de Arce el mismo año 2019, que debían renovarse y posicionarlos como “defensoría del pueblo” al estilo Julio César Rodríguez; la palabra espectacular no es –ni fue- la palabra de la revuelta. Hay un abismo que las vuelve disjuntas y que, en el reciente debate presidencial terminó por consolidarse. La mínima y leve operación de Matías del Río –operación aparentemente sin importancia- debe ser leída políticamente como la cristalización del momento restaurativo que el espectáculo mediático, como vanguardia del régimen neoliberal prevalente instaura reestableciendo la sutura.

Continuar con la palabra que nada dice significa continuar con el capital, palabra que ha sido nulificada por la forma mercancía, hace insoportable al silencio que todo evoca, continuar con la circulación de la palabra, significa impulsar una política de sutura del abismo abierto por la revuelta, detenerse un segundo por el luto que significa el asesinato de Denisse cualifica dicho silencio y muestra que no se trata del silencio místico, sino de la potencia martiriológica.

El peligro reside en dicha potencia porque solo ella no se instala desde una “negatividad” como aún puede hacer el discurso de Artés –discurso que sigue abasteciendo al nihilismo espectacular- sino desde una medialidad, es decir, la afirmación radical de una potencia. El espectáculo mediático, como vanguardia del proceso contrarrevolucionario en curso, intentará conjurar todos los afectos, las potencias para separarlas de sí e impedir su crecimiento. Sea en la calle con las fuerzas paramilitares de la policía, en Wallmapu con militares, en los medios con sus periodistas que parecen incapaces de crítica frente a las mentiras que puede lanzar el candidato fascista, que aplastan a los candidatos de izquierda siempre más que a los de derecha y, por cierto, en los intelectuales del orden donde la “sospecha” sobre la revuelta, la demanda de “orden” y la exigencia de “condenar” la violencia campea sin contrapesos.

En fin, más allá del siempre paupérrimo y mezquino análisis electoral ¿quién ganó el debate ayer?: ganó el espectáculo porque, interrumpiendo el minuto de silencio que Artés había ofrecido para recordar a Denisse Cortés –es decir, violando el derecho que un pueblo tiene para recordar y enterrar a sus muertos, es decir, reproduciendo performáticamente la operación de la dictadura, Matías del Río confirma la impunidad y el conjuro que ella trae consigo para reestablecer los simulacros. En este sentido, el debate de ayer confirma que Matías del Río devino el Claudio Sánchez de la nueva “democracia”.

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