“Minari”: El lado sombrío del sueño americano

Una película de tono intimista, con escenas cotidianas y sin una línea argumental completamente clara. “Minari” recrea una historia similar a la de millones, pero que en su simpleza estampa un vínculo entre el espectador y los integrantes de la familia Yi, lo cual se vuelve el pilar fundamental del desarrollo del film.


El sueño americano ha sido recurrente en la historia del cine. Durante décadas hemos visto cuentos de esa lucha por alcanzar una tierra libre y abierta a la posibilidad de toda clase de quimeras. A finales de los setenta, en plena oleada de inmigración coreana, los padres de Lee Isaac Chung (nacido en Estados Unidos en 1978) llegaron a Denver llenos de proyectos y energía, sensaciones que el director nos quiere hacer sentir contándonos la historia de su familia en “Minari” (2020), la cual respira un tono cercano a varias películas del cineasta John Ford al relatar la resurrección de otros que cruzaron esa frontera para lograr la reinvención en sus vidas.

Esta es una crónica migratoria que muestra la transformación de Estados Unidos en las últimas cinco décadas, porque en “Minari”, son fundamentales los modelos cinematográficos –como la mirada infantil del pequeño David (Alan Kim)–, cuyos puntos de vista sobre las dinámicas de esta familia en simbiosis constante entre las tradiciones coreanas y estadounidenses, son los del director. 

El padre (Steven Yeun) se planta como el que debe llevar el sustento a casa y la madre (Han Ye-ri), con preocupación y desolación, se mantiene a su lado cada vez con más dudas sobre ese futuro de migrante en esta lejana tierra prometida. A pesar de ser personajes que se amoldan a un modelo histórico en el cine, esta familia es redonda en cuanto a la definición de sus personajes.

Las panorámicas son otro contrapunto relevante que establece Chung, quien separa las dinámicas y el sentimiento reinante, según sea exterior o interior; se acerca a How Green Was My Valley (1941), con la que “Minari” guarda más de una característica estilística en común, ya que en las escenas interiores la puesta en escena traza las relaciones entre personajes y espacios reducidos, discutiendo sobre sueños rotos o cómo la abuela Soon-Ja (Youn Yuh-jung) no es lo que sus nietos esperan; mientras que en el exterior, el desarrollo fílmico se tiñe de fe en el futuro al son de las melancólicas notas del compositor Emile Mosseri.

En ambas situaciones, Chung se muestra  indulgente  con la gesta de Jacob, el padre, y con la frustración progresiva de Monica, mientras hace ingresar a la historia, con un peso determinante, a sus secundarios. Tanto Paul (Will Patton) como la abuela terminan de cerrar el tono del film, recordando, gracias la excelente interpretación de Patton, ecos de tantos personajes de Ford, a quien sin duda, le habría encantado este personaje. Y la buena construcción alcanza a David y a la abuela; sus dinámicas son de lo mejor de la película, una auténtica delicia que nos deleita con momentos divertidísimos y emotivos, sin caer –salvo una que otra excepción– en el sentimentalismo fácil.

En los secundarios de Paul, la abuela y David, reside la verdadera dimensión espiritual del film, que problematiza la fe sometida a los vaivenes de la naturaleza, pero, principalmente, la de un sistema económico que a diferencia de ese utópico capitalismo que inundaba películas de los años cincuenta, como “Wagon Master” (John Ford, 1950), a estas alturas ha perdido su amarre en lo comunitario.

El punto bajo es que la estructura del guión peca de predecible y adorna el desarrollo con eventos dramáticos que rozan la crueldad, quizás como anzuelo para lograr mayor empatía con la historia. Más allá de esto, el film es de una dimensión universal y a eso apela su discurso: el de quedarse con aquello que importa o debería importar.

Minari es como se le llama en Corea a una hierba perenne y cuyo rasgo distintivo, según la abuela de David, es su capacidad de adaptarse a cualquier terreno y crecer para proveer. Así dejamos a los Yi, adaptándose, levantándose después de la tragedia y luchando contra lo que se presenta adverso. La moraleja de Chung es que los migrantes son semillas de minari.

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