Matar a un muerto: La Constitución de 1980 como zombie

Matar a un muerto: La Constitución de 1980 como zombie

Como si todo operara sin más, incluso, uno de los presidentes de la transición acuñó la fórmula “las instituciones funcionan”. Tanto funcionaban que se volvieron un “falso mito”, congelándose como si todo estuviera ahí dado y simplemente tuviéramos que dejar que todo actuara solo. No había momento de historicidad alguno. Hoy día, cuando la pandemia arrasa al país en virtud de su gobierno que asumió el “falso mito” insistiendo en definir esta situación como “alerta sanitaria”.

El orden jurídico-político chileno está tan muerto que funciona solo. Esta debiera ser la premisa que todo análisis debería considerar a la hora de evaluar porqué se aglomera tanta gente en diferentes oficinas notariales, bancos u otros lugares, a pesar del COVID 19 y la declaración de cuarentenas obligatorias en la Región Metropolitana.

No se trata simplemente que la “gente” sea manipulada ideológicamente, tal como a veces, repite el mantra de izquierdas o que sea ferozmente “irresponsable” como no deja de repetir el moralismo conservador, sino que es todo el orden político chileno el que se ha autonomizado de sus propias condiciones de producción. El precio de la violencia golpista de 1973 habrá sido naturalizarse y expropiar al país de su historicidad.

Como si todo operara sin más, incluso, uno de los presidentes de la transición acuñó la fórmula “las instituciones funcionan”. Tanto funcionaban que se volvieron un “falso mito”, congelándose como si todo estuviera ahí dado y simplemente tuviéramos que dejar que todo actuara solo. No había momento de historicidad alguno. Hoy día, cuando la pandemia arrasa al país en virtud de su gobierno que asumió el “falso mito” insistiendo en definir esta situación como “alerta sanitaria”.

Hoy día vivimos los últimos estertores de ese orden que podía funcionar solo. Y en su peor forma: cuando miles de ciudadanos se aglomeran en oficinas de diverso tipo para realizar un “trámite” exponiéndose al contagio de la enfermedad, es la muestra exacta de que habría ciertos procesos que, supuestamente, no se pueden detener y no pueden ser interrumpidos. El imaginario del poder visualiza a la máquina como si operara sola, a pesar que los seres humanos puedan morir en el intento de cumplir su mandato, con sacar el papel necesario para sobrevivir en la precaria condición neoliberal.

El orden jurídico-político vigente –su máquina- es la Constitución de 1980. Esta funciona exactamente al contrario de la Constitución de 1925: si esta última había establecido un pacto en el que el Estado se convertía en el actor principal de la economía (el desarrollismo), para la Constitución de 1980, se trata de “economizar al Estado” (y no de estatizar la economía). No se reduce su participación en la vida económica como habitualmente se piensa, sino que se la modifica sustantivamente articulándole como un generador de condiciones que promueven la libertad del mercado. Por eso, por mucho tiempo se la pensó autonomizada de sus condiciones de producción, al punto, que aún ella sigue funcionando no a pesar, sino en virtud, de que está muerta.

Solo los autómatas funcionan sin pensar: la Constitución de 1980 es el marco legal y político que impide pensar sobre sus condiciones históricas de producción y, en este sentido, devino un “falso mito”. El 18 de Octubre, en cuanto condensación de las insurrecciones precedentes en un “ahora” radical, exento de la numerología del calendario, abrió el campo de la historicidad que, en el momento de la pandemia, en vez de suturarse por algún nuevo pacto, ha terminado por profundizarse.

Nadie cree en el régimen de 1980: aun así, todos operamos como si aún perviviera. Vivimos los últimos momentos del automatismo de un régimen que podemos llamar “destructocracia”, pero que, en virtud del puma que alguna vez atravesó las calles de Santiago, ya tiene anunciado su final.

El puma trae a los animales a la ciudad. Pueblan otros habitantes aquél espacio que parecía solo humano. Cuando los seres humanos huyen de lo extraño que brota de sí mismos, cuando se alejan de cuerpos derramados de monstruosidad, entonces los automatismos que conocían y que sabían que funcionaban, comienzan a desaparecer.

La historicidad ha llegado, ha abierto un nuevo comienzo que aún no tiene lugar porque todavía no ha encontrado la traducibilidad de su ritmo en los marcos institucionales. ¿Encontrará su traducibilidad, será traducible su ritmicidad intempestiva a la cartografía representacional del Estado? El problema de la traducibilidad me parece constituye el problema. ¿Cómo traducir lo verdaderamente monstruoso, cómo extender su potencia poética más allá del acontecimiento?

Sin embargo, lo que es cierto es que su irrupción ha desgarrado el velo del orden prevalente, mostrando que el orden no era más que un velo. Y, entonces, cuando el puma ruge, los poderes prevalentes imaginan una nueva sutura, un broche para impedir tanto derrame, tanto gasto. Pero no pueden. El régimen ha sufrido un tropiezo mortal y hoy funciona como un zombie. Sin pensar, yendo hacia delante y orientado exclusivamente a matar cada vez que visualiza la singularidad de una vida. La “destructocracia” chilena es el verdadero zombie. No el pueblo que hace mucho rato desespera y resiste con otros ritmos la violencia del signo.

La exigencia de funcionamiento deviene síntoma de su imposibilidad, de un tropiezo que habría que superar a toda costa. Justamente ese es el punto sindicado por el “falso mito”: “superar a toda costa”; sacrificarlo todo por ese monumento a la infamia, destruirlo todo por ese decálogo de ladrones, masacrarlo todo por ese tótem que legalizó el acto de piratería. El goce último de un orden muerto, de un país descompuesto, de miles haciendo trámites porque el conjunto de mecanismos estatales no puede creer que ese orden que efectiviza esté ya muerto y porque ese orden institucional no puede detenerse por un tiempo para favorecer la vida de su pueblo.

Pero ya lo sabemos: la foto de Piñera en Plaza Dignidad lo ha dicho todo: un gobernante sin pueblo que gobernar. Hace demasiado tiempo que se gobierna sin pueblo, que en los cálculos del poder no está la voz de ese “otro”. Seguramente el orden jurídico-político vigente se fundó con la explícita misión de expulsar al pueblo de la toma de decisiones. Piñera solo expone pornográficamente la realidad de la destructocracia vigente. Esa que se percibe que actúa sola como un zombie –un espectro que no está vivo ni muerto- orientado a matar toda vida singular. Así, la pregunta política que nos acecha, quizás, sea ésta: ¿cómo matar a un muerto?

Sobre el Autor

Rodrigo Karmy Bolton

Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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