Martes 27 de abril: réquiem por un gobierno náufrago

Es como comienza el réquiem del segundo gobierno de Piñera. Una administración de la que nadie espera nada, ni siquiera sus más férreos defensores. Un grupo de damas y caballeros que aparece, solitario, perdido, como una vieja foto pegada en algún poste en medio de la carretera; ruta por la que otros continuarán tomando decisiones; camino por el que millones seguirán dando la pelea por sobrevivir.


“Ni siquiera a trámite”. Así, como se titula la decisión del TC respecto del requerimiento del gobierno por el tercer retiro, podría entenderse el estado actual del gobierno de Chile. Un gobierno que no cumple con los requisitos para transitar en su proceso a la obtención de un fin. Como si el destino se hubiera encargado de vengar a los miles enfrentados a la cruz de la negación a un bono de clase media. Un gobierno que no ha sido acogido en su último intento por estirar el chicle de la tozudez de su doctrina neoliberal.

No hay más espacio para la salvación. Así lo expresan los rostros fúnebres de los ministros del comité político acompañando a su jefe a dar la cara frente al país. Descenso a las tinieblas de la verdad, allí donde pararse es un enfrentamiento a sus propias vergüenzas como dirigentes. Mirar al país, luego de bajar torpes por una vieja escalera de concreto, y promulgar aquello a lo que le declararon la guerra es, para el Presidente y sus ministros, el desafío de sostenerse en el ridículo que los define en este histórico martes de abril de 2021. Así se ven los poderosos este martes en La Moneda: como un niño travieso que, luego de tocar el timbre de una casa, ha corrido a los brazos del padre a esconderse, sin contar con que éste lo alzaría, rostro descubierto, para que pida disculpas por su diablura al vecino burlado.

La escena del anuncio de promulgación los retrata de manera lamentable. Como un rey que ha perdido su corona, Piñera busca en el patio del palacio gestos de dignidad y palabras rápidas que lo saquen luego de una exposición insoportable. Detrás, Ossa arregla sus ropas de manera inoficiosa, en un vano intento por aplacar sus nervios. Rubilar, Bellolio, Delgado, Cerda. Miradas de párpados pesados buscando, desde el mar incierto, un horizonte firme que se esfuma. Es la imagen del naufragio político. 

Es la presentación en sociedad de una realidad terrible para cualquier alma asidua al poder: desde ahora, comienza el hundimiento, la pérdida, la destrucción de una embarcación que aún se mantenía, a duras penas, navegando, salvada por la brújula fiel del Tribunal Constitucional. Ahora, sin la luz del TC en el puerto -herramienta aliada para salvar el buque impopular de los embates de la embarcación del Congreso que siempre toma la iniciativa-, el capitán Piñera se empequeñece hasta casi perder sentido. Y la idea de su figura como un elemento decorativo se parece cada vez más a la realidad.

Pues lo que ha hecho la también conocida como “tercera cámara” ha servido como luz verde para que el Congreso legisle con la convicción concreta del éxito, sin necesitar de un Ejecutivo sin voluntad, que ha renunciado a negociar. Así, el gobierno, ajeno a la discusión del impuesto a los súper ricos, del royalty minero, de una renta universal de emergencia, se hará cada vez menos relevante, porque ya ni siquiera su amenaza de llevar al TC -su trinchera de soldado derrotado- cada iniciativa que le molesta, detendrá el avance de las fuerzas que ha decidido ignorar

El TC, alertado de la cercanía de su propia muerte, ha dado al Congreso un permiso tácito, como si se tratara de un momento para escribir con negrita en la Historia, para obviar al gobierno náufrago en las tareas legislativas que requiere el país en su peor crisis en medio siglo. Ha formalizado, fundido en sus propias mezquindades y reyertas, la agonía de un Ejecutivo convertido en cumbre del lamento y el rechazo. Porque a un cuerpo sin iniciativa, un gobierno que ha renunciado a ser contraparte, quieto, inerte, ensimismado; un cuerpo que sólo reacciona por reflejo a los movimientos de otros, sólo lo puede esperar la muerte. 

Es como comienza el réquiem del segundo gobierno de Piñera. Una administración de la que nadie espera nada, ni siquiera sus más férreos defensores. Un grupo de damas y caballeros que aparece, solitario, perdido, como una vieja foto pegada en algún poste en medio de la carretera; ruta por la que otros continuarán tomando decisiones; camino por el que millones seguirán dando la pelea por sobrevivir.

La foto gubernamental, en tanto, tendrá que salir de su quietud, de vez en cuando, para seguir justificando su poder nominal en reclamos, justificaciones y reacciones que se repetirán como eternos ritos fúnebres. Cadenas nacionales, promulgaciones, firmas de decretos que nos recordarán que, en el papel, aún tenemos presidente.

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