Los vértigos del apruebo: El asedio elitario

a José Joaquín Brunner.

Desde Peña, pasando por Fernández Chadwick hasta Warnken (et al) siguen aferrados a la “desigualdad cognitiva” administrando el relato entre los responsables normativos adversus los anómicos violentistas amagando la marcha del 25 de octubre (2019). A ello se suman los usos y abusos de la anomia. Y valga un paréntesis. La violencia ha sido representada por nuestros “pastores letrados” como una materia normativa o sociológica en función de las circunstancias (¡el debate hipócrita se concentra en defender la violencia del leviathan¡).


Mientras el neoliberalismo ha reducido nuestro “valle” a velocidad, endeudamiento y acumulación infinita, la “revuelta nómade” (18/0) mantiene en vilo la “potencia igualitaria”, resistiendo todo embate proveniente de las elites y sus empleados cognitivos que no cesan de imputar toda disidencia en nombre del “demonio populista”. Ello ha tenido eco en expresiones estigmatizantes sobre la protesta social donde Emilio Durkheim ha sido confinado al mero “control social” por la vía  de la “anomia”.

A la sazón nuestros cortesanos de turno, sin epistemes para administrar la histeria del presente -el Rector UDP, politólogos del SERVEL, la Directiva de Chile 21 y toda la “mayordomía transicional” repartida en los Centros de Estudios- obviando cualquier “radicalidad ética” se mantienen aferrados al tiempo inaferrable de la “dominación cesarista” so pena que han abrazado el “apruebo” para administrar una dialéctica entre un pueblo prístino destinado (a priori) y un constitucionalismo que establece la “captura representacional” del 18 de octubre. Tal ha sido la fantasía totalitaria de nuestras elites -que pese a estar reducidas a la “factualidad” de la época- no han cesado en su afán normativo por escapar de los “gritos de la plebe” y aplacar el excedente de significación y sentido que comprende un  constitucionalismo de enmiendas (“singularidades de vida”) .

Y es que tal “cultura patricia”, que hizo estallar la vida cotidiana luego de tres decenios de contratos modernizantes, sin dimensionar todos los alcances del “golpe plebeyo” (18/0) ahora en un nueva “política del poder” se esmera por suturar las relaciones entre democracia y mercado haciendo suyo el triunfo del próximo 25 de Octubre. Tal empeño busca climatizar un fervor retórico para “gestionar” el “fárrago derogante” en un formato judicativo donde el pueblo polisémico deviene transparente al pueblo constitucional.

Si bien, el “apruebo” es un indiscutible e infranqueable avance cívico y político -que amerita el voto- para la destitución de la letra pinochetista, y refrenda la potencia simbólica y ritualista (legitimidad) de la democracia oxigenando la actual descomposición institucional, ello abre variados dilemas.

La nueva fase, en su horizonte deseado, podría representar el inicio de nuevas “luchas democráticas” que pueden inaugurar facultades instituyentes tibiamente similares al ethos de derechos bajo la “vieja república” (1938-1970). En lo global, y pese a un contratiempo epocal, esa es la apuesta moderna del Atrismo. Con todo ulteriormente ello también puede derivar en escenarios llenos de incertidumbre y un “revival transicional” marcado por reformas y procesos modernizantes que presupone un “pueblo dado”, productivo y gerenciable ocultando la polisemia de la movilización popular donde los pueblos cultivaron fisonomías irreductibles a la producción jurídica del derecho. No podemos descartar la llegada de expertos en gobernanza, heraldos del management y jurisconsultos liberales y, porque no, tentaciones centristas vinculadas a un eventual “consenso de las mercancías”. Es verdad, luego del triunfo del apruebo, el Pinochetismo quedará reducido a expresiones periféricas, pero qué hay del nuevo pacto oligárquico y la incorporación de una agenda de derechos sociales (heterogeneidad radical de pueblos inmigrantes, derechos de la mujer y pueblos indígenas).

Con todo en las próximas semanas cerca de un tercio de la coalición de derechas, debe establecer algunos mínimos programáticos con el progresismo neoliberal que comprende el campo de la ex Concertación (el universo de barones y sus felaciones de poder: Lagos Weber, Auth y Burgos. Pancho Vidal en su “afán carnavalesco” por restituir la capacidad de escándalo en la democracia y evitar todo nexo con “lo trágico”). Y es, precisamente, este juego de complicidades transicionales el pivote de un “elitismo plebiscitario”que se esmera por recrear transformaciones “Lavinocentricas”.

La “línea divisoria” del nuevo pacto oligárquico podría establecer las condiciones de fractura y negación de la “revuelta popular”, evidenciando una insalvable grieta entre vida cotidiana, revuelta nómade, y el “apruebo”, en la dirección de un “neoliberalismo constituyente”. Bajo esta hipótesis no solo serán la(s) “primera(s) línea(s)” de calle quienes agudizarán posiciones antagónicas ante el nuevo “pacto oligárquico”, sino una amplia “capa media popular” y movimientos ciudadanos suspenderán toda re-afiliación con la moribunda política institucional ante los potenciales usos y abusos jurídicos una vez derogada la constitución guzmaniana.

De este modo el poder elitario en su afán  de domesticar en la celda del derecho -un pueblo domesticable y unitario- deberá enfrentar el hastío de los movimientos ciudadanos que aún no elaboran un vocabulario político que pueda unificar a los pueblos, cuerpos y subjetividades del 18/0 en una demanda politológica o normativa. Aludimos a ese momento tan ansiado por la familia de cientistas políticos, sociólogos de la oligarquía y periodistas folletinescos librados a la profesionalización de los objetos del orden. De un lado, tenemos el déficit político de nuestro “viciado parlamento” (¡la grieta¡) y, de otro, la ceguera gubernamental para entender los nuevos modos de subjetividad que se desplegaron en la “revuelta” respecto a las relaciones entre el poder y las instituciones.

Y para muestra un botón: una multitud devocional se apropió de “saberes vagabundos” lacerados por la violencia del orden y nuestras oligarquías académicas se quedaron sin teoría social para descifrar el llamado “estallido social”. Y es que la potencia imaginal -aquella que separó imaginación y poder institucional- no responde a la pregunta del “orden deseado” formulada por los pastores de la modernización y su majadero eslogan con sus vítores: “¡oh, entre 1990 y 2010 bajamos la pobreza  estructural del 45% al 10%!”.

Desde Peña, pasando por Fernández Chadwick hasta Warnken (et al) siguen aferrados a la “desigualdad cognitiva” administrando el relato entre los responsables normativos adversus los anómicos violentistas amagando la marcha del 25 de octubre (2019). A ello se suman los usos y abusos de la anomia. Y valga un paréntesis. La violencia ha sido representada por nuestros “pastores letrados” como una materia normativa o sociológica en función de las circunstancias (¡el debate hipócrita se concentra en defender la violencia del leviathan¡).

Siempre se trata de una condena o aceptación de su legitimidad dependiendo de sí la violencia cumple (o no) un determinado propósito soberano/imperial (Negri). Y es que sin negar manifestaciones aberrantes, saqueos y banda de narcos que se esparcen por las calles de Santiago, este es el nudo ciego de la tradición politológica. Ello se agudiza porque la teoría política nunca ha pensado sistemáticamente la violencia, salvo su rotulación en términos ético-políticos. Todo indica que el problema de la violencia es, esencialmente, el lugar que ella ocupa.

Con todo hoy no existe gramática común que pueda cautelar genuinamente la excepcionalidad de la purga, la rabia erotizada y su densidad ética por nuevas “formas de vida”. Dicho sea de paso, la “revuelta de octubre”, como partera de singularidades de vida (“pueblos”), como sublevación plebeya, rechazó los juegos de poder del movimiento universitario (2011) y sus eslabones elitarios. El carácter destituyente/derogador del 2019 -que incluyó una extensa capa media popular- tampoco está en continuidad con la maquinaria de pactos que secuencialmente se han ido gestando en los últimos meses desde la cultura (post) concertacionista.

Si bien la revuelta tiene el fulgor de lo inasible y el riesgo del desborde, qué cabe responder frente a la melancolía soberana de nuestros pastores letrados. Quizá hay que iniciar la pregunta por un nuevo “republicanismo salvaje” -cuestión que comprenderá una política del poder- pero tal imaginario instituyente se debe desprender radicalmente de las lógicas de abuso modernizador que el campo institucional codificó durante casi tres decenios de “mayordomía transicional”. De otro modo, la interrogante por el “horizonte deseado” será siempre una pregunta que no se puede restringir a la administración jurídica de la diversidad, ni a la física de las pasiones, ni menos a la exclusión de la demanda popular.

¡Y tras la Concertación ya supimos de la destrucción del futuro ¡

Y el Dante habló. “Quién aquí entre que abandoné toda esperanza”

Inferno.

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