Los “nietitos” de Julio Cesar

Le ha traído buenos réditos en materia de popularidad. Quienes en el pasado lo trataban de machista por algunas miradas a escotes de chicas del espectáculo en la gala de Viña, hoy lo escudan ante cualquier ataque que parezca injusto, porque él dice lo que se quiere oír. Él sabe qué es lo correcto o lo incorrecto. Él mira la política con el ojo horrorizado de quien está viendo una atrocidad. Él descubre la pólvora cada mañana contándonos lo que todos sabíamos, como si nadie nunca hubiera tenido conocimiento de ello.    


Julio Cesar Rodríguez no les llama “nietitos” a quienes lo admiran y comparten cada mañana en las redes sociales sus comentarios y sus emplazamientos a autoridades o a quienes lo fueron alguna vez.  No se dice el “abuelo” ni nada parecido. Pero implícitamente, si uno lo piensa, hay algo similar, un relato justiciero que se ajusta bastante bien a lo que algunos parecen querer escuchar: una persona que defienda, que diga todo lo que debe estar mal y lo que debe estar bien, sin ningún matiz racional.

Le ha traído buenos réditos en materia de popularidad. Quienes en el pasado lo trataban de machista por algunas miradas a escotes de chicas del espectáculo en la gala de Viña, hoy lo escudan ante cualquier ataque que parezca injusto, porque él dice lo que se quiere oír. Él sabe qué es lo correcto o lo incorrecto. Él mira la política con el ojo horrorizado de quien está viendo una atrocidad. Él descubre la pólvora cada mañana contándonos lo que todos sabíamos, como si nadie nunca hubiera tenido conocimiento de ello.

Esa es su gracia. Su tono, unas veces enérgico y otras veces emotivo, nos hace escandalizarnos con lo que nos escandalizamos una y otra vez. Nos hace golpear la mesa frente al televisor y hasta emocionarnos con él.

Todo parece épico y dramático. Todo es un gran teatro en el que es un gran director, un gran vocero, un gran intérprete, un gran ciudadano. Esto, hasta que Monserrat Álvarez, su compañera matinal, le hace correcciones, contrapuntos, e intenta bajar al piso su constante indignación. En ese momento, parece impacientarse un poco. Es como si no hubiera sido parte del trato alguien contradiciéndolo, diciéndole que no todo es tan así o, por último, que sorprenderse cada cinco minutos de lo conocido es hasta un poco cínico.

Y es que tanto Julio Cesar como todos los personajes que han creído ser llamados por una especie de mandato divino a representar al pueblo, no aceptan preguntas, solo aplausos y agradecimientos. El programa, salvo por la agudeza de Álvarez y uno que otro momento de humor en el que ambos conductores demuestran cierta inteligencia emocional, es una ceremonia en la que se celebra su figura y se espera que intervenga. Ya no es un arranque de espontaneidad, sino la espontaneidad escenificada. La indignación como herramienta de lucha. Y de rating, por supuesto.

El llamado JC no ofrece un tercer retiro para echarle mano como lo hace su excompañera de paneles faranduleros. Tiene algo más importante: el monopolio de la emocionalidad, de lo que popular. Estar con él y asentir a cada una de sus frases es estar en lo correcto. La señora de la casa o el joven que gusta estar indignado, no solo escucha de su boca lo que quiere, sino que también le gusta creer que es lo que quiere que le digan.

El conductor de matinal tiene un carisma innegable. Tanto así, que el pueblo al que se refiere no se da cuenta de lo infantilizado que aparece en su matinal. La clase trabajadora, esa que ha mutado con los años y que nunca para de trabajar porque sus pensiones son todo menos una certeza de futuro, no es sujeto de derecho menos conformada por individuos. En cambio, sirve de objeto para alimentar un discurso sentimental en el que, por mucho que apele a él durante el programa, el cambio de paradigma no está por ningún lado.

Como las otras personalidades que hoy están en boca de todos, Julio Cesar es la prolongación de lo que critica. No lo digo escudándome en el clásico y básico argumento de que gana mucha plata. Esa forma de fundamentar los reparos hacia él es precaria. Me refiero al lenguaje. A la relación con ese otro más desposeído. Todo eso es parte del mismo relato que se busca atacar. Es creer que hay gente menos grande que otra por carecer de ciertos bienes. Es reafirmar que efectivamente hay ciudadanos de segunda y tercera clase.

¿Cuál es el problema? Que todo esto comienza a convertirse en una de estímulo para que ciertos opinólogos del “desplome” lo enarbolen como una alternativa por “representar el espíritu de la época”. ¿Pero cuál es ese espíritu? Simple: una masa de individualidades despolitizadas. Algo que esos mismos opinólogos  tratan de comentar con una cínica distancia, cuando secretamente creen que esa muchedumbre de clientes es la savia nueva de un cambio. Aunque ese cambio sea de formas, pero no ideológico. Porque hoy todos se olvidaron de que existía la ideología.

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