Los miedos

Foto: Agencia Uno

Después del encierro, más de la mitad de la muestra analizada, 50,6%, confiesa haber aprendido a valorar las actividades al aire libre. En Santiago de Chile quizá su gente habría deseado volver a las montañas, al desierto, al litoral y a los valles, ríos y parques. Es lo más repetido por las nuevas sensibilidades que brotan de la crisis sanitaria. A esta mayor apreciación de la movilidad y de la expansividad social le sigue, no obstante, la importancia que los encuestados le asignan a las personas y a las relaciones interpersonales, lo mismo que a la familia como núcleo de apoyo y cuidado.

El miedo, probablemente, sea el principal obstáculo para sacar exitosamente al país del confinamiento, pues la resistencia de la opinión pública al Plan Paso a Paso del Gobierno no tiene que ver directamente con el diseño y oportunidad de su puesta en marcha, como con los temores anidados y fomentados en la población durante la pandemia.

El análisis de grandes volúmenes de datos de redes sociales realizado por INC Inteligencia Reputacional, siendo una aproximación exploratoria, echa luces acerca de las actitudes sociales que se han venido instalando en el imaginario colectivo respecto del término de las cuarentenas. El sondeo operado por la consultora los días 18, 19 y 20 de julio revela que 7 de cada 10 personas desaprueban la propuesta del Ministerio de Salud. La inmensa mayoría, el 67% de quienes la rechazan,  justifica su objeción en que no confía en el Gobierno, el 11% por el riesgo de rebrote de la enfermedad, el 9% por la todavía alta cifra de contagiados, un 8% por la escasa trazabilidad sanitaria conseguida hasta ahora, y el resto, por otros factores. La mayoría, el 77%, de quienes apoyan la iniciativa gubernamental, dice aprobarla por la necesidad de reincorporarse al trabajo.

Tras estas motivaciones manifiestas hay temores latentes que la política pública debe saber identificar y disipar si lo que busca la autoridad es conducir al país con paso seguro hacia una salida sin retorno de la pandemia. Ello, considerando que quedó grabado en la retina de la ciudadanía el fracaso de los primeros cien días, así como las graves secuelas sociales y humanas que ha dejado. Un experto ha llegado a sostener que Chile ha subestimado sus tasas de mortalidad y que el número de fallecidos por covid-19 podría ser superior al conocido. 

Es evidente que la sola desconfianza en el Gobierno no convierte en malo el Plan, que no fija fechas, sino circunstancias que acreditan la transición de una etapa a otra. Por eso, la pregunta de fondo es ¿qué origina la desconfianza en el Gobierno que, también, se traduce en desconfianza en el Plan? ¿Y por qué hay quienes prevén un rebrote? ¿Por qué hay otros que consideran aún alto el número de contagios como para levantar confinamiento? ¿O por qué un tercer grupo de ciudadanos sospecha que no mejorará la trazabilidad en el país?

Las redes y los miedos

Las personas sometidas a confinamiento pueden padecer trastornos de ansiedad, sentimiento de miedo, temor e inquietud originados en el estrés que provocan las preocupaciones por la salud, los ingresos económicos, el empleo, la estabilidad de su entorno más próximo, y las mismas condiciones medioambientales del aislamiento social, como son el hacinamiento, la incomunicación y las restricciones al desplazamiento en lugares públicos.

Un estudio realizado en China a fines de enero y principios de febrero a una muestra de 4.872 personas, todavía en confinamiento, constató que el 22,6% padecía ansiedad generalizada y el 48,3% exhibía una depresión necesitada de atención clínica. La pesquisa halló, asimismo, que las personas más afectadas participaban en redes sociales y se nutrían de la información proporcionada por tales fuentes emisoras de mensajes.

En China, el 80 por ciento de la población emplea las redes sociales, cuando en Chile, según el estudio Digital News Report de 2018, lo hace el 71%. Pero, de acuerdo al informe de 2020 de la agencia, si bien la televisión sigue siendo la fuente tradicional de noticias más importante ―superando a la radio y a los periódicos―, las redes sociales la han aventajado en una proporción de uso por las personas del 73 contra el 66 por ciento.

Los miedos y las expectativas

Otra investigación, realizada la segunda quincena de marzo a 662 personas en la India, cuando recién se había decretado el estado de excepción, mostró que el 72% sentía temor a contagiarse o a que lo hicieran sus familiares, y el 40% estaba francamente preocupado de contraer la infección.

Pero uno de los más recientes e iluminadores hallazgos acerca de los miedos suscitados durante la pandemia, lo relata la monografía especialmente focalizada en los efectos negativos y positivos en población española asociados al periodo de confinamiento nacional. El estudio abordó el apartamiento social de 1.161 ciudadanos y ciudadanas españoles representativos de todo el territorio nacional, la mayoría estudiantes y, sobre todo, mujeres, durante los meses de marzo y abril de 2020.

Conforme al estudio, el principal miedo que implantó la pandemia fue el temor a la muerte de un familiar por covid-19. Cubre el 49% de la muestra, pero es más intenso en mujeres, en quienes se eleva al 54%, en contraste con los hombres, donde alcanza el 32%.

Consistente con este temor, encontramos más abajo el temor de que un familiar pudiera ser contagiado. Luego, el recelo natural a que se siga propalando el virus, a no poder comunicarse con parientes o amigos íntimos, y al riesgo de contagiar a familiares. Sólo después en la escala vienen a ubicarse preocupaciones económicas como la pérdida del empleo y la subsecuente merma de los ingresos económicos.

Sin embargo, el estudio también pone de manifiesto las facultades y capacidades humanas que se activan en la actitud resiliente de los participantes, y que es esencial para empujar la voluntad colectiva hacia afuera del foso de la catástrofe. 

Después del encierro, más de la mitad de la muestra analizada, 50,6%, confiesa haber aprendido a valorar las actividades al aire libre. En Santiago de Chile quizá su gente habría deseado volver a las montañas, al desierto, al litoral y a los valles, ríos y parques. Es lo más repetido por las nuevas sensibilidades que brotan de la crisis sanitaria. A esta mayor apreciación de la movilidad y de la expansividad social le sigue, no obstante, la importancia que los encuestados le asignan a las personas y a las relaciones interpersonales, lo mismo que a la familia como núcleo de apoyo y cuidado.

Pero, aunque ocupa lugares más subordinados en la jerarquía de prioridades de los participantes, en sus opiniones puede observarse una reflexividad sobre sí mismos que da por resultado la revalorización de la experiencia personal, del uso del tiempo propio, de lo que se tiene alrededor y de cosas que cobran un sentido nuevo. Al fin y al cabo, el confinamiento es un fenómeno social, y por tanto público y colectivo, que ocurre simultáneo en la vida de los actores sociales, de sus interacciones y de sus inconmensurables conexiones con el mundo exterior. En consecuencia, pese a la separación social, las personas comparten percepciones, opiniones, ideas y valoraciones, algo que, por ejemplo, no pudo haberse vivido en la pandemia de cólera de 1887 porque no había Internet ni redes sociales.

Si una política pública de las emociones atacara estos miedos y, a partir de las expectativas de las personas, condujera el manejo de la crisis sanitaria y, en especial, la salida de la brecha de seguridad humana abierta por la covid-19, el Plan Paso a Paso no despertaría sospechas o, más precisamente, no sería la pantalla virtual donde se proyectan angustias y resistencias. En esto consiste el trabajo de la certidumbre.

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