Los fanáticos predicadores del “No es la forma”

 Lo que sucede en las calles es precisamente resultado de esa democracia en la que los eufemismos trataron de hacer invisibles las verdaderas controversias que se escondieron tras las tarjetas de crédito y la capacidad de endeudamiento de los ciudadanos y no así del Estado.


“No es la forma” es una especie de consigna que enarbolan ciertos sectores llamados “moderados”. Al menos así les gusta que los llamen; algunos lucen orgullosamente el epíteto de “amarillos” como si fuera una medalla a la cordura democrática y el costo de ser mejores que los otros, ya que no son extremistas ni moralistas, sino solamente sensatos.

Cuando se habla de radicalidad, los llamados amarillos no miran con espanto y prefieren repetir frases que los hacen ver como mejores personas, no dominadas por las pasiones que lamentablemente consumen al resto que no fue bendecido con el don de la cordura.  

A diferencia de la extrema derecha, que ve solamente delincuencia y conspiraciones venezolanas, los predicadores del “no es la forma”, al condenar los destrozos, tratan de apoderarse de algo que no les pertenece, porque no ejercen ninguna influencia y no fueron capaces de darle un cauce a lo que sucede. Lo que no los distingue nada de quienes idealizan todo acto por el solo hecho de realizarse en la calle.

Si uno les dice esto último, en su interior sentirían un gran dolor que prefieren no mostrar para no alterar el ambiente país. Ellos saben cómo controlar sus emociones, cómo no servirse de ellas, porque parecen tener mucha experiencia en la cultura democrática, puesto que fueron los que derrotaron a Pinochet.

Fueron los que hicieron una ejemplar campaña del NO sin derramar ni un poco de sangre, lo que los llena de orgullo y lo repiten una y otra vez cuando se les habla de la derrota, de que el proyecto político que abrazaron no fue producto de ellos ni de su genialidad, sino de la aceptación de esta derrota.

No hay que olvidar que venimos saliendo de un periodo en el que todo significaba otra cosa de lo que se quería transmitir. Las victorias electorales fueron siempre la consolidación de la administración política, virtuosa en su momento, de una Concertación que llegó a la conclusión de que ese sería su rol por siempre, no por “traición” o poca “consecuencia”, como alegan los militantes de la izquierda testimonial, sino porque se conformaron finalmente con que el único objetivo era la figura del dictador y terminar con la represión explícita de su régimen.

La llamada “política de los acuerdos” jamás acordó algo que surgiera de una discusión en la que hubiera partes en igual condición. Las normativas de la democracia posdictatorial dejaban bastante claro que había principios irrebatibles que se debían cumplir para volver a las formas republicanas que tanto nos habían caracterizado hasta el 11 de septiembre de 1973. Por lo tanto, vale la pena preguntarse qué tanta “moderación” hay en quienes creen que el el triunfo ideológico de un extremismo es el “centro”.

Lo que sucede en las calles es precisamente resultado de esa democracia en la que los eufemismos trataron de hacer invisibles las verdaderas controversias que se escondieron tras las tarjetas de crédito y la capacidad de endeudamiento de los ciudadanos y no así del Estado.

Los ciudadanos no vienen desde afuera, no son una invención de otra ideología; son el país en el que han vivido por treinta años. Por más que en la primera década de democracia se comenzaron a discutir entre la gente cuestiones de índole moral como el divorcio, lo cierto es que había algo que parecía indiscutible, algo que iba más allá de la discusión liberal; y eso es lo que reventó. Eso que ni los expertos en “debate democrático” pudieron ver y, sin embargo, estaba latente hace mucho tiempo. Bueno, eso sucede con los fanáticos. No ven más allá de su dogmatismo, aunque ese consista en condenar todos los otros dogmatismos.

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